Los reporteros: Miguel Ángel Sánchez de Armas

Print Friendly, PDF & Email

II de III

Una “Contracolumna” de Luis Gutiérrez en recuerdo de Pedro José Alisedo hace un par de años en Punto y aparte, me conmovió. El tono y el contenido del texto de Luis me recordaron que en nuestro oficio la palabra está por encima del dolor. Sin mitigar la tristeza por la muerte del amigo, el periodista consigna el hecho para evitar que el silencio ensombrezca aún más la pérdida. Es el canon de nuestra profesión.

Dijo Luis:

“Cuando pergeño estas líneas advierto que constituyen también un apretado recuerdo de quienes, maestros y amigos, enriquecieron con sus enseñanzas, su amistad generosa y su calidad humana, aquellos años de mi vida: don Martín, Gondi, Othón, Nacho Ramírez, Arias Barraza. Y ahora Pedro. Estas remembranzas me emocionan y me inquietan.” Luis traduce mi sentir cuando pienso en Oscar Hinojosa, en Luis Suárez o en Manuel Buendía.

Un oficio exige herramientas. La palabra es la única que tenemos los periodistas. La llevamos a flor de piel y echamos mano de ella para describir el mundo a nuestros semejantes. Un verdadero reportero es aquél que en el momento de su muerte lamenta que ya no podrá compartir algo nuevo que ha descubierto.

Por ello es bueno que de tarde en tarde seamos nosotros objeto de crónicas y reportajes. Hawkings dice que no hay mayor placer para un físico que aplicar la mecánica cuántica para desvelar los secretos del universo. Lo mismo en el oficio nuestro: bien empleada la palabra que revela lo que se oculta tras la nota de ocho, el reportaje de primera, la crónica premiada o el artículo seriado.

Mi primera lectura de Los reporteros de Christian Brincourt y Michel Leblanch allá por 1972 fue una influencia seminal que se tradujo unos años después en el nacimiento de la Revista Mexicana de Comunicación y libros como De reporteros, coeditado con Omar Raúl Martínez, a quien debo la recuperación de aquél texto espléndido.

Las hazañas que consignan Brincourt y Leblanch fueron apasionantes para mi generación por su contenido mismo y porque las pudimos contrastar con las de colegas nuestros de carne y hueso: Jorge Téllez, El Güero, disfrazado de enfermero para entrar al quirófano en donde agonizaba León Trotsky; Luis Spota en chaleco de camarero sobrescuchando la plática de políticos en el bar del hotel Regis; Natividad Rosales vestido de huichol; Ramírez de Aguilar preso en una cárcel de Chilpancingo para estar cerca de un militar perseguido.

El periodismo mexicano está lleno de hazañas dignas de contarse. Regino Hernández Llergo con Villa; su sobrino Pagés con Mussolini y Hitler; Jesús Blancornelas con Aburto; Raymundo Rivapalacio en Irak… historias que aguardan ser recogidas entre portadas. De reporteros fue, creo, un buen intento. Se necesitan más. Pero mientras aparecen esas reseñas, regresemos al testimonio de Brincourt y Leblanch:

“La exclusiva marca la consagración del reportaje. Tener una exclusiva significa poseer en privilegio una información, o sea haber llegado el primero a algún sitio.

“Todo periodista se fija una regla de oro: debe luchar sin tregua, contra todo el mundo, especialmente contra sus propios colegas, aunque sean amigos.

“Lucien Bodard, gran reportero de France-Soir, engañó de la manera que sigue a Max Clos, gran reportero de Le Figaro que trabajaba entonces en el diario Le Monde.

“Después de la caída de Dien Bien Phu, el general Salan emprendió una gira de inspección por Indochina. Redactó un informe que se convertiría más tarde en el “caso de las filtraciones”, y convocó a dos periodistas, Bodard y Clos.

“En presencia de ellos, Salan hizo alusiones a ciertos pasajes del informe pero… ‘Naturalmente, esto no  hay que repetirlo’.

“Después de haberse despedido de su interlocutor, Lucien Bodard empezó a dudar: el general Salan no era amigo de la cháchara. ‘Si ha convocado a los dos reporteros es porque desea oficialmente que este informe se conozca’, se dijo. Bodard se sienta delante de su máquina de escribir y comienza un artículo. En la habitación vecina, Max Clos oye el tecleo. Entreabre la puerta.

“-¿Qué haces?

“-Nada, una tontería…

“-¡No metas la pata, no te vayas de la lengua!

“-No te preocupes.

“Al día siguiente, aparecían ocho columnas en France-Soir y ninguna en Le Monde.”

 

Esta anécdota me recuerda lo que una vez me dijo Julio Scherer: “Nunca permita que le digan algo que no pueda publicar. El off the record no existe”. Conozco casos extremos: el reportero Miguel Ángel Velázquez, hoy viejo redactor de La Jornada, se enteró de una información importante por la indiscreción de un político. Cuando éste se percató de su metida de pata intentó manipular a Miguel Ángel: “Como caballero, usted no utilizará lo que le acabo de decir…” A lo que el reportero respondió: “¿Y quién le dijo que soy un caballero? ¡Yo soy un patán!” Al día siguiente firmaba las ocho columnas en su diario. Dejo al lector que adivine con qué sobrenombre se conoce a mi tocayo desde entonces.

De regreso a Brincourt y Leblanch:

“Para obtener una exclusiva hay un sólo secreto: encontrarse en el sitio preciso, en el momento oportuno. El lunes 26 de marzo de 1962, ocho días después del alto el fuego que siguió a los acuerdos de Evian, un grupo de periodistas se encontraba almorzando en el primer piso del Hotel Alberto I, en Argel. A lo largo de una semana habían asistido a todo el proceso que precede y acompaña a una descolonización. El poder establecido se va, mientras que el poder interino no acaba de ocupar todos los puestos. Sólo el ejército francés estaba en su puesto.

“Bad-el-Oued se había declarado ciudad insurrecta. El ejército la bloquea. Para romper este bloqueo, la O.A.S. organiza una manifestación pacífica con objeto de que los distritos residenciales converjan hacia Bab-el-Oued.

“A las 14:30 horas, los periodistas que almorzaban en el Alberto I escuchan los primeros ecos de la manifestación.

“Los manifestantes siguen la Rue d’Isly y pasan por delante de la oficina central de Correos. En todo Argel se habían alzado barreras de C.R.S., pero en la Rue d’Isly el dispositivo comprendía, además, unos pelotones de tiradores argelinos que volvían de las zonas de lucha y a los que se había comunicado la noticia de la independencia. Estaban al mando de un teniente kabila, que había recibido la orden de montar una barrera a las 15:30 horas.

“Los manifestantes, para engañar a la policía, llegaron con una hora de antelación, ondeando banderas tricolores.

“El grupo de antiguos combatientes, de mujeres y niños, se dirige al teniente:

“-Usted, como francés que es, debe dejarnos pasar.

“La barrera de caballos de Frisia debía cortar la Rue d’Isly, en la zona de la oficina central de correos; pero a las 14:30, la barrera aún estaba abierta.

“Un poco más lejos, en la esquina del Boulevard Pasteur, en el chaflán de la Rue de Chanzy,  algunos hombres estaban apostados con un fusil ametrallador. Los primeros manifestantes franquean la barrera y desembocan en la Rue d’Isly, en dirección a Bab-el-Oued.

“René Duval, periodista francés de nacionalidad belga, trabajaba entonces en Europa n.º 1 y para la Radio Televisión Belga.

“Duval había enviado a su camarógrafo en seguimiento de los primeros manifestantes, mientras que él en persona se acercaba al teniente kabila: ‘Me quedé allí porque en aquella serie de acontecimientos era necesario elegir. Pensé que era un buen lugar para un trabajo fotográfico’.

“A las quince horas, el teniente recibe órdenes por radio de cerrar el dispositivo. Ordena colocar los caballos de Frisia a través de la Rue d’Isly. La manifestación queda cortada en dos.

“El teniente se excita, farfulla unas palabras. En este clima de nerviosismo oigo dos disparos de revólver, en la misma Rue d’Isly, a mis espaldas.

“Como si se tratara de una señal, el tirador argelino apostado en la esquina del Boulevard Pasteur aprieta el gatillo del fusil ametralladora y dispara contra la multitud, hiriendo incluso a un soldado de su compañía.

“Nos lanzamos todos a tierra, nos pegamos al suelo. El teniente repliega a sus hombres en el portal de una farmacia.

“Sólo se me ocurre una cosa: correr en dirección a nuestra oficina, que está muy cerca, en el Boulevard Pasteur; pero un hombre me agarra y me tira al suelo. Me ha salvado la vida, porque una ráfaga nos pasa por encima, rasante.

“Alguien me tira de las piernas para meterme en un portal. Mi máquina y mi magnetófono quedan en la acera. Arrastrándome, recupero la cámara; pero un soldado tira de mi magnetófono por la correa. Comienzo a grabar. Es un  reflejo.

“La descarga de fusilería dura apenas seis minutos. Para mí, un siglo.

“Entre aquel alboroto, nadie oye al teniente gritar dos o tres veces: ‘Alto el fuego’. Pero el magnetófono lo registra.

“Hay 57 muertos y 150 heridos.

“Más tarde, mucho más tarde, escuchando la cinta magnetofónica con Julien Besançon y otros periodistas, me di cuenta de que poseía el gran documento de la jornada: ése ‘Alto el fuego’ que nadie oyó y que hubiera debido evitar la matanza”.

Compare el lector este hecho con los sucesos de poco más de seis años después, el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas en México. ¿Suena conocido?

¡Estar en el lugar preciso en el momento oportuno! A veces sucede incluso a pesar del periodista. Recuerdo el caso de un redactor de guardia en Excelsior allá por el 74 o el 75. De madrugada, a punto de cerrar la edición y anticipando botanas y tragos en “La Mundial”, le avisan que en la recepción unos campesinos quieren ser escuchados. ¡Unos campesinos! El joven finge demencia y sólo la instrucción del secretario de redacción logra levantarlo de su escritorio. Vuelve unos minutos después y vive la experiencia, reservada a unos cuantos privilegiados, de gritar: “¡Paren las prensas!”. En su libreta lleva la exclusiva del asesinato de Lucio Cabañas.

En otra oportunidad, también por aquellos años, los reporteros Miguel Ángel Rivera y Roberto Vizcaíno, entonces irredentos calaveras, acudieron sin chistar, pero bajo protesta, a cubrir una sosa conferencia agronómica por órdenes del feroz jefe de información que los tenía en la mira. Se aparece el Secretario de Agricultura y Ganadería del echeverriato. A los reporteros lo único que se les ocurre preguntar es: “¿Para qué está organizado el ejido, señor Secretario?”

Al día siguiente las ocho columnas del diario de la vida nacional leían: “El ejido, organizado para votar, no para producir”. Y ardió Troya.

Aquel secretario vive hoy en Tlapacoyan, un pueblo seductor de Veracruz. En una comida a orillas del río hace unos meses le recordé la anécdota, que yo mismo presencié como jefe de prensa de aquel evento. Estalló en carcajadas. Desde Nigeria, en donde andaba de gira, el Presidente Echeverría se comunicó por teléfono con su secretario. Y lo que dijo… bueno, de eso no estoy autorizado para hablar. (Continuará).

 

Profesor – investigador en el Departamento de

 Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.