Noticias del Imperio: Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Escribo cuando la emoción del “súper martes” tiene humedecidos a los analistas políticos de la República (mexicana). Las televisoras que nunca han enviado ni enviarán una cámara a una elección por usos y costumbres en Oaxaca trasladaron a la crema y nata de sus comentaristas a Washington, a Chicago, a Nueva York, a Boston y a otros puntos clave de la Unión (americana) para que los tarahumaras, los tojolabales, los seris, los nahuas, los amuzgos, los huicholes, los mames y sí, también los yuppies urbanos, estuvieran al tanto de los pormenores de la contienda imperial. El miércoles las primeras planas de los diarios no hablan de otra cosa.

 

Podría apostar que ni los canadienses ni los europeos desplegaron semejantes recursos ni invirtieron tanto dinero para cubrir una contienda que siendo interesante, ha sido elevada a la categoría de sublime por nuestra mentalidad periférica y dependiente (y quizá ni los gringos: un entrevistado en la zona del desastre se quejó de que ni la CNN ni el canal 7 se hicieron presentes, como sí Televisa). Escucho el entusiasmo de los paisanos lectores de noticias y me viene a la mente la escena de Gandhi, el film de Attenborough basado en el libro de Fischer, en donde Mohandas se recupera de una golpiza propinada por bobbies ingleses y recibe la visita de sus hijos; al verlos tan propios, tan correctos, se vuelve a su esposa y exclama con dulzura: “¡Son unos perfectos caballeros del Imperio!”

Así estamos nosotros. Es la fascinación del dominado hacia el dominante; el síndrome de Estocolmo de la dependencia. No importa que para los medios de allá nuestro país no merezca espacios más que para sus desgracias o que haya profesores universitarios que no están muy seguros de dónde queda México. ¿Quién recuerda que Oliver North haya tenido a México en la mira de su campaña desestabilizadora? No es trascendente que la mariguana se esté legalizando allá mientras acá seguimos contabilizando las muertes de los cárteles que exportan sus productos al norte. Las buenas conciencias vernáculas dirán que mi visión es démodée y tercermundista, propia de un resentido social. Quizá. Pero un poco de memoria histórica nos haría mucho bien en nuestra relación con el vecino del norte, un gran país al que no podemos tratar con la naturalidad de iguales… porque nos deslumbra, nos apabulla, nos minimiza.

Fue el presidente Teddy Roosevelt, autor de la frase “Habla suavemente y carga un gran garrote”, el prototipo del fundamentalismo sajón que juzga a los hombres por el color de la piel. En libros y documentos, este personaje dejó testimonio de la enraizada certeza en la mentalidad sajona de que el hombre blanco -Kipling dixit lleva sobre los hombros la carga de velar por los valores más sagrados de la civilización occidental y cristiana. En este mundo, los negros y los prietos están subordinados al hombre de razón y los dones de la tierra fueron puestos a su resguardo para que dieran frutos bajo su dirección… y con el trabajo de las razas inferiores.

Y éste es el cristal a través del cual desde el Imperio de las barras y las estrellas nos siguen mirando a los prietos mexicanos, con algunas excepciones notables. La historia es rica en ejemplos. Las relaciones entre México y los Estados Unidos nunca han sido fáciles o tersas. Desde mediados del siglo XIX el expansionismo norteamericano hacia el oeste y el surgimiento de ideologías mesiánicas como la doctrina del “destino manifiesto” fomentaron la inestabilidad política en el vecino del sur. Además de una permanente inclinación a meter la mano en los asuntos internos de México, los EU desataron una sangrienta y desigual guerra -en la que México perdió la tercera parte de su territorio- y las fuerzas armadas estadounidenses invadieron territorio mexicano en dos ocasiones más. Dependiendo de los tiempos políticos, México fue visto desde los EU como dique protector de la frontera sur, como fuente de materias primas, como mercado para los productos norteamericanos o como territorio anexable.

Los liberales mexicanos del siglo XIX que admiraron profundamente la gesta fundadora de Estados Unidos, nunca perdieron de vista que el gigante que puso al Juez Supremo como testigo de su convicción de que todos los hombres fueron creados iguales, que denunció abusos y despotismos, injurias y usurpaciones para declarar su independencia, y proclamó como derechos universales la libertad y la búsqueda de la felicidad, podía ser el mayor peligro para México, y que conforme a la teoría de Darwin, México tenía todas las probabilidades de ser devorado por Estados Unidos.

Después de la guerra en que México perdió la mitad de su territorio, José María Luis Mora escribió: “Todo tratado de paz que se haga entre México y los Estados Unidos, de parte de esta última nación, no es sino una tregua que prepara para lo sucesivo los avances de una nueva invasión”. Silva Herzog recuerda que “fray Servando fue el primer mexicano que observó el peligro que para nuestro país representaba la vecindad con Estados Unidos”.

Una aguda y premonitoria observación sobre la naturaleza de las relaciones entre México y el vecino que ya evidenciaba una hipotrofia en los principios de igualdad y respeto que estuvieron en la semilla de su fundación, fue la de José Manuel Zozaya, enviado extraordinario y plenipotenciario de Iturbide en Estados Unidos. El 26 de diciembre de 1822 reportó desde su misión: “La soberbia de estos republicanos no les permite vernos como iguales sino como inferiores; su envanecimiento se extiende en mi juicio a creer que su Capital lo será de todas las Américas; aman entrañablemente a nuestro dinero, no a nosotros, ni son capaces de entrar en convenio de alianza o comercio sino por su propia conveniencia, desconociendo la recíproca. Con el tiempo han de ser nuestros enemigos jurados, y con tal previsión los debemos tratar desde hoy, que se nos venden amigos, de cuyo modo debemos conducirnos oficial y privadamente…

Durante la guerra de secesión, Jefferson Davis conspiró con los franceses para anexar el territorio de México -aunque nomás hasta el Istmo de Tehuantepec- al triunfo de la Confederación. Hay documentos de sus enviados diplomáticos en donde además de describir a los mexicanos como “mandriles degenerados” y “asesinos”, se entra en gentiles detalles de cómo los blancos harían prosperar esta tierra indebidamente en manos de un pueblo menor.

Cien años después, el notable historiador Hubert Herring consignó para la posteridad lo que todo gringo sabe de los mexicanos: son bandidos, andan empistolados, hacen el amor a la luz de la luna, comen chile y toman fuerte, son flojos, son comunistas, son ateos, viven en chozas de adobe y tocan la guitarra el día entero. Y algo más que todo gringo sabe: que está por encima de cualquier mexicano. “Aparte de estos detalles, la relación entre México y los Estados Unidos es afable y amistosa”. Herring hace gala del humor que le diera fama en la cátedra y en sus libros, pero otros intelectuales, como Samuel F. Bemis, propusieron sin rodeos ocupar la valiosa bodega de recursos naturales llamada México, país al que Estados Unidos guardaba “una tolerancia galiléica”. ¡Úta!

En 1873 se desvió el cauce del Río Bravo y una minúscula porción de nuestro territorio, conocida como El Chamizal, quedó del otro lado. México pidió la devolución de esos 2.4 kms2 y la petición cayó en oídos sordos. En 1910, treinta y siete años después, se estableció una comisión revisora. En 1963, medio siglo más tarde, ya hasta el Tío Sam había aceptado que la brizna era mexicana. Y en 1967, noventa y cuatro años y un nuevo siglo de por medio, el inefable Lyndon B. Johnson entregó El Chamizal al igualmente inefable Gustavo Díaz Ordaz. ¡Eso es buena vecindad, carajo!

El embajador de Estados Unidos en México entre 1933 y 1941, Josephus Daniels, reveló que durante la Primera Guerra Mundial el presidente Wilson fue presionado para que su gobierno dictara las políticas petroleras mexicanas. “B.M. Baruch, jefe de la Comisión de la Industria Militar, me dijo que cuando algunos petroleros intentaron convencer a nuestro gobierno de que era necesario ocupar la parte de México en donde estaban localizados los grandes pozos petroleros, Wilson preguntó: ‘¿Quieren decir que a menos que vayamos a México y tomemos por la fuerza los campos petroleros localizados en su territorio no podremos librar la guerra?’ Alguien respondió: ‘Así es’”.

Después de la expropiación petrolera de marzo de 1938, la Standard Oil, aliada con poderosos grupos políticos, cabildeó entre el poder legislativo a favor de una intervención armada. Alentado por la gran contribuyente de las campañas políticas, en enero de 1939 el senador Reynolds pidió una investigación sobre las violaciones de México al derecho internacional y a los derechos naturales de los norteamericanos cuyas propiedades fueron confiscadas; el senador Kennedy subió a la tribuna para asegurar que al sur del río Bravo había una peligrosa actividad alemana y repetir, una y otra vez: “¡El basurero mexicano debe limpiarse!”; y, en el colmo, el representante de Arizona, Hamilton Fish, “sugirió que México saldara su deuda petrolera entregando a Norteamérica una porción de territorio que permitiera a su estado [Arizona] contar con una salida al mar”.

Los corridos, la expresión musical que recoge el sentir popular, han tenido como tema recurrente esta relación, como uno de autor anónimo que a fines del XIX cantaba: Los yankees malvados / no cesan de hablar / que habrán de acabar / con esta nación.

Pero hoy todo es alegría porque Obama se reeligió. El gobernador de izquierda en Morelos felicita al pueblo de Estados Unidos; el ciberespacio mexicano está preñado de buenas vibras y mejores augurios. Por fortuna allá no hay carruseles, ratones locos, monexgates ni impunidad política. Nuestros políticos, nuestros analistas, nuestros yuppies, mesmerizados frente a las pantallas, se preguntan desde el fondo de sus corazones: “¿Por qué nosotros no somos así?; ¿cuándo tendremos elecciones igual de ejemplares?; ¿no podría El Peje tomar nota de cómo debe ser la conducta del perdedor?”, mientras Barack, el primer WASP negro en ocupar la Casa Blanca, les sonríe con un toque de condescendencia.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

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