El Fin del Mundo, S.A.: Miguel Ángel Sánchez de Armas

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Si usted está leyendo esta entrega de Juego de ojos quiere decir que el mundo no terminó como lo vaticinaran los druidas religiosos y cívicos el año pasado, que la vida sigue con sus pequeñeces y grandezas, sus luces y sombras, sus calores y fríos y todos los lugares comunes que es capaz de pergeñar un pseudocolumnista especializado en ampliar las dudas ajenas y que ahora mismo se enfrenta al horror de la página en blanco.

 

Aunque pensándolo bien, si el mundo hubiera desaparecido en la cegadora luz del impacto de un meteorito o bajo la planta de un dios beodo y enloquecido, por lo menos en México tendríamos algunas cosas que agradecer. ¿Exagero? Serían almuerzo de gusanos –con todos nosotros, claro- los autores del reglamento y los “creativos” del enloquecedor estribillo: “Este programa es público, queda prohibido su uso… etc.”, que por lo visto tienen más resiliencia burocrática que las cucarachas postatómicas del relato de García Márquez que cuelga a mis espaldas.

 

 “El fin del mundo… y un poco de bronceador”, tituló certeramente El Universal el 21 diciembre la crónica que narra cómo entre visiones místicas del más allá y reventones de antología, multitudes de extranjeros y compatriotas acudieron a encontrarse con Caronte… pero entre cantos y danzas, nada de los horrores davidianos de Waco, el mesianismo de Jim Jones o la visión cósmica de Marshall Applewhite. No señor. Pura vida… y negocio. El Fin del Mundo, S.A.

 

El mundo siguió, pues. Pero de haber sido lo contrario –el filósofo de Güemez dixit- yo no tendría que pagar el iPhone 5 que me compré a plazos como regalo de Armagedón, Depardieu no sería ciudadano ruso y Ratzinger no habría renunciado.

Cimmyt

 

La historia del mundo está poblada de monstruosos asesinos multitudinarios: Hitler, seis millones; Pol Pot, millón y medio; Stalin, dos millones; LeMay y Truman, varios cientos de miles… y así un río interminable de sangre y dolor. Pero de vez en cuando se dan episodios que nos hacen recuperar la fe, en los que otros seres humanos se han echado a cuestas la salvación de vidas. El mexicano Bosques y el austriaco Schindler, por ejemplo. O Norman Borlaug, el estadounidense que en tierras texcocanas desarrolló la “revolución verde” que produjo nuevas variedades de granos que llevados a las regiones más pobres y marginadas del mundo, según cálculos conservadores evitaron hambrunas que hubieran ocasionado la muerte de más de 245 millones de almas. Una parte importante de sus investigaciones tuvieron lugar en el Centro Internacional de Mejoramiento del Maíz y Trigo (CIMMYT), a un costado de la Universidad de Chapingo. Por su trabajo a favor de la humanidad recibió el Premio Nobel de la Paz en 1970.

 

Recordé a Norman -cuya mano tuve el honor de estrechar hace cuarenta años siendo yo un joven reportero- por la ceremonia en la que Carlos Slim y Bill Gates anunciaron la inversión de millones de dólares para revitalizar las instalaciones del Cimmyt. Me dio gusto que algunos de los pesos que Telcel me ha birlado hayan ido a parar a ese centro científico de excelencia que tan poco conocido es entre los jóvenes mexicanos. Una institución –el Cimmyt, no Telcel- que podría colocar con orgullo bajo su nombre el lema: “¡Aquí se salvan vidas!”

 

Creo que Borlaug no tiene un monumento en nuestro país –aunque sí una avenida en Ciudad Obregón- y desde luego no se le ha declarado mexicano honorario ni se le ha dado la medalla Belisario Domínguez o el Águila Azteca post mortem, porque somos remisos en reconocer méritos. Pero al ver a Carlos y a Bill en los noticiarios pensé que Miguel Mancera tiene una excelente oportunidad de reparar el ridículo de sus predecesores y poner en Reforma la efigie del gran humanista. Si el monumento es por suscripción yo desde aquí comprometo 500 salarios mínimos.   

Teléfono Rojo

 

Hace cincuenta años fueron instalados en la Casa Blanca y en el Kremlin los famosos teléfonos rojos destinados a establecer comunicación directa entre Washington y Moscú para enlazar a los presidentes de las dos potencias mundiales del momento, John F. Kennedy y el líder ruso Nikita Jrushchev.

 

Aparentemente el teléfono rojo, llamado así por tratarse de una línea de emergencia y no porque fuera de ese color y que al instalarse ni siquiera era un teléfono sino una línea de teletipo para establecer una comunicación por escrito menos sujeta a distorsiones o interpretaciones, evitó algunos conflictos entre la Casa Blanca y el Kremlin, pero no los suficientes para apaciguar los barruntos de guerra que surgieron recurrentemente hasta la disolución de la Unión Soviética en 1991.

 

El enfrentamiento ideológico entre Estados Unidos y la URSS surgió desde que tuvo lugar la Revolución Bolchevique en 1917, lo que determinó la salida de Rusia de la Primera Guerra Mundial. Sin embargo, se manifestó y dominó la política mundial a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. Si bien antes de la SGM en Estados Unidos se iba extendiendo el anticomunismo, hubo fenómenos que urgieron la atención de los políticos como la Gran Depresión. Era preciso atender esta resaca de la fiesta capitalista en la que creyó vivir de manera continuada Estados Unidos, con efectos lamentables; el cuidado ideológico de sus ciudadanos podía posponerse un poco.

 Molcajeteando

 

El fin de semana tuve un penoso incidente. Acudí a la feria del libro de Minería como cada año; me sorprendió ver que la fila de acceso iba de las taquillas hasta Eje Central, daba la vuelta y pasaba Madero. Para mis adentros me felicité por mis pequeñas aportaciones a la promoción de la lectura, y también me sentí víctima del éxito, pues evidentemente no iba a entrar. Entonces me percaté de que los habitantes de la “tercera edad” podían no formarse y muy orondo entregué a la curvilínea edecán encargada del trámite el plástico que certifica mi pertenencia a la legión de los viejitos. La chica apenas me miró, tomó el dinero y me dio el pase, sin pedir que comprobara mi edad con la credencial del IFE que tenía dispuesta. ¡Alas! ¡Dioses! ¡Qué golpe al ego y a la vanidad! Estuve en la feria quince minutos y me dirigí a la cantina más cercana para ahogar mi pena en las pálidas aguas de Baco.

Profesor – investigador en el Departamento de Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.

Tuit: @sanchezdearmas

 

Blog: www.sanchezdearmas.mx

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