Duerme Tomás. Descansa. Los dinosaurios te esperan || Joel Hernández Santiago

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Como a cualquier otro niño de diez años, a Tomás le gustaba jugar. Le gustaba estar en la escuela y pertenecer a un grupo en el que predomina la solidaridad, a pesar de la cortísima edad de los niños.

 

Aprendía en una escuela modelo, en donde la amplitud de sus espacios permite el juego y la carrera, el escondite y las carcajadas que sólo los niños saben disfrutar sin complicaciones y en libertad.

 

No le gustaba hacer las tareas… ¡claro que no!… – ¿y a quien de nosotros nos gustaba hacer las tareas? – Era uno entre otros 28 alumnos del 5 año “A”, de la escuela “Vicente Guerrero” en Santa María del Tule, en Oaxaca al que le llamaba la atención todo, y preguntaba, preguntaba, preguntaba.

 

Sí, era uno y único, como cada uno de los niños de esta escuela y de todas las escuelas del mundo.

 

Seguramente soñaba con ser un gran científico, o un gran doctor, o acaso un gran paleontólogo para estudiar las distintas especies de dinosaurios, los que junto con los perros, eran su pasión.

 

Tenía carritos de juguete, preferentemente trailers; acaso porque su papá, don Jorge Sánchez Santos trabaja como chofer en ellos, además de su trabajo en el gobierno. Tomás. admiraba esa labor paterna.

 

Su mámá, doña Loida Mendoza Martínez, estimulaba ese gusto y le gustaba verlo contento… Era uno de otros tres hermanos, pero también el más pequeño. No son una familia opulenta. Pero cada uno por su lado viven bien, con decoro: separados el papá de la mamá, a Tomás le tocaba estar con su padre los fines de semana, mientras que permanecía con su madre el resto.

¿Cómo era Tomás? Vista la foto puesta ahí, es un niño con cara de bueno, de dulce de membrillo o de durazno. Un niño con mirada ávida y despierta. Un niño que mira de frente, con su cabello negro profundo y su camisola al estilo de un oaxaqueño orgulloso.

 

Por supuesto un niño común y corriente, pero un niño especial para sus padres, para los que era la luz de sus ojos; de su familia y sus amigos.

 

El lunes 11 de diciembre no fue a la escuela porque hay acuerdo de que por unos días sólo la mitad de los alumnos asistirá cada día, para arreglos de los servicios.

 

El viernes anterior acudió a clase con la tarea, y le insistía a su maestro Bernardo García Avilés que se la revisara, porque no era frecuente que la trajera: El maestro sonríe con tristeza recordando a Tomás, uno de sus 28 alumnos: “ahora ya nada más son 27” dice en voz casi imperceptible.

 

A las 8 de la mañana alguien llamó al maestro para darle una noticia de uno de sus alumnos. El maestro pensó que era algo común… la noticia no pudo ser más dolorosa…

 

Entre las 12 de la noche y una de la mañana del 12 de diciembre ocurrió la tragedia. Tomás, con su mamá, otros hermanos, su tío venían de Mitla para llegar a su casa en San Francisco Lachigoló, municipio perteneciente al distrito de Tlacolula, en los Valles Centrales de Oaxaca.

 

No fue hora de mucho tránsito en la carretera federal 190, en el tramo Santa María El Tule-Tlacolula de Matamoros, a la altura de una empresa mezcalera. Aun así, fue en ese tramo curveado en el que ocurrió el momento más dramático de Tomás y su familia:

Un taxi de Mitla, de los conocidos como “Foráneos”, blanco y guinda, chocó de frente con el vehículo en el que venía la familia. Un instante. Unos segundos. Un dolor sin fin. Gritos de dolor. Peticiones de auxilio en el vacío nocturno. Frío intenso y punzante. Todo estaba consumado:

 

La madre de Tomás estaba herida, sus hermanos igual; su tío… Pero faltaba uno. Faltaba el más pequeño. El niño de los perros amigos, el de los camioncitos carreteros, el de los dinosaurios insospechados, al que no le gustaba dormir solo, no estaba ya…

 

Tomás, el pequeño Tomás, de apenas 10 años, con una vida que apenas comenzaba a atisbarse; con toda una vida por delante, para orgullo de sí y de los suyos; Tomás el pequeño que apenas, en unos días, habría de hacer su primera comunión y lo decía contento…:

 

Tomás estaba muerto. Había muerto. Había fallecido por el golpe fatal. Había quedado en un instante en ese silencio inmortal que es el más doloroso.

 

¿Cómo en ese pequeño cuerpo infante y tierno pudo caber toda la muerte eterna y dolorosa? ¿Por qué? ¿Quién tuvo la culpa de la tragedia que ensombrece a Oaxaca? Es la sombra que oculta a miles de niños que hoy dejan de vivir en el mundo porque el ser humano, “el otro”, les cerró los ojos…

 

El dolor indescriptible se instaló en ese momento en aquella carretera 190. El adiós estaba ahí, de pie. La sonrisa y los sueños de Tomás se quedaron en un estuche que sólo él conoce.

 

La noticia fue eso, una noticia más por las muchas tragedias que ocurren cada vez con más frecuencia en el estado oaxaqueño. Y es por demás insistir en la manera criminal como los taxistas manejan sus vehículos sin importar que sus choferes llevan vidas humanas bajo su responsabilidad.

 

¿Cuántos seres humanos han muerto por la irresponsabilidad de muchos taxistas enfebrecidos por la velocidad y el poder que suponen para sí en las carreteras? ¿Y el gobierno del estado qué hace? ¿Les permite todo? ¿Les perdona todo? Les tiene miedo.

 

Sólo así se entiende esa irresponsabilidad gubernamental. ¿Existe una Secretaría de Vialidad y tránsito en Oaxaca? ¿En dónde está? ¿Qué hacen para salvaguardar vidas humanas? En la ciudad de Oaxaca cada operador de vehículo se tiene que ‘rascar con sus propias uñas’. Nadie ahí para el auxilio, para la ayuda, para el orden…

 

El velorio de Tomás fue en la casa del padre de Tomás en Guendolain. El hombre con todo el dolor a cuestas por la pérdida del amado niño que vivía con él los fines de semana. El que le preguntaba y preguntaba y le platicaba de perritos, de carros-trailers, de los dinosaurios imaginados… Ya no está…Ya no estará nunca más…

 

El entierro fue en el panteón de Lachigoló, en una fosa profunda en la tierra árida en donde el cuerpecito de Tomás fue sembrado para la eternidad, mientras que el llanto y el dolor de su padre y su familia no se pueden contener.

 

Los niños, compañeros de clase de Tomás estaban ahí, con sus uniformes, en el momento último. Y lloraban la perdida de su compañero-amigo; ya no estará en clase; ya no correrán aquel patio escolar interminable y feliz… Tomás hace falta. Hoy son 27, falta uno. Siempre faltará uno. Siempre en 5° “A”, generación tras generación, ya no estará Tomás Sánchez Mendoza: diez años.

 

Estaban ahí, también su maestro Bernardo, y el director de la escuela Vicente Guerrero, del Tule, Guillermo Martínez Santiago. Y más maestros y maestras cariñosos y solidarios.

 

El sol, en ese atardecer a las 4 de la tarde estaba radiante, con esa luz que hace brillar la cara de los cielos. Es que Tomás llegaba.

 

Descansen bien, todos los niños del mundo que mueren a los diez años. A Tomás ya lo reciben todos los dinosaurios del cielo. Todos los dinosaurios buenos que le dan la bienvenida. Que lo abrazan. Que lo quieren. Que le quitan el dolor del cuerpo y las lágrimas de los ojos para decirle: Bienvenido Tomás. Bienvenido: te queremos mucho. No estás solo.