La Quinta Columna- El Día en que José Antonio Meade fue Nombrado Candidato (Periodismo Ficción, 1)

La Quinta Columna

Por: Mario Alberto Mejía / @QuintaMam 

Una llamada entró al teléfono rojo de la Secretaría de Hacienda.

José Antonio Meade hablaba por otro teléfono con su padre y le dijo que ahorita volvería a conectarse de nuevo.

—Señor presidente —dijo en el momento de descolgar la línea privada.

—¿Cómo estás, Pepe?

—Bien, gracias a Dios.

—¿Cómo andas de tiempo para platicar?

—¿Ahorita?

—No. Como a las siete de la noche en Los Pinos.

—Ahí lo veo, señor presidente. ¿Quiere que le lleve el informe final del Presupuesto?

—No. Tampoco vengas con Vanessa Rubio ni con Miguel Messmacher. Vente solo, Pepe.

Meade colgó y sonrió nervioso.

Luego le dijo a su secretaria que le hablara a Ignacio Vázquez Chavolla, su Oficial Mayor.

Del celular le marcó directamente a su padre.

—Vente a Palacio, pa. No tardes.

Apenas llegó a su privado Vázquez Chavolla, Meade se puso de pie y le dijo:

—Vamos a caminar, Nacho.

Salieron al patio de Palacio Nacional donde le gustaba dar vueltas y vueltas conversando sobre los más diversos temas.

A la menor oportunidad, soltó lo que traía:

—Me acaba de hablar el presidente, Nacho.

—Ajá.

—Quiere verme hoy por la noche en Los Pinos.

—Ajá.

—A mí solo.

—¿A ti solo?

—Eso es lo extraño, Nacho. Quiere verme sin subsecretarios y sin expedientes de por medio.

—Ah, caray, Pepe.

—En todos mis años de secretario es la primera vez que un presidente me cita en Los Pinos sin expedientes de por medio y sin subsecretarios.

—¿Crees que ya llegó la hora, Pepe?

*

Luego de dar quince vueltas al patio de Palacio Nacional, un auxiliar le avisó que ahí estaba su padre.

Pepe le dio un abrazo a Nacho para despedirlo y le dijo a su padre que lo acompañara en su ritual de caminar por el edificio que construyó Hernán Cortés en 1522.

—Te veo raro, hijo.

—¿Raro, don Nicho? ¿Raro bien o raro mal?

—Raro raro, Pepe.

Los dos soltaron una carcajada.

Meade abrazó a su padre y le susurró al oído:

—Creo que primero Dios vas a tener un hijo presidente.

*

A lo largo del día, Meade acordó con Messmacher, Rubio y Eduardo del Río, y recibió la visita inesperada de Augusto Gómez Villanueva, quien se jactaba de ser su asesor plenipotenciario.

Al igual que a su padre, lo llevó a dar vueltas al patio —esta vez solo dos— y le confió al oído lo que a esas alturas era casi una certeza para él.

Antes de salir a Los Pinos, habló varias veces con su mujer —la economista y pintora Juana Cuevas— y una vez con su hijo Dionisio.

También cruzó llamadas con sus amigos Jorge Estefan y Roberto Moya.

Al primero le dijo que le prepara un reporte minucioso de algunos temas del presupuesto 2018 recientemente aprobado.

—Nos veremos pronto, Charbelito. Te tengo que contar algo.

Él mismo se puso al volante de un auto híbrido.

No quiso compañía.

Sus escoltas lo siguieron a corta distancia.

*

Las puertas de Los Pinos se abrieron a su paso.

Erwin Lino, particular del presidente Peña Nieto, ya lo esperaba.

Bromearon durante el trayecto al privado presidencial.

Antes de entrar, saludó a Miguel Ángel Osorio Chong.

Fue un saludo rápido.

Disimulado.

El secretario de Gobernación no lo miró a los ojos y dijo que tenía que hacer un ajuste técnico en el baño.

Meade notó que la corbata de Osorio estaba mal ajustada.

Lleno de dudas, se sentó en la silla que le ofreció Lino.

Sintió el silencio del privado por primera vez en su vida.

Doscientas veces había entrado y salido del lugar, y nunca había tenido la sensación que hoy lo visitaba.

Miró el reloj imperial que colgaba de un muro y pensó en el gesto evasivo del secretario de Gobernación.

Quiso descifrar también la generosa bienvenida que le dio el particular del presidente.

La puerta se abrió.

Peña Nieto abrió los brazos, caminó hacia él y le dijo al momento de tocarlo:

—¿Qué se siente estar solo en el privado presidencial, querido Pepe?

*

Tomaban café uno frente al otro, sin escritorio de por medio, cuando el presidente le preguntó por la planilla que él y Luis Videgaray tenían en el ITAM en 1989.

—(Risas). Se llamó Dimensión 89.

—Suena a Dimensión Desconocida —dijo el presidente soltando una carcajada.

—En realidad tuvimos dos: la otra se llamaba Renovación. Con la primera perdimos y con la segunda ganamos.

—¿Virgilio (Andrade) estaba con ustedes?

—Él fue presidente en el 88. Su planilla se llamaba Unión Universitaria y su lema de campaña fue “preferible perder a comprar el voto”.

Las risas se desataron.

El presidente y Meade no aguantaban las carcajadas.

Otros nombres salieron en la conversación.

—¿Ernesto Cordero es de tu generación, Pepe?

—Él estudió Actuaría, pero llegamos juntos al ITAM. De hecho al principio nos sentábamos juntos.

Peña Nieto le preguntó por qué él no llevaba el nombre de su padre: Dionisio.

—Mi papá en realidad se llama Denisse porque los Meade tenemos sangre irlandesa y mi abuelo no quería romper la tradición.

—Ah, ¿y de dónde salió el Dionisio?

—De Denisse, Señor presidente. Mi padre lo tropicalizó.

Nuevas carcajadas aparecieron en el privado.

La charla tocó otros aspectos familiares: los cuadros de sus madre, María, y de su esposa, Juana.

—Si es raro que las suegras y las nueras se lleven bien, es más raro que hagan cuadros juntas.

Peña Nieto le ofreció un vodka Absolut Elyx, su favorito.

Meade no dudó en aceptar.

Se tomaron uno, dos, tres.

—Tenemos que ir a cenar al Morton’s Angélica, Juana, tú y yo, querido Pepe. A ver si la próxima semana.

—Será un honor, señor presidente. Primero Dios iremos.

—Tiene mucho que no voy. Me encantaban los macarrones con queso al horno, y el pan que hacen ahí. No sabes qué pan.

Por el reloj de pared Meade supo que eran casi las diez de la noche.

No daba crédito al encuentro tan cordial.

Volvió a pensar en el gesto descompuesto de Osorio Chong y en el nudo mal hecho de su corbata.

Eufórico, Peña Nieto le habló del futuro y de lo que les esperaba a ambos.

Habló de cómo desde niño quiso ser presidente de México y de cómo fue creciendo en la política.

—Ser presidente es lo mejor que me ha pasado en la vida, querido Pepe. Ya me entenderás dentro de poco.

Meade quiso decir algo, pero sólo acertó a sonreír y guardar silencio.

—A mí no hubo nadie que me dijera lo que te voy a decir, Pepe: señor doctor José Antonio Meade, nuestro partido ha tenido a bien nombrarlo candidato a la Presidencia de México. ¿Acepta usted tan alto honor?

*

Ya no manejó el auto híbrido rumbo a su casa en San Ángel.

Prefirió irse en la Suburban de sus escoltas.

Una sonrisa permanente lo acompañaba.

Vía Telegram, le dijo a su esposa que la siguiente semana irían a cenar al Morton’s para celebrar algo que acababa de pasar.

—Qué rico —escribió ella—. Me encantan los Mac & Cheese. Pero cuéntame cómo te fue, mi amor. ¿Quieres que te prepare una ensalada?

 

 

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