El final de un grande: Luis Octavio Murat

luis-octavio-muratEstaba disfrutando del domingo familiar en compañía de esposa e hijos, en conocido restaurante de la ciudad, cuando alcancé a escuchar a otro comensal que comentaba en su mesa:

-¿Te enteraste de lo que pasó?

-¿De qué?

 ¿Qué paso?

-Pues que se acaba de morir el Juanga en Santa Mónica, allá en el gabacho.

-No manches ¿en serio?

-Si, hoy a las 11 y media de un infartazo.

Seguí con lo mío pero el comentario, de inicio, me asombró y en tanto convivía con la familia empecé a recordar lo poco que conozco del “Divo de Juárez” como le llaman. Sin embargo, pensé, “radio pasillo” no es muy confiable, así que al terminar de disfrutar la tarde dominguera cumplí con la obligación y disciplina: terminar la columna del lunes, revisar los periódicos del día, sin moscas y con los ventanales limpios de la sala de lectura.

No encontré nada respecto al tema por lo que deduje que se trataba de otro rumor previo al informe presidencial en torno a las renuncias de los secretarios del presidente que no enderezan las cosas por andar cuidando su imagen en ruta al 2018. De tal suerte, que no permiten que ni el aire los despeine y menos tomar decisiones que pudieran hacerlos pinole en el sentir de la opinión pública.

Al llegar a mi espacio volví a pensar en lo que había escuchado, así que decidí investigar sobre el diálogo escuchado por lo que me comuniqué a Jiutepec, Morelos, con la persona que sabe de los temas del espectáculo.

– ¿Es cierto lo de Juan Gabriel?

-Si, me confirmó, hoy en la mañana, es una pena, me comentó en su mensaje de Whatsapp.

Fue todo, estaba confirmado el deceso por lo que acudí a lo obligado: los medios que gota a gota, empezaron a abordar el tema sin estar seguros del que, cuando y donde; pues la información no fluía con rapidez por ser domingo y por la discreción familiar guardada.

Los comentaristas, interrumpieron su descanso dominical y atropellándose por aparecer a cuadro y hablar primero, no atinaban a cuadrar el suceso. Lo único que con certeza se sabía fue que, en efecto, Alberto Aguilera, nativo de Paracuaro, Michoacán, había fallecido.

Note algo en las primeras apreciaciones de algunos comentaristas de espectáculos y artistas entrevistados al referirse a Juan Gabriel, sobre todo, cuando se les preguntaba acerca de Él. No decían Juan Gabriel sino Alberto; solo los íntimos, los amigos muy cercanos le llamaban Alberto, y agregaban comentarios de que estaban desechas, con el corazón partido porque habían sido intimas amigas y amigos del “Divo de Juárez”.

No lo creían y hablaban y hablaban de ellas no del personaje, de las canciones que les había regalado por haber sido íntimos. La condición humana enseñaba su protagonismo, el yo, yo, yo sé desbordo y Garibaldi dijo ¡Salud!

Se nos fue el Juanga, clamaban unas y otros, cantando su dolor con las canciones que hicieron famoso al ídolo, y sin dejar de echar trago para mitigar el sufrimiento intenso solamente vivido cuando el gran Pedrito también se les fue o Jorge Negrete, el interprete de ese himno de los compas migrantes “Si muero lejos de Aquí”, que les desgarra el alma cada día de descanso cheleando unas “Miller” hacinados en un cuarto que rentan siete o más paisanos que, como héroes, le están haciendo la talacha a la Secretaría de Hacienda, al Banco de México y al propio Presidente, enviando remesas que superan ya las cantidades de dólares obtenidas por la producción de petróleo y colocándolas en segundo lugar de ingreso en la economía de México.

El protagonismo desbordado, el Zócalo dispuesto para vaciar todo lo que se trae dentro y que destruye el alma. Miles podrán hacerlo y llorar al ídolo que supo comprender a la gran masa porque escribió canciones con el lenguaje del pueblo; porque ayudó a los que lo necesitaron; porque les regaló canciones a las que le dicen Alberto y las hizo famosas; porque el Juanga y la Roció si supieron cantar y llegar a lo más hondo de sus heridas para aliviarlas o hacerlas más profundas.

Bellas Artes también está dispuesto para el homenaje de cuerpo presente, y Mancera se adelanta y dice que: “a lo mejor no cabe la gente pero en la plancha del Zócalo sí. México ya no será lo mismo”, comenta con triste melancolía que no impidió el dislate.

¿Cómo será entonces? Pues creo que con más vías de comunicación, con disminución de la contaminación, con el salvamento a Xochimilco, con planeación urbana, con un mejor presidente, con congresistas que hagan su chamba, con el estado 32 con mejores gobernantes, en fin…

¡Claro que no será el mismo! pero lo será si no se ponen las pilas para hacer del Estado 32 un lugar habitable. Dramatismos como estos no engañan a nadie que haya ido a la escuela porque son protagonismos de coyuntura.

Todos tras la medalla que los “hará mejores” para el electorado en el 2018. Por fin, el pueblo tiene en quien creer, por quien sufrir, por quien beber y mitigar las penas acompañado del ritmo de las canciones del Juanga, de la letra que desgarra el alma plasmadas de sufrimiento, de sensibilidad, de clara sencillez, de recuerdos que hacen reír y llorar…

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