Manuel Buendía, in memoriam: Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Cada año, en la misma fecha, publico la misma columna. Sólo actualizo el tiempo transcurrido. Es la machacona esperanza de que algún día sabremos la verdad: quién tomó la decisión, quién organizó el operativo, quiénes consiguieron el arma, planearon la emboscada y jalaron el gatillo; quiénes protegieron –o eliminaron- a los pistoleros.

¿Los que purgaron condenas por el homicidio son realmente los responsables? Un juez así lo consideró, aunque los indiciados intelectual y material siempre lo negaron. En estos casos no puede descartarse que los verdaderos responsables escaparan a la justicia y que la muerte del periodista fuera parte de un complot que por supuesto nadie está en condiciones de probar.

Si no ley, una constante de la historia es que los asesinatos políticos nunca se esclarecen del todo. Y los de periodistas jamás. ¿Ha escuchado usted el nombre de George Polk? En 1948 fue asesinado en Grecia y su cadáver apareció flotando en la bahía de Salónica. Era un reportero de la CBS que incomodaba por igual a la dictadura militar, a la guerrilla, al gobierno de Estados Unidos, a la CIA y a la KGB. En otras palabras, era muy competente. Nadie supo quién lo eliminó. En Nueva York un comité “de pares” validó la versión oficial del hecho y a otra cosa. Pareció una reedición de la escena de El Padrino en la que Hyman Roth, al discutir con Michael Corleone sobre el atentado a Frank Pentangeli y la muerte de Moe Greene, le espeta: “¡Éste fue el negocio que elegimos!” Lo mismo parecen repetir las autoridades, en México y en China, cada vez que un periodista es eliminado: “Ése es el negocio que eligieron!”

Es asombrosa la estupidez de quienes creen que mediante la eliminación de periodistas pueden protegerse a sí mismos o poner remedio al enojo, al desasosiego o a la inquietud social. Una y otra vez el resultado es, para ellos, contraproducente. Porque la memoria y la palabra no pueden ser asesinadas. Manuel Buendía se transformó en un símbolo cuando exhalaba el último aliento, pues los viejos y valientes reporteros ni mueren ni se desvanecen. Descanse en paz. Lo recordamos siempre.

Mi columna de cada año:

Hace 29 años murió asesinado Manuel Buendía Tellezgirón.

Aquel 30 de mayo de 1984 fue miércoles. Por la tarde, el autor de “Red Privada” -la columna cuyo nombre se ha hecho sinónimo de lo mejor de nuestro periodismo- abandonó la oficina que rentaba en un viejo edificio de Insurgentes, a la altura de la Zona Rosa en la ciudad de México, y se dirigió al estacionamiento público en donde guardaba su auto. Ahí, en la puerta, fue emboscado. Un sicario lo ultimó de cinco tiros por la espalda.

El día pardeaba. Vehículos y peatones congestionaban la principal avenida de la capital. El crimen, a propósito frente a testigos, fue en realidad una ejecución, una advertencia. Las fotografías del cadáver de Buendía sobre la acera dieron la vuelta al país y al mundo cual ominoso aviso: en aquel México tal era el fin que aguardaba a los practicantes de un periodismo crítico, analítico y, sobre todo, independiente. Tres décadas después el país es uno de los lugares más peligrosos para ejercer el periodismo. Punto.

Veintinueve años han transcurrido y mucha agua ha pasado bajo nuestros puentes. Hoy reconfirmamos que la muerte de Buendía fue ejemplar, pero no en el sentido en que quisieron sus asesinos. Un instante después de la primera oleada de dolor y miedo, muchos periodistas refrendaron su compromiso con el oficio; otros se encogieron de hombros y continuaron por el camino más seguro. Quiero creer que conforme pasan los años, nuevas generaciones de periodistas encuentran en Manuel Buendía un ejemplo de ética, valentía, rigor profesional y personal. Mi propia convicción es que don Manuel sigue entre nosotros por la sencilla razón de que la esencia del periodismo en el que él creía sigue siendo la misma.

Recordamos a Buendía de muchas formas. Su camaradería y el sentido de humor con que engalanaba su trato. La solidaridad y el culto a la amistad. Su profunda convicción de estar transitando por el mejor de los caminos profesionales. Una vez escribió: “Ni siquiera el último día de su vida, un verdadero periodista puede considerar que llegó a la cumbre de la sabiduría y la destreza. Imagino a uno de estos auténticos reporteros en pleno tránsito de esta vida a la otra y lamentándose así para sus adentros: Hoy he descubierto algo importante, pero… ¡lástima que ya no tenga tiempo para contarlo!”

Un hombre comprometido y eficaz. Un periodista preocupado por definir el oficio: “El periodismo no nos permite vivir de lo que fue, de lo que el viento se llevó. Al contrario: nos obliga a vivir para lo que es. Un periodista no puede permitir que sus amigos le organicen, como a un pintor, exposiciones retrospectivas”.

“Tampoco podemos arrullarnos, como las viejas actrices, en la nostalgia del álbum fotográfico o en el recuerdo de aquellas marquesinas que bordaban nuestro nombre con foquitos de colores. Ni andamos por ahí como los veteranos de una guerra ya olvidada, luciendo antiguas condecoraciones y un atuendo pasado de moda.

“Los periodistas, como el combatiente sin relevo, vivimos y morimos con el uniforme de campaña puesto y el fusil humeante entre las manos.

“Dicho de otro modo menos melodramático: los militantes del periodismo -por vocación y por destino- tenemos que ser, aquí y ahora; y para nosotros ser significa publicar, hacernos oír, ya sea desde una gran cadena de periódicos, o en una modestísima revista provinciana y hasta en una simple hoja volandera.

“Mi homenaje, pues, a tantos colegas que no alcanzan fama ni honores, pero que jamás han desertado del deber profesional un solo día”.

Hay hombres que forjan sus propias leyendas. En el periodismo de vez en cuando surgen figuras que rompen los moldes no como un reto, sino porque ello es parte misma de su naturaleza. Manuel Buendía fue de esa estirpe.

Chema Pérez Gay

En un expediente de mi archivo guardo unas galeras tipográficas con una dedicatoria, en tinta negra y caligrafía minúscula y certera, que comienza: “A Miguel Ángel, testigo doméstico de esta historia…” La compuso Chema cuando dio el “imprímase” a La difícil costumbre de estar lejos, primer libro que edité en mi paso por Océano. Nos conocimos a fines de los setenta en una mesa sobre Elías Canetti en la UNAM. Yo había descubierto al búlgaro gracias a la editorial Muchnik y estaba hipnotizado por su obra –de donde, por cierto, tomé prestado el nombre para esta columna. Éramos un puñado, una tertulia tan breve como la de los tolkianos en los sesenta. Cuando fue nombrado director del Canal 22 tuvimos un desencuentro y desde entonces nada más intercambiamos saludos formales en algunos eventos; la afinidad no floreció en la amistad. Admiré sin compartir su confesión política porque la desveló en un ambiente en donde lo acomodaticio y la simulación son moneda corriente. Lamento que haya dejado en el tintero la continuación de una obra tan fértil. Descanse en paz. Ahora leo La profecía de la memoria.

Molcajete…

Algún columnista comparó el nivel del pleito de los senadores del PAN con la riña en un kínder. A decir verdad si juzgamos a esos legisladores por sus 140 caracteres tenemos el derecho a deducir que tal es el número de sus neuronas. No nos merecemos este espectáculo de niños tontos y frívolos que no tienen la menor idea de lo que es la dignidad legislativa. // Los ricos también lloran: el pasado 22 de mayo Forbes informó que Gates desbancó a Slim de la cima de la riqueza; además de la OIC, México pierde otro lugar en el concierto mundial. // Noticias marcianas. Aquí la más reciente comunicación de los organizadores del viaje: You are now part of a rapidly expanding international community that is both optimistic and realistic about the destiny of our species to expand to other worlds. This community includes Mars One applicants like you, supporters, space exploration enthusiasts, scientific researchers and world-renowned experts.” Suena medio críptico, ¿no?

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.


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