Nuestra reportera Fashionista Antifranciscana, esa que distingue perfectamente entre promover la cultura oaxaqueña y salir al convite convertida en vitrina ambulante, nos cuenta que quien decidió subirse al tren del mame dorado fue nada menos que nuestra trotamundos del bienestar; sí, estimado ciberlector, nos referimos a la secretaria de Turismo, Saymi Pineda Velasco.
Y no, estimado ciberlector, no hablamos de una cadenita discreta ni de unos aretitos de compromiso republicano. Hablamos de un conjunto de joyería inspirado en el Pectoral del Dios de la Muerte, pieza emblemática de la Tumba 7 de Monte Albán, que la funcionaria portó durante el convite como si la austeridad franciscana hubiera pedido licencia por temporada de Guelaguetza.
El asunto tiene jiribilla porque el año pasado Flavio Sosa Villavicencio ya había causado polémica por aparecer con un pectoral similar, lo que desató críticas, memes y explicaciones apresuradas. Después, casualmente, el secretario optó por collares menos escandalosos, como si el oro le hubiera quemado políticamente el cuello. Pero Saymi, lejos de aprender del antecedente, decidió ir por la versión aumentada: más grande, más vistosa y acompañada de más piezas.
Saque la calculadora, estimado ciberlector, porque aquí empieza lo bueno. En la página de Oro de Monte Albán, cada broquel del Dios de la Muerte elaborado en oro de 14 quilates tiene un precio comercial de 40 mil 450 pesos.
La gargantilla que portó Saymi está integrada por ocho piezas, lo que representa aproximadamente 323 mil 600 pesos.

Pero ahí no termina el desfile de los quilates. También lució una pulsera con diez piezas del mismo diseño, cuyo valor comercial rondaría 404 mil 500 pesos.

Y todavía falta la joya de la corona. El enorme pectoral que llevaba colgado al pecho no corresponde al modelo mediano del catálogo, sino a una versión de alta gama, elaborada en oro de 14 quilates y fabricada prácticamente sobre pedido por sus dimensiones 7.5 x 5.2 cms. De acuerdo con la estimación realizada a partir de sus medidas y gramaje, el pectoral tendría un valor aproximado de entre 115 mil y 135 mil pesos. A ello debe sumarse la cadena de eslabón de oro de 14 quilates que lo sostiene, cuyo valor comercial oscilaría entre 120 mil y 170 mil pesos.
En otras palabras, solamente el conjunto formado por gargantilla, pulsera, pectoral y cadena alcanzaría un valor aproximado de entre 963 mil 100 pesos y un millón 33 mil 100 pesos, sin considerar otras piezas de joyería que la secretaria ha portado en distintos eventos públicos. Es decir, prácticamente un millón de pesos colgado entre el cuello y la muñeca, mientras desde la Cuarta Transformación se sigue predicando la austeridad republicana y hasta la franciscana.
¡Ay, nanita!
Porque una cosa es presumir el oro de Oaxaca y otra muy distinta cargar casi un millón de pesos en joyería mientras se habla de austeridad. Al final, los símbolos pesan más que los discursos. Y, por lo visto, esta Guelaguetza no sólo tendrá convites; también puede tener una pasarela de lujo digna de la alta joyería. La pregunta ya no es cuánto cuesta el conjunto… sino quién puede darse el lujo de portar casi un millón de pesos en oro sin que nadie haga una sola pregunta, sobre todo en un estado con mucha pobreza.
Si fue compra personal, que explique cómo se sostiene esa opulencia con el discurso del pueblo primero. Si fue préstamo, que se diga quién lo prestó, bajo qué condiciones y por qué una funcionaria pública aparece usando piezas de altísimo valor en un evento oficial.
El detalle es que esto no ocurre en cualquier momento. Esta será, según las lenguas más viperinas del Jardín Primaveral, la última Guelaguetza de Saymi al frente de Turismo. Después vendría su salida del gabinete para buscar la candidatura a la gubernatura de dos años, aunque otros aseguran que el premio realista apenas le alcanzaría para una diputación federal. Sea como sea, la secretaria ya anda en modo pasarela electoral: cuidando imagen, midiendo reflectores y mandando mensajes de que está lista para otro cargo.
Nuestro pecho no es bodega: Saymi puede vestirse como quiera y comprar lo que quiera, inyectarse lo que quiera, pero si pretende brincar de la Secretaría de Turismo a una candidatura, también tendrá que acostumbrarse a que cada exceso se lea políticamente. Porque no es lo mismo promover Oaxaca que usar Oaxaca como escaparate personal.
Y si esta será su última Guelaguetza como secretaria, vaya despedida: entre licitaciones millonarias, aspiraciones electorales y joyería de alto calibre.
Al final, estimado ciberlector, el Dios de la Muerte no solo colgaba de su cuello.
También parecía recordarle algo a la austeridad: que en Turismo, hace rato, la enterraron con todos sus honores.
Nuestra reportera fufurufa, esa que distingue perfectamente entre el altruismo sincero y una campaña política disfrazada de buena voluntad, nos cuenta que por los rumbos de Oaxaca volvió a aparecer una vieja conocida: Ivette Morán de Murat. Sí, estimado ciberlector, la misma que durante el sexenio muratista transitó del glamour fifí a descubrir que los textiles oaxaqueños también podían convertirse en una extraordinaria herramienta para construir imagen, hacer negocios y vender cercanía con el pueblo.
Hoy reaparece con blusas bordadas, huaraches, sonrisas perfectamente calculadas, sillas de ruedas bajo el brazo y publicaciones repletas de corazones, como si de un día para otro le hubiera nacido un amor profundo e inquebrantable por Oaxaca.
¡Qué curiosas son las coincidencias cuando se acercan las elecciones!
Porque apenas terminó el gobierno de Alejandro Murat, la familia imperial prácticamente hizo maletas. Oaxaca dejó de ser el centro de sus vidas y regresaron a sus escenarios naturales: la Ciudad de México, los eventos exclusivos, las reuniones de la alta sociedad y ese ambiente donde los cinturones de diseñador, los bolsos de lujo y las marcas internacionales volvieron a ocupar el lugar que durante seis años cedieron, por conveniencia política, a los huipiles y textiles artesanales. El discurso de cercanía quedó guardado en el clóset junto con las fotografías de campaña.
Pero resulta y resalta que la política tiene memoria… y también calendario.
Desde hace algunos meses, Ivette Morán reapareció recorriendo comunidades, entregando apoyos, abrazando adultos mayores y difundiendo mensajes de amor, solidaridad y esperanza. Ya no luce como la socialité de Las Lomas; ahora proyecta la imagen de una mujer sencilla, cercana y comprometida con las causas sociales. Hasta el guardarropa cambió.
Atrás quedaron los atuendos ostentosos para dar paso a una imagen cuidadosamente construida que busca transmitir humildad. Porque en política, estimado ciberlector, la ropa también comunica, y pocas personas entienden tan bien el poder de una fotografía como quien durante años convirtió su imagen en una marca personal.
Hágame usted el regrandísimo favor.
Porque una cosa es ayudar y otra muy distinta es convertir la necesidad ajena en el escenario perfecto para reposicionarse políticamente. El viejo dicho es muy claro: que tu mano izquierda no sepa lo que hace la derecha. Sin embargo, aquí pareciera que la derecha entrega la silla de ruedas, la izquierda acomoda la toma, el equipo de comunicación selecciona el mejor ángulo y las publicaciones patrocinadas hacen el resto. Así cualquiera puede construir una imagen de benefactora… siempre y cuando exista una estrategia digital perfectamente diseñada detrás.
Y es precisamente ahí donde comienza la verdadera historia.
Porque detrás de esta nueva narrativa de cercanía permanecen intactos los recuerdos de un sexenio que difícilmente puede borrarse con publicaciones emotivas. Ahí siguen las obras inconclusas, los señalamientos públicos, los expedientes administrativos y la percepción de que durante el gobierno de Alejandro Murat buena parte de las decisiones estratégicas terminaron concentradas en un reducido grupo de funcionarios provenientes del Estado de México y personajes cercanos al círculo familiar, mientras muchos perfiles oaxaqueños observaban desde la banca cómo los cargos más importantes y los contratos más jugosos quedaban en manos de quienes llegaron de fuera.
Y como si eso fuera poco, también permanece fresca la polémica que envolvió a Ivette Morán cuando diversas artesanas y diseñadoras cuestionaron públicamente el uso de textiles tradicionales oaxaqueños dentro de su marca de ropa. Aquel episodio trascendió el ámbito local y abrió un debate nacional sobre la apropiación comercial del patrimonio cultural de los pueblos originarios. Porque una cosa es promover el trabajo artesanal y otra muy distinta construir una marca personal utilizando como plataforma el talento y los diseños que pertenecen a comunidades enteras.
Por eso resulta difícil creer que todo este repentino activismo social sea producto únicamente de la buena voluntad. Más aún cuando, casualmente, el regreso de Ivette coincide con el momento en que Oaxaca comenzó a hablar de la gubernatura de dos años, de las diputaciones federales, de las candidaturas locales y de los reacomodos políticos rumbo al 2027. Nadie invierte recursos en publicaciones patrocinadas, recorridos permanentes y campañas de posicionamiento únicamente por nostalgia. En política, detrás de cada peso invertido siempre existe un objetivo.
Y el objetivo parece bastante claro. No solamente quiere que la vuelvan a ver. Quiere que la vuelvan a considerar.
Porque el regreso no parece obedecer al amor por Oaxaca, sino a la posibilidad de volver a administrar el poder que representa Oaxaca.
Nuestro pecho no es bodega. Las lenguas más viperinas aseguran que, mientras públicamente se deja ver recorriendo comunidades, por debajo de la mesa ya comenzaron a tenderse nuevos puentes políticos. Dicen los enterados que recientemente sostuvo reuniones con un conocido personaje de la vieja política priista, ampliamente reconocido por ser “hábil” para las negociaciones.
El mismo que hace apenas unas semanas convocó discretamente a priistas y expriistas en un conocido café de la colonia Reforma para comenzar a medir fuerzas y explorar escenarios. Porque en política nadie apuesta todas sus fichas a una sola mesa. Si una puerta no termina de abrirse en Morena, siempre habrá otra dispuesta a escuchar. Y, según cuentan quienes conocen esos movimientos, una de esas rutas podría pintarse de verde.
Mientras tanto, también comenzaron a salir poco a poco de sus escondites varios personajes que acompañaron al muratismo durante el sexenio pasado. Algunos reaparecen en reuniones privadas; otros vuelven a dejarse ver en Oaxaca; otros más ya comenzaron a operar discretamente, convencidos de que todavía hay espacio para reconstruir el viejo proyecto político. Sin embargo, pareciera que olvidan un pequeño detalle: hoy las oficinas donde descansan las auditorías, los expedientes y las carpetas de investigación ya no tienen los mismos inquilinos. Y cuando un grupo político intenta regresar, también suele despertar la memoria de quienes conservan los archivos.
Porque, estimado ciberlector, el poder tiene una extraña cualidad: acostumbra demasiado rápido a quienes descubren todo lo que puede hacerse desde un cargo público. Y cuando alguien ya conoció las mieles del presupuesto, los reflectores y la influencia política, resulta muy difícil convencerlo de regresar simplemente a la vida privada. ¡Verdad Ivette!
Por eso la verdadera pregunta ya no es si Ivette Morán volvió. Eso quedó claro desde el momento en que reapareció en Oaxaca.
La verdadera pregunta es otra:
¿Regresó porque extrañaba a Oaxaca… o porque extrañaba todo lo que representa volver a gobernarla?
Porque, al final del día, los discursos cambian, los partidos cambian, el guardarropa cambia y hasta la estrategia de comunicación cambia.
Lo único que casi nunca cambia… son las ganas de volver al poder.
Al tiempo.
Por esos mismos rumbos costeños, nuestro reportero Waka Waka nos informa que quien anda como diablo de Chicometepec es el actual delegado regional en Pinotepa de los programas electoreros del Bienestar, Dimas Zorrosa Morales. Sí, el mismo que un día se amarró a un poste en el Zócalo de Oaxaca y hasta marchó a la Ciudad de México para exigir que Morena le entregara la candidatura a la Presidencia Municipal de Santa María Huazolotitlán.
Como aquella presión no le dio resultado, decidió cambiar de camiseta política. Primero buscó refugio en el PT y, tiempo después, volvió a intentarlo bajo las siglas del PUP. Al parecer, el color del partido nunca ha sido el problema; lo importante era no quedarse fuera de la boleta.
Pero ahí no termina la historia.
Dicen las lenguas más viperinas que este personaje también fue administrador municipal de Tepelmeme Villa de Morelos, en la Mixteca, donde, aseguran sus críticos, dejó las arcas municipales prácticamente en bancarrota en tiempo récord.
Su expediente tampoco estaría libre de otros señalamientos. Diversas voces lo relacionan con la presunta creación de empresas dedicadas a la construcción y a la comercialización de láminas, tubulares, tinacos y otros insumos a bajo costo, aunque, según las denuncias, dichas razones sociales habrían servido únicamente como fachada para obtener recursos públicos con facilidad.
Y como si eso fuera poco, ahora comienzan a salir a la luz nuevas denuncias en su contra por presuntos actos de corrupción, acoso laboral y acoso sexual, promovidas por trabajadores de los llamados Servidores de la Nación, quienes exigen que sea separado del cargo ante el ambiente que, aseguran, prevalece al interior de la delegación.
Según estas versiones, al delegado le gustan los “moches” tanto como pasearse en vehículos oficiales mientras ejerce de Don Juan.
Lo más interesante del caso, estimado ciberlector, es que Dimas parece tener muy buenos padrinos políticos. Porque cuentan que cada vez que alguien se atreve a denunciarlo, el que termina fuera es el denunciante, mientras él permanece intocable, como si estuviera protegido por un blindaje político de última generación.
Nuestro pecho no es bodega: cuando en una institución los denunciantes salen y el denunciado se queda, el mensaje que recibe el resto del personal es devastador.
Esta historia… apenas comienza.
Desde el corazón de la capital mundial del chisme, nuestra reportera Tortolita nos informa que en buena parte de la zona mazateca y cuicateca ya comienzan a circular los primeros sondeos que colocan a la ex priista Liz Concha como favorita para convertirse en la próxima coordinadora de los Comités de Defensa de la Transformación y la Soberanía en el Distrito 02, con cabecera en Teotitlán de Flores Magón.
Aunque usted no lo crea, estimado ciberlector.
Todo indica que la actual diputada local ya habría amarrado, en los jardines de la Primavera, su boleto rumbo a una curul en San Lázaro. Tan avanzado estaría el asunto que, cuentan las lenguas más viperinas, ahora su mayor preocupación sería encontrar quién la acompañe como suplente.
Nuestra reportera asegura que no tardará en conformarse el bloque TUCLIZ (Todos Unidos Contra Liz), integrado por aquellos morenistas que no terminan de digerir que una ex priista sea la elegida para encabezar el proyecto en ese distrito.
La pregunta es inevitable:
¿Quiénes serán los Judas morenistas que terminarán respaldando a la hija de Elpidio Concha Arellano?

Y otra más:
¿Permitirá Ariadna Montiel, dirigente nacional de Morena, que una ex priista encabece uno de los distritos más importantes de Oaxaca?
Porque, nos guste o no, cada vez son más quienes aseguran que el PRIMOR no solo existe…
Sigue vivito, coleando… y hasta repartiendo candidaturas.
Se reciben apuestas.
Nuestra reportera “La Bola de Cristal”, esa que ya empezó a escuchar los tambores de guerra rumbo al 2027, nos cuenta que en San Jacinto Amilpas ya comenzaron a desfilar los suspirantes que sueñan con sentarse en la silla presidencial del municipio.
Y es que, aunque todavía faltan varios meses para que arranque formalmente la carrera electoral, algunos ya andan más acelerados que alumno en clausura escolar. Los verá entregando apoyos, reparando luminarias, grabando TikToks, promoviendo negocios locales, tomándose selfies con todo el que se deje y haciendo hasta circo, maroma y teatro con tal de que el pueblo bueno y sabio los voltee a ver… y después les regale el voto.
Así que saque papel y lápiz, estimado ciberlector, porque aquí le dejamos el primer avance del desfile de aspirantes.
La lista la encabeza “El Abelito”… ¡Ups! Perdón… Abelardo Mendoza Sánchez, exdelegado de la SEDATU en Oaxaca, personaje al que, según las lenguas más viperinas, le ocurre algo muy parecido a las máquinas tragamonedas: cada vez que alguien jala la palanca, aparece una propiedad nueva. Hay quienes todavía se preguntan cómo logró semejante prosperidad patrimonial.
Lo curioso es que, pese a no tener un arraigo político sólido en San Jacinto Amilpas, Abelardo ya anda tocando puertas en cuanto partido le abre tantito la ventana. El objetivo, dicen quienes lo conocen, no es el color del partido, sino conseguir una candidatura que le permita administrar varios melones del presupuesto municipal. Y si de algo presume este personaje, aseguran, es de tener un colmillo político más largo y retorcido que él mismo.
Je, je, je…
Otro que quiere revivir viejas glorias es Edwin Emanuel Serrano Ramos, identificado por muchos como el hijo político de Arsenio Mejía, mejor conocido como “Taponcito de Juxtlahuaca”, personaje ampliamente cuestionado que ya disfrutó de las mieles del poder durante la administración de Yolanda Santos Montaño, considerada por muchos habitantes como una de las peores presidentas municipales que ha tenido San Jacinto Amilpas.
Ahora, las lenguas más venenosas aseguran que este grupo pretende regresar por la revancha. Habrá que preguntarles a los ciudadanos si todavía tienen memoria… o si otra vez los dejarán, políticamente hablando, en puros calzones.
¡Aguas!
Y hablando de conversiones milagrosas, a quien finalmente le entraron las ganas de trabajar es a Alfonso Luna de la Rosa, actual regidor de Desarrollo Económico e Impulso al Emprendimiento, conocido entre sus amigos y detractores como “El Cochi-Loco”.
Después de varios meses con bajo perfil, ahora aparece muy activo, recorriendo colonias, saludando vecinos y dejando claro que también quiere ponerle el cascabel al gato. Falta saber si el músculo político le alcanzará para buscar la presidencia municipal… o si terminará conformándose, otra vez, con una regiduría en el próximo piñatazo electoral.
Y esto apenas comienza.
Porque, según nos cuentan desde los pasillos políticos de San Jacinto Amilpas, la lista de suspirantes podría superar fácilmente la docena. Entre ellos ya empiezan a desfilar víboras prietas, tepocatas, alimañas, sanguijuelas y uno que otro chapulín profesional que brincará al partido que mejor le acomode.
Que comiencen las apuestas.
Quienes han iniciado la rebelión en la granja son los Siervos de la Nación, que ya están hasta la coronilla de ser humillados y vejados por sus patrones de la 4T, quienes, con látigo en mano y bajo la amenaza de ponerlos de patitas en la calle, los obligan a soportar y callar todo tipo de abusos.
Los Siervos de la Nación saldrán a manifestarse y pasarán de la Revolución de las Conciencias a la defensa de sus propios derechos.
Al parecer, estos trabajadores buscan rescatar un poco de amor propio y abrir los ojos.
Y luego, en el gobierno, se preguntan por qué el pueblo bueno y sabio ya no los quiere.
Al final, pareciera que el gobierno solo quiere focas aplaudidoras.
Siervos… disfruten lo votado.
Nuestra reportera La Aplausómetro, que sabe distinguir perfectamente cuándo un aplauso nace del corazón y cuándo un abucheo sale del hartazgo colectivo, nos cuenta que quien inauguró oficialmente la temporada de rechiflas de la Guelaguetza no fue precisamente una delegación, sino el secretario de las Culturas y Artes, Flavio Sosa Villavicencio, mejor conocido en el jardín primaveral como el “Sembrador de la discordia”.
Y, para variar, no hizo falta que terminara su discurso. Bastó con que tomara el micrófono durante la presentación oficial de la Guelaguetza, en la Plaza de la Danza, para que el respetable le organizara un concierto bastante desafinado de silbidos, rechiflas y una que otra mentada de progenitora que todavía debe seguir rebotando entre los muros del Cerro del Fortín.
¡Ay, nanita!
Porque el pueblo podrá olvidar muchas cosas… pero cuando decide cobrar la factura política, suele hacerlo sin necesidad de boletos numerados.
Y es que el asunto no fue un simple incidente de protocolo. Fue un termómetro político.
Durante años, Flavio Sosa construyó su figura como el hombre de la resistencia, el dirigente social que decía representar al pueblo, el líder que convocaba marchas, bloqueos y barricadas, el mismo que aseguraba que jamás se doblaría frente al poder.
La ironía es maravillosa. Hoy ya no encabeza las protestas, hoy las recibe.
Porque el tiempo tiene un sentido del humor bastante peculiar: convierte a muchos revolucionarios en burócratas… y a muchos aplaudidos en abucheados.
Y vaya que Oaxaca tiene buena memoria.
No son pocos los ciudadanos que todavía relacionan su nombre con el conflicto social de 2006. Otros lo identifican con las movilizaciones que paralizaron la ciudad durante mucho tiempo. Y ahora una nueva generación ya no lo conoce por las barricadas, sino por su paso al frente de la Secretaría de las Culturas y Artes.
Una secretaría que tampoco ha estado exenta de críticas. Ahí están los reclamos de músicos, promotores culturales, artistas y colectivos que durante los últimos meses han denunciado retrasos en pagos, falta de atención, desorganización y un trato que, dicen, dista mucho del discurso de inclusión cultural que tanto presume la Primavera Oaxaqueña.
Dicen que la cultura alimenta el alma. Pero varios artistas aseguran que a ellos todavía les siguen debiendo el pan.
Por si fuera poco, hace apenas unos días ocurrió otro episodio que tampoco pasó desapercibido. Cuando integrantes de la Sección 22 irrumpieron en la conferencia del gobernador en el Centro Cultural y de Convenciones, muchos esperaban ver al viejo dirigente social dialogando con quienes durante años llamó compañeros de lucha.
Pero sucedió exactamente lo contrario. Mientras el secretario de Gobierno y el consejero Jurídico permanecieron en el lugar intentando contener el momento, Flavio decidió salir del recinto con la velocidad del demonio de Tasmania.
Después vino el manual clásico de control de daños. Publicaciones en redes sociales hablando de su trayectoria. Mensajes donde lo presentan como un hombre íntegro. Fotografías abrazando personajes históricos. Reflexiones de Marco Aurelio. Frases sobre la dignidad, la calumnia y el debate.
Y hasta una defensa perfectamente sincronizada por parte de cuentas y simpatizantes que parecían haber recibido la misma tarea.
El problema es que ninguna cita filosófica logra bajar el volumen de un abucheo. Porque las rechiflas no se responden con frases de estoicismo. Se responden con resultados.
Lo ocurrido en la Plaza de la Danza no fue un accidente. Fue un síntoma.
Un síntoma del desgaste que empieza a acumular uno de los personajes más polémicos del jardín primaveral.
No fue una oposición organizada. No fue un grupo infiltrado. No fue una campaña mediática.
Fue una reacción espontánea de ciudadanos que simplemente expresaron lo que pensaban… exactamente de la misma manera en que durante años el propio Flavio defendió el derecho del pueblo a manifestarse.
Las vueltas que da la vida. Quien durante décadas defendió el derecho a gritar contra el gobierno, hoy descubre que ese mismo derecho también puede ejercerse… contra él.
Y eso duele más que cualquier crítica en redes sociales. La verdadera pregunta ya no es si Flavio Sosa sigue siendo un dirigente histórico.
La pregunta es si políticamente sigue sumando o ya comenzó a convertirse en un costo para la propia Primavera Oaxaqueña.
Porque un funcionario puede sobrevivir a un meme. Puede sobrevivir a una columna. Puede sobrevivir a una campaña negra.
Lo que difícilmente sobrevive es al momento en que la gente deja de verlo como representante del pueblo… y empieza a verlo como parte del problema.
Y, por cierto, un consejo completamente gratuito para el secretario: menos Marco Aurelio y más escuchar a la gente.
Porque el filósofo romano jamás tuvo que enfrentar una rechifla en la Plaza de la Danza.
Y Oaxaca, cuando decide hablar, suele hacerlo sin pedir turno al micrófono.
Estimado ciberlector, si cada Guelaguetza necesita un espectáculo, este año el primero ya se presentó… y no estuvo en el escenario, sino frente al atril. Ahora la pregunta es otra: ¿hasta cuándo seguirán cargando políticamente a un funcionario que cada vez provoca más silbidos que aplausos? Porque una cosa es dirigir la política cultural de Oaxaca y otra muy distinta convertirse en el personaje que le roba los reflectores a la fiesta… pero por las razones equivocadas.
Nuestra reportera Resucitadora Política, esa que de vez en cuando ve salir personajes del panteón electoral como si nada hubiera pasado, nos informa que quien regresó del más allá político es Edilberto Pacheco Santiago, mejor conocido como “Vivi” o “Vivianito”, apodo que, dicen las lenguas más viperinas, no nació por casualidad, sino porque se ganó a pulso.
Su currículum político es digno de una colección de credenciales recicladas. Fue delegado del PRI, secretario general del desaparecido partido local MUJER y, como ya lo hemos documentado en este Lavadero, también formó parte del círculo más cercano de Samuel Gurrión Matías. Además, fue impulsado políticamente por Azucena Hernández y durante años mantuvo una estrecha relación con el dirigente transportista Marco Sánchez.
Pues bien, estimado ciberlector, cuando muchos pensaban que su carrera política ya había quedado archivada en el baúl de los recuerdos, resulta y resalta que volvió a encontrar oxígeno.
Ahora, ante la evidente escasez de cuadros políticos, “Vivianito” reaparece como secretario de Organización del Partido de la Transformación Oaxaqueña (PTO).
¡Hágame usted el regrandísimo favor!
Vaya uno a saber quién fue el padrino que lo recomendó para semejante responsabilidad. Lo cierto es que su reaparición ya comenzó a provocar más de un arqueo de cejas en distintos círculos políticos, donde no pocos recuerdan las polémicas, los señalamientos y las alianzas que han marcado su paso por la vida pública.
Porque en política, estimado ciberlector, hay personajes que nunca se retiran… simplemente cambian de membrete.
Nuestro pecho no es bodega.
Después no digan que en este Lavadero no se los advertimos.


Cambiando de oficina, pero no de abusos, hay áreas en este Ayuntamiento donde ya no se trabaja por convicción, sino por miedo. No porque la titular tenga liderazgo, sino porque ha convertido el cargo administrativo en un látigo de intimidación.
Su nombre resuena una y otra vez en los pasillos: Samnia. Sí, otra vez Samnia. En este espacio ya la hemos mencionado por su prepotencia y mal carácter, pero las denuncias siguen lloviendo: humillaciones, malos tratos, hostigamiento y persecución.
Varios empleados prefieren rogar por un cambio de área antes que seguir soportando sus desplantes. Esto no es un chisme ni un pleito personal: hay expedientes, quejas y testimonios acumulándose en la Contraloría. Cuando tantas personas distintas describen el mismo infierno, deja de ser casualidad para convertirse en un patrón.
El problema de fondo no es una funcionaria berrinchuda; el verdadero drama es un gobierno que conoce el conflicto y prefiere administrarlo en silencio. Cuando la autoridad tolera el abuso diario, este deja de ser un capricho individual y se consagra como política institucional.

Nos dice nuestro reportero, el Flechador del Sol, que hay gobiernos que gobiernan, otros que medio administran, y luego están los más creativos, como el de Huajuapan: los que descubrieron que el presupuesto también puede salir del miedo.
En el municipio que encabeza el presidente Luis “Chupón” Martínez empieza a repetirse una historia que merece ser contada. Comerciantes, profesionistas, constructores, cocineras y ciudadanos de a pie relatan el mismo libreto: llegan los inspectores, encuentran cualquier pretexto, amenazan con sanciones y, de pronto, aparece una multa como solución milagrosa. Si las versiones son ciertas, en este ayuntamiento ya no se trata de hacer cumplir la ley. Se trata de cumplir cuotas.
La diferencia parece pequeña, pero es abismal. La autoridad deja de ser garante del orden para convertirse en un cobrador con chaleco oficial.
Antes, quien cortaba un árbol sin autorización debía reparar el daño sembrando otros. La sanción buscaba restaurar. Hoy, según quienes conocen el nuevo modelo municipal, la lógica cambió: ya no importa tanto reforestar como recaudar. Es un cambio de filosofía. Y también de moral.
El caso más revelador ocurrió hace poco, cuando inspectores municipales intentaron revisar los residuos biológico-infecciosos en una farmacia. Quien conoce un mínimo de legislación sabe que esa materia corresponde a la autoridad federal y que existen empresas certificadas para su manejo. Sin embargo, la inspección se llevó a cabo. Cuando los afectados les explicaron que el municipio no tenía competencia legal para eso, la respuesta de los inspectores valió más que cien discursos sobre transparencia:
—Nos piden cumplir una cantidad al mes.
Si esa frase realmente salió de boca de un servidor público, entonces las inspecciones dejaron de ser instrumentos de vigilancia para convertirse en herramientas de recaudación. Y cuando el gobierno del Chupón necesita dinero, cualquier ciudadano termina pareciendo una oportunidad de ingreso.
Las historias se repiten en todos los rincones. Los letreros. Las bolsas. Los permisos. El agua. Desarrollo Urbano. Ecología. Obras Públicas. El problema nunca parece ser la legalidad. El problema parece ser alcanzar la meta de la caja registradora.
Resulta difícil creer que tantas dependencias, al mismo tiempo, hayan descubierto súbitamente una pasión desbordada por hacer cumplir los reglamentos. Lo que sí resulta fácil creer es que alguien en el Palacio Municipal descubrió que las multas son un excelente negocio.
El método le va a sonar conocido a cualquiera que haya visto operar a los prestamistas del “gota a gota”: los que pasan semana tras semana por su cobro y, si no hay pago, sueltan la amenaza. Es el mismo libreto, nada más que aquí el cobrador trae credencial del ayuntamiento y la amenaza viene con sello oficial. Huajuapan ha padecido autoridades flojas y autoridades incapaces; con esas, al menos, el ciudadano sabía que el peligro era el abandono. Con esta, el peligro es la visita.
Lo preocupante no es únicamente el dinero sacado a la mala. Es la degradación del servicio público. Un inspector deja de orientar para intimidar. Un funcionario deja de prevenir para amenazar. Un reglamento deja de proteger a la sociedad para convertirse en catálogo de oportunidades de cobro. Y entonces el ciudadano de Huajuapan deja de ver a la autoridad como aliada para empezar a verla como riesgo.
Hay algo todavía más revelador, nos asegura el Flechador del Sol: cuando una persona desconoce la ley, paga el chantaje. Cuando la conoce y cuestiona la competencia de la autoridad, la inspección termina mágicamente. Eso significa que el desconocimiento ciudadano se convirtió en el negocio del ayuntamiento. El mejor impuesto para ellos es aquel que la víctima ni siquiera sabía que no debía pagar.
Gobernar mediante el miedo no demuestra autoridad. Demuestra miseria institucional. Y recaudar mediante la intimidación no es eficiencia: es la confesión involuntaria de una administración que ya no encontró otra forma de financiar sus gastos.
Tal vez el presidente municipal y sus funcionarios deberían preguntarse qué legado quieren dejar. Si el de una administración que resolvió los problemas de Huajuapan, o el de un gobierno que convirtió cada inspección en una caja de cobro con uniforme oficial.
El respeto a la autoridad no nace de las multas. Nace de la legitimidad. Y esa legitimidad, cuando se pierde por la ambición, no hay Ley de Ingresos que alcance para recuperarla.

Nos comenta nuestro reportero, el Flechador del Sol, que la imaginación de la administración del presidente Luis “Chupón” Martínez no tiene límites. Al menos cuando se trata de cobrar.
El catálogo es amplio: permisos, licencias, multas de tránsito, operativos de alcoholímetro, sanciones ambientales, arrastre de grúas, autorizaciones para anuncios luminosos y un sinfín de trámites. Cada mes aparece una nueva ventanilla, un nuevo requisito, una nueva razón para que el ciudadano pague.
Hasta ahí, alguien podría decir que es el funcionamiento normal de una administración pública. El problema es otro: la recaudación crece, pero la transparencia no aparece. La pregunta que ya circula en las calles de Huajuapan es inevitable: ¿a dónde va ese dinero?
Si los ingresos municipales fluyeran hacia donde deben fluir, el huajuapeño caminaría por calles sin baches, tendría servicios públicos que funcionan, seguridad que no depende de la suerte y parques que no dan vergüenza. Lo que percibe en cambio es una administración más hábil para cobrar que para explicar. Y cuando un gobierno dedica más energía a meter la mano en el bolsillo del ciudadano que a rendir cuentas, la desconfianza deja de ser rumor y se convierte en conclusión lógica.
Por eso la Tesorería Municipal tiene una deuda que no es de dinero. No bastan los discursos que aseguran que “las cuentas cuadran”. Hay que demostrarlo. Hay que explicar, con cifras abiertas y verificables, cuánto entra por cada concepto y en qué se gasta cada peso.

Pero el papel más incómodo en esta historia no lo tiene el presidente. Lo tienen la síndica hacendaria, Marta García Manzanares, y el síndico municipal, Othón Sibaja Suárez. Su obligación constitucional no es calentar la silla en las sesiones ni levantar la mano por inercia. Están ahí para fiscalizar, para cuestionar, para exigir información y pedir explicaciones. Cada vez que no lo hacen, no son un contrapeso: son una firma más en el documento.
Con la Feria Regional a la vuelta de la esquina, el escrutinio debería ser mayor, no menor. Esos eventos han sido históricamente el escenario donde las facturas se inflan y los recursos desaparecen sin dejar rastro. Precisamente por eso requieren más luz, no más opacidad.
La confianza ciudadana no se compra inaugurando obeliscos ni organizando fiestas. Se construye cuando el gobierno demuestra, peso por peso, qué hace con el dinero que exige.
Cobrar no tiene mérito. Cualquiera puede cobrar.
La pregunta es qué se hace después.
Vivirá poco quien no entienda lo aquí dicho, recuerde estimado ciberlector, la frase de la semana:
“En Política, la inseguridad colectiva, la fragmentación política, la pobreza y el nulo crecimiento económico, hacen a un pueblo ingobernable.
















