Thoreau, Ortiz, De Negri, Ellsberg, Sulzberger, Bradlee, Manning, Snowden, et al: Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Ahora que las historias de espías y tenebras internacionales están de moda, no está de más recordar que ningún país del mundo puede arrojar la primera piedra en esto de estar libre del pecado de meter las narices en los asuntos de los vecinos. Los nombres de Andrés G. García, Ramón P. De Negri, Teódulo R. Beltrán, Jesús M. Arreola y Juan T. Burns no dirán nada al lector moderno, pero a principios del pasado siglo eran dinámicos James Bond infiltrados en los Estados Unidos al servicio, sí, del gobierno mexicano.

 

Este quinteto operaba bajo cubierta diplomática –como hoy los chicos de la KGB, de la CIA, del MI5 o del G2- y tenía a su cargo desactivar las células de revoltosos que conspiraban contra el supremo gobierno al norte del Río Bravo. Está documentada la operación de una “Agencia Mexicana de Investigaciones” que sirvió tanto a Díaz como a Madero. En una poco conocida y fascinante investigación de Michael M. Smith se detallan los operativos de la inteligencia mexicana en territorio gringo. Nuestros agentes desarrollaron notables capacidades “para enviar y decodificar mensajes, interceptar comunicaciones postales y telegráficas, sobornar a funcionarios públicos y periodistas, infiltrar grupos rivales y organizar y dirigir campañas de propaganda y desinformación”.

O sea, que en todas partes se cuecen habas. Más sobre esta apasionante historia en próximas entregas de JdO. Hoy lo que me interesa comentar es un desfase que ocasionalmente se da en las tareas de espionaje: cuando un agente cobra conciencia y siente que su primer deber es con la patria y no con la agencia que lo contrató y hace públicas sus tareas para escándalo de la sociedad… o del mundo, como en el caso actual de Edward Snowden.

Pero quisiera aproximarme al tema por la vía larga que pasa por momentos clave de la historia reciente:

En un insólito momento de sinceridad –o de cinismo- el implacable general Curtis LeMay confió a Robert S. MacNamara: “Si hubiéramos perdido la guerra… ¡seríamos nosotros los acusados en el banquillo en Nurenberg!”

Como jefe de la fuerza aérea durante la segunda guerra, LeMay ordenó arrasar Tokio con bombas incendiarias cuando era claro que el país asiático había sido derrotado, y fue instrumental en el proyecto para lanzar bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. MacNamara recuerda la conversación en La niebla de la guerra, el documental en el que expurga sus pecados al final de su vida.

Este ejemplo me sirve para traer a colación una obviedad: los vencedores escriben la historia. Paul Revere es el héroe epónimo de la guerra de independencia estadounidense, pero para los ingleses fue un traidor que merecía la horca; nuestra Corregidora de Querétaro fue heroína entre los alzados mientras que los vencidos con presteza e incluso alegría le hubieran aplicado el garrote vil. Henry Thoreau se negó a pagar impuestos a un gobierno promotor de la esclavitud y agresor de naciones débiles como México y fue echado a un calabozo. Si los estados del sur hubiesen ganado la guerra civil y nuestro vecino hoy se llamara Estados Confederados de América, Thoreau sería tanto o más satanizado que Porfirio Díaz en nuestras maniqueas clases de historia, pero como esto no fue así se le tiene en el altar de los padres de la patria en la nación que hoy persigue con ferocidad a otro disidente, de apellido Snowden.

Daniel Ellsberg fue un experto en inteligencia quien al igual que Bradley Manning y Edward Snowden pensó que su primer deber era con su país y dio a conocer los “papeles del Pentágono”, el informe secreto que detalla los pormenores de la participación de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. El dueño y editor del New York Times, Arthur Sulzberger -a quien apodaban “Punch”- los publicó pese a las amenazas del Departamento de Justicia y las advertencias de sus propios abogados, pues estaba convencido de que el primer deber del editor es con la libertad de expresión, no con la burocracia en el poder. En el frente interno, los periodistas libraron una batalla campal para convencer a los leguleyos y a los administradores de que tenían la obligación de dar a conocer esos materiales a la ciudadanía. En un episodio que dibuja la situación al interior del diario, Punch despidió de manera fulminante a su abogado de casi treinta años cuando éste se negó a sostener en los tribunales la postura del rotativo.

El diferendo sobre lo que es de interés público y lo que debe mantenerse en reserva por razones de “seguridad nacional” llevó a un juez a imponer por primera vez en la historia de los EUA un embargo judicial a informaciones en poder de la prensa. En el juicio subsiguiente sobre los documentos secretos, Sulzberger y los editores del Times descubrieron que el Pentágono había clasificado como “secreto” incluso los informes meteorológicos bajo la lógica de que el enemigo los podría utilizar para predecir las misiones de bombardeo sobre Norvietnam. ¡Hágame el refabrón cavor!

Unos años después la propietaria y editora del Washington Post, Katherine Graham, y el director del diario, Ben Bradlee, decidieron no quitar el dedo del renglón en un caso confuso y aparentemente inocuo: el allanamiento de oficinas del partido demócrata en un edificio llamado Watergate. No exagero si digo que todo el gobierno lanzó advertencias al Post de que estaba incursionando en terrenos harto peligrosos, mientras que grupos privados e incluso otros medios de comunicación dijeron en privado a la dueña que estaba poniendo en riesgo su empresa en un asunto sin importancia. Bien, es de sobra sabido cuál fue el desenlace de Watergate: la primera renuncia de un Presidente de Estados Unidos. No sugiero que el Post haya derrocado a Nixon; pero sin duda su perseverancia en obtener y divulgar detalles del incidente aceleró el proceso de supuración política que puso al gobierno contra la pared y detonó las consecuencias conocidas.

Es en este contexto en que debemos analizar los casos de los “desveladores de secretos” que tienen a Washington con el grito en el cielo. El gobierno que armó a la contra en Nicaragua, que financió a los freedom fighters en Afganistán, que puso en el trono al Sha, que derrocó a Grau San Martín en Cuba, a Bautista en Nicaragua y a Arbenz en Guatemala; que fue pillado espiando a sus ciudadanos y un etcétera de monerías diabólicas más largo que la Cuaresma, es el mismo que persiguió a Ellsberg, que puso en operación los campos de concentración en Abu Dhabi y en Guantánamo, que tiene sometido a juicio Manning y que advierte sin rodeos a Moscú y a Pekín que ejercerá represalias si dan asilo al “traidor” Snowden. Si, Dios no lo permita, el gobierno de Obama colapsara por cualquier razón, tenga usted por seguro que esos personajes pasarían a engalanar los corredores de los héroes y sus nombres serían grabados en letras de oro en los muros del Capitolio. Pero hoy son execrables enemigos de la patria.

¿Exagero? Martin Luther King fue la bête noire del establishment estadounidense. El siniestro Hoover lo tuvo en la mira y murió asesinado, pero hoy es recordado como uno de los grandes héroes de la historia de los EUA. Carter le otorgó póstumamente la Medalla Presidencial de la Libertad en 1977; desde 1986 el Día de Martin Luther King es fiesta nacional y en 2004 se le otorgó la Medalla de Oro del Congreso de los Estados Unidos.

O sea que si el tiempo todo lo pone en su lugar, pasadas algunas décadas podremos ver a los Manning, a los Snowden y a los Ellsberg en los libros de texto como ejemplos para la juventud.

Amén.

Los papeles del Pentágono

Ya que estamos en esto, una breve ficha de aquel sumario. Se trata de un expediente de siete mil páginas en 47 volúmenes oficialmente titulado Historia del Proceso Estadounidense de Toma de Decisiones de Política sobre Vietnam: 1945 – 1967. Fue comisionado en 1967 por Robert S. McNamara, secretario de la Defensa de Kennedy a la Rand Corporation, para entender el por qué del involucramiento norteamericano en Vietnam.

Daniel Ellsberg tuvo a su cargo la redacción de un capítulo del informe y cuando tiempo después conoció la totalidad del documento, se convenció de que era su deber hacer público ese testimonio de décadas de mentiras, errores, decepciones y carnicerías del gobierno de su país. A finales de marzo de 1971, entregó una copia a un periodista del New York Times a quien había conocido en Vietnam.

Durante 17 días -del domingo 13 al miércoles 30 de junio- el futuro de las relaciones entre la prensa y el Estado en los EUA se mantuvo en la incertidumbre. Por la tarde de este último día la Suprema Corte de Justicia desestimó, en votación de 6 a 3, los alegatos del gobierno de que la publicación del expediente fuera perjudicial para la seguridad nacional del país, declaró injustificado el embargo precautorio y autorizó al Times a publicar la serie. Esta decisión sería pivotal para el equilibrio futuro entre la legítima necesidad del gobierno de recurrir a la secrecía en tiempos de guerra y la legítima necesidad de la comunidad de enterarse de las acciones de su gobierno.

Molcajete…

Años después, en sus memorias, Ben Bradlee recordaría así el episodio Watergate: “Un periódico que se mantuvo firme ante cargos de traición. Un periódico que no vaciló al ser acusado por el Presidente, por la Suprema Corte, por el Procurador General y por un insignificante Subprocurador. Un periódico que mantuvo la frente en alto, comprometido firmemente con sus principios”. Y sobre los protagonistas de la saga: “Richard Nixon fue deshonrado y destruido, relegado a su muy particular infierno, obligado a renunciar para evitar el desafuero y sin nadie a quien culpar salvo a sí mismo. Los fanáticos –Charles Colson, John Ehrlichman, H. R. Haldeman, Howard Hunt y Gordon Liddy- cayeron en desgracia y en prisión, acabados por su idea de que estaban por encima de la ley y por la arrogancia que compartían con Nixon. Los aficionados –mojigatos veteranos de los negocios, como el procurador general John Mitchell y el secretario de Comercio Maurice Stans y los imberbes neófitos como John Dean, Dwight Chapin, Donald Segretti, Egil Krogj y Jeb Magruder- fueron víctimas de su propia ambición desmedida. Mas para los políticos que se montaron en la ola hacia Washington después de Watergate, las lecciones que parecieron haber aprendido se han reducido a ésta: no hay que dejarse atrapar.” He aquí la paradoja. a la Rand Corporationocidas.ed y deton d.erserverancia en obtener y divulgar detalles del caso acelero el proceso de supuracier

 

10/7/13

 

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