Este 10 de mayo no sabe igual

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Por Horacio Corro Espinosa

A las cinco de la mañana del 10 de mayo, México despierta a trompetazos. El mariachi llega puntual como el cobrador de la renta. La jefecita abre los ojos entre el susto y la ternura. Y el hijo que hace unos meses le gritó desde el carro hoy aparece con flores en la mano y una lágrima que le sale con una facilidad casi milagrosa.

Así somos. El 10 de mayo nos acordamos de nuestra madre. Porque los otros 364 días casi siempre nos acordamos de las madres de los demás.

Pero este año yo no puedo decir lo mismo de siempre. No me sale. Porque este año la palabra madre me pesa distinto.

Tengo tres hijos. Los tres son adultos. Y los tres pasaron meses viendo cómo se fracturaba la realidad entera de su casa mientras su madre acomodaba la verdad a su manera, como quien corrige una hoja hasta que la mentira también parece correcta.

Lo que ellos vivieron no viene en el calendario. No tiene nombre. Por eso el 10 de mayo tampoco alcanza para explicarlo.

¿Qué celebramos hoy?

Celebramos a las madres que pueden dormir tranquilas porque su conciencia las deja descansar. Celebramos a las que no tienen que recordar qué versión dijeron ayer. A las que sus hijos pueden miran de frente y no con esa pregunta triste que a veces se queda viviendo en los ojos.

Celebramos también a la mujer que crió a mis hijos con una mano y con la otra sostuvo una vida que nadie en la casa conocía. La que les enseñó a sentarse bien a la mesa, a decir por favor, a dar las gracias; y que al mismo tiempo les enseñó, sin querer o sin darse cuenta, que una casa también puede llenarse de secretos y de mentiras aunque las ventanas estén abiertas.

¿Cómo se celebra eso? No con mariachi. No con flores. Ni con la tregua de un solo día, porque mañana vuelve a romperse.

Se celebra, si acaso, con la verdad.

Porque la maternidad no es la foto del álbum familiar. No es el baile de la primaria. No es el pastel con betún rosa. La maternidad es lo que queda cuando se apagan las luces. Es lo que los hijos cargan toda la vida: los gestos, los silencios, las mentiras que nadie nombró, las cosas que nadie les explicó pero que igual terminaron enseñándoles cómo mirar el mundo.

Yo conozco madres que hoy no recibirán mariachi ni flores porque sus hijos viven lejos o porque hace mucho dejaron de llamar. Conozco madres que sonríen en la foto del restaurante y lloran solas en el carro de regreso. Conozco madres que dieron todo y reciben poco. Conozco madres que dieron lo que pudieron con lo que tenían. Y conozco también, porque la vida me lo puso enfrente sin preguntarme, madres que les fallaron a sus hijos de maneras que ningún 10 de mayo puede borrar.

A todas les pertenece este día. A las perfectas, que no existen. Y a las imperfectas, que son todas.

Pero si me permiten un apunte desde las ruinas de mi propia historia: el amor verdadero de una madre no se mide el 10 de mayo. Se mide en los hijos que quedaron. En cómo aprendieron a amar. En cómo aprendieron a herir. En el peso de lo que vivieron dentro de casa. En si pueden mirar a alguien de frente sin que la culpa les agache los ojos. Y en si esa palabra, «te quiero», les sale del corazón o apenas de la costumbre.

Eso no lo da un restaurante caro. No lo da una serenata al amanecer. No lo da una caja envuelta con moño.

Eso lo da, o no lo da, lo que pasó en casa cuando todos creían que nadie estaba viendo.

Feliz día a las madres. Y que cada quien escuche esta campana donde más le retumbe el corazón. Porque el regalo más grande que una madre puede dejarle a un hijo, es que algún día él pueda pronunciar el nombre de ella sin que le tiemble la voz.

X: @horaciocorroes

Facebook: Horacio Corro