Obama en México: Miguel Ángel Sánchez de Armas

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El del jueves habrá sido el octagésimo tercer encuentro entre presidentes y presidentes electos de México y Estados Unidos desde la reunión de Porfirio Díaz y William H. Taft el 16 de octubre de 1909 en Ciudad Juárez. Casi una entrevista anual durante 104 años (en realidad 0.8 per annum), nada mal para dos países vecinos que han tenido una relación tormentosa, compleja y desigual.

Escribo antes del evento, así que no aventuraré comentarios sobre los resultados del viaje de Barack Hussein Obama a nuestro país (acompañado por una comitiva de más de mil personas y a un costo superior a los cuatro millones de dólares, según datos de Carreño Figueres en El Universal) y más bien me limito a unas reflexiones a vuelapluma sobre el significado de estos encuentros.

Barak, a quien me he referido antes en este espacio como “el primer presidente WASP-negro estadounidense”, tiene en su agenda tres temas: la seguridad, la economía y la reforma migratoria. La relación cara a cara puede destrabar –o complicar- situaciones espinosas como esas. Me vienen a la memoria el abrazo de Acatempan de Iturbide y Guerrero, que reconcilió a las fuerzas virreinales con el ejército insurgente; el paseo en la playa de Merker y Sarkozy que abrió el camino a la solución de la crisis financiera europea; el “pleito de cocina” entre Nixon y Kruschchev, hito en la guerra fría; las entrevistas de Roosevelt y Churchill que modelaron la alianza contra el nazismo… o de encuentros que no se dieron y que en el reino de lo imaginario pudieron desembocar en un mundo diferente, como cuando en 1919, durante las pláticas de paz en París que llevaron al Tratado de Versalles, el joven Ho Chi Minh, nacionalista en el exilio y pinche de cocina en el Hotel Ritz, gastó sus últimos francos en alquilar de un frac y solicitó una audiencia con Woodrow Wilson para pedir la ayuda de Estados Unidos en la lucha por un Vietnam independiente. El arrogante Presidente no lo recibió –supongo que no sabía en qué parte del mundo estaba aquel lugar de nombre exótico- y queda para la imaginación el dato de que hubo un momento que pudo esterilizar la posibilidad de la execrable doctrina del dominó que herr professor Kissinger pariría cuarenta años después, evitar décadas de guerra y la pérdida de cientos de miles de vidas en el Sudeste asiático.

De regreso a la realidad, durante nuestros años de vecinos Estados Unidos ha sido gobernado por presidentes como Lincoln, para quien el vínculo internacional más importante era con México; o como Polk y el primer Roosevelt, deseosos de colocar más estrellas en Old Glory a costa de nuestro territorio; en México tuvimos a nacionalistas como Cárdenas, empeñado en preservar la soberanía y a pragmáticos hueros como Fox y Calderón, desdeñosos de un nacionalismo démodé.

Cuando el encuentro de Manuel Ávila Camacho y Franklin D. Roosevelt en Monterrey el 20 de abril de 1943, el joven Edmundo Valadés, reportero de la revista Así, escribió: “Estando el representante de uno de los países más poderosos de la tierra, y el representante de México, fue tal su dignidad que uno sin conocerlos no hubiera sabido quién era el representante de la nación más poderosa”. El reportero y escritor vio un cuadro de igualdad. ¿Será mucho esperar lo mismo en esta entrevista?   

Michael Peter Fay y Pito Garza Sada

Me gustan las fábulas de Esopo y las parábolas bíblicas, narraciones breves, simbólicas y maliciosas de las que se extrae una enseñanza. O, en palabras de mi santa abuela, una manera de “decírtelo a ti, Juan, para que lo entiendas tú, Juana”. Aquí van dos, ambas reales.

En el otoño de 1993, el estadounidense de 18 años Michael Peter Fay fue arrestado por la policía singaporense con otros jóvenes por grafitear autos y muros en las instalaciones de la Escuela Americana. El 3 de marzo de 1994 fue condenado a cuatro meses de prisión, una multa de 3,500 dólares singaporenses y seis azotes con vara de bambú a ser aplicados en donde la espalda pierde su casto nombre. La sentencia levantó una tormenta en Estados Unidos: se trataba de un adolescente, los daños habían sido “menores”, el castigo era “inhumano y desproporcionado”. El presidente Clinton intervino, dos docenas de senadores firmaron una petición de clemencia y Washington amenazó con bloquear una reunión de la Organización Mundial del Comercio que tendría lugar en la ciudad – Estado. El gobierno de Singapur respondió que el vándalo había sido encontrado culpable conforme a las leyes del país, pero accedió, por respeto a Clinton, a disminuir de seis a cuatro el número de azotes, mismos que fueron puntualmente aplicados en las pompas al peletier el 5 de mayo siguiente. Ese joven no volvió a grafitear nada en su vida. Pienso que un correctivo a tiempo hubiera evitado las tragedias de Columbine, de Sandy Hook, de Littleton, de Grundy, de Tucson, de Blacksburgh, de Dekalb y de muchos otros lugares en donde muchachos desquiciados, seguramente carentes de amor y sentido de la vida, tomaron un arma para ajustar cuentas con la sociedad. Apunto que a Michael no se le cayeron las nalgas y que sobrevive sano a la fecha; también no puedo dejar de pensar que así como usó una lata de pintura a presión, también pudo haber portado un arma; pero bueno, yo nomás soy un viejo reaccionario y vinagrillo cuya opinión hay que pasar por alto.

La segunda tuvo lugar en Monterrey en febrero de 2009. Fue recogida en su momento por los periodistas Felipe Díaz Garza y Rosario Barahona.

Dos chavos de las clases dominantes pasados de copas y a la sombra de sus guaruras, agredieron a otros de las clases proletarias. Llegaron los genízaros y arrestaron a todos. También hicieron su arribo los reporteros. Escribió la colega Barahona: “Como los guaruras mostraron su permiso para portar armas sólo fueron multados por una falta administrativa. Los exámenes de los tres chicos, Roberto Garza Sada, Jorge Treviño Garza y Rodrigo Padilla Jiménez mostraron que el primero traía ebriedad completa y el segundo, incompleta […]. Cuando los detenidos fueron fotografiados, Garza le gritó al reportero: ‘Yo soy Roberto Garza Sada, ¿y tú?… Tú eres Pito Pérez, ¿verdad?’. La expresión es una joya: en unas cuantas palabras refleja su clasismo, su racismo, su prepotencia, su falta de orientación, su rabia, su ignorancia y sus ¿valores? No sé en qué colegio estudió Roberto, pero le apuesto a que fue en uno de los que se ufanan de enseñar muchos valores. ¿Y prepa? En una de las que se construyen para evitar que se mezclen clasemedieros y ricos. No sé en qué universidad estudie (ni si estudia), pero le aseguro que no tiene idea de quién es José Rubén Romero, a quien rindió homenaje sin saberlo.

“¿Qué diferencia hay entre Roberto y el reportero al que trató de insultar? El dinero, la mala educación y la prepotencia. Nada más. Ambos son iguales biológicamente, comparten una lengua, una ciudad, tradiciones y costumbres, aunque en esferas distintas. En esencia es lo mismo. ‘Yo soy Roberto Garza Sada, ¿y tú?’ ¿Qué significará ser Roberto Garza Sada, cuando no se ha hecho nada por serlo, excepto nacer? El nombre lo escogieron sus padres y los apellidos son conocidos en la ciudad, pero no ilustres por ellos mismos: hay que cuidarlos, pulirlos y conservarlos limpios, como a cualquier apellido. Eso cuesta y no se logra insultando reporteros que cumplen con su chamba.”

Sustituya el lector la palabra “insultar” por “clausurar” y “reporteros” por “restaurantes”.  Luego piense en un país en donde la ley se aplica por igual a los criminales más torvos y a los hijos de papi. Es un sueño, claro.

Molcajete

Mi viaje a Marte está en suspenso. Pese a cumplir con todos los requisitos, no puedo terminar mi ficha signalética interespacial por una falla tecnológica que me impide subir un video, ¡carajo! ¿Doña Margaret estará en el santo rescoldo en compañía de Reagan y del nefando Augusto? No es posible saber, porque los designios del Altísimo son inescrutables. Debo confesar que el pequeño radical que llevo dentro de mi -vecino del jacobino y del anarquista- siente curiosidad por esta personalidad a quien los soviéticos apodaron “la dama de hierro” y cuyo carácter quizá se ejemplifique mejor con una anécdota recogida por Íñigo Sáenz (eldiario.es, 8 de abril): “Matthew Parris, diputado tory entre 1979 y 1986, contó en una ocasión a Margaret Thatcher que se había lanzado al Támesis para salvar a un perro. ‘¿Un perro? ¿En serio que rescataste a un perro?’, respondió ella. ‘¡Qué cosa más estúpida!’” ¿Se requiere de mayor explicación? A propósito de la visita de Barack, llegó a México su swat-team con lo más avanzado de la tecnología del primer mundo. Al centro, La Bestia, el transporte presidencial construido con una aleación de acero, grafitos y cerámicas alteradas molecularmente para resistir el impacto de un misil “inteligente” (como los que cayeron en fábricas de leche iraquíes en donde unos analistas no tan brillantes creyeron detectar “armas de destrucción masiva”). La Bestia lleva en las entrañas equipos que hacen palidecer a la Estrella de la Muerte por su complejidad. Desde La Bestia Barack podría comandar la tercera guerra mundial… y ser el único sobreviviente, con su chofer. En pocas palabras, se trata de una maravilla turca a prueba de todo… menos de la idiotez: el 20 de marzo en Israel un mentecato le llenó el tanque con gasolina de alto octanaje… y ¡puf!, La Bestia, que tiene un motor a diesel, colapsó como el invulnerable dragón Smaug perforado por una pequeña flecha entre dos escamas. Lo dijo mi abuela: “hijito, ¡cuídate de los pentontos!”  

 

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

 

Tuit: @sanchezdearmas

 

Blog: www.sanchezdearmas.mx

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