* Las palabras reconfortantes del jerarca de la Iglesia Católica llegan en un momento en que ejercer el periodismo exige algo más que oficio: exige valor para correr el riesgo de morir. Investigar, cuestionar y señalar al poder puede incomodar; pero una democracia donde la crítica incomoda menos que el silencio es una democracia en peligro.
* Ante la visita del Papa León XIV a México pedimos al arzobispo informe al Nuncio Apostólico, monseñor Joseph Spiteri de la ejecución del periodista oaxaqueño Francisco Alejandro Leyva Aguilar para que este, a su vez, informe a Su Santidad que siguen matando periodistas en México y hable del tema con la presidenta Claudia Sheinbaum.
(Acompaño a mis hermanos Jorge y Tomás González Ilescas por el nacimiento a la vida eterna de nuestro hermano Eligio. Abrazo fraterno y solidario a toda la familia en estos momentos. Descanse en paz)
No es una bendición cualquiera. Es una advertencia. Cuando un arzobispo tiene que pedir públicamente que nadie afecte la libertad de expresión de los periodistas, el problema deja de ser personal y se convierte en un asunto de democracia, Estado de derecho y libertades públicas.
Desde Oaxaca, Monseñor Pedro Vásquez Villalobos, Arzobispo de Antequera, lanzó un mensaje que debería escucharse en todos los rincones de México: “Espero que te sientas con la libertad de escribir y reflexionar sobre los acontecimientos que se viven, que nadie afecte de ninguna forma, tu libertad de expresión en nuestra tierra de Oaxaca”.
Sus palabras llegan en un momento en que ejercer el periodismo exige algo más que oficio: exige valor para correr el riesgo de morir. Investigar, cuestionar y señalar al poder puede incomodar; pero una democracia donde la crítica incomoda menos que el silencio es una democracia en peligro.
Por eso su mensaje trasciende la esfera religiosa. Es una defensa frontal de la libertad. Y también una pregunta que no puede evadirse: ¿qué tan sana está una democracia cuando sus periodistas necesitan que una voz moral les recuerde que tienen derecho a escribir sin miedo? La respuesta debería preocuparnos a todos. Hay palabras que reconfortan.
Ante la próxima visita del Papa León XIV a México pedimos a monseñor Pedro Vázquez Villalobos informe al Nuncio Apostólico, monseñor Joseph Spiteri de la ejecución del periodista Francisco Alejandro Leyva Aguilar para que este, a su vez, informe a Su Santidad que siguen matando periodistas en México y hable del tema con la presidenta Claudia Sheinbaum.
Hay palabras que comprometen. Y hay palabras que, pronunciadas en el momento adecuado, adquieren una dimensión política y moral que trasciende a quien las recibe. Las palabras de Monseñor Pedro Vázquez Villalobos, Arzobispo de Antequera Oaxaca, pertenecen a esta última categoría.
Con profunda gratitud recibimos su mensaje de solidaridad, afecto y oración para quienes ejercemos el periodismo, particularmente cuando hacerlo con libertad significa investigar, cuestionar, denunciar y señalar aquello que desde el poder algunos preferirían mantener en silencio y que pone en riesgo la vida.
“Espero que te sientas con la libertad de escribir y reflexionar sobre los acontecimientos que se viven, que nadie afecte de ninguna forma, tu libertad de expresión en nuestra tierra de Oaxaca”, expresó Monseñor Pedro Vásquez Villalobos. La frase parece sencilla. No lo es.
Cuando un arzobispo tiene que recordar públicamente que un periodista debe sentirse libre para escribir y reflexionar, la pregunta inevitable es: ¿qué está ocurriendo en nuestra sociedad para que la libertad de expresión tenga que ser defendida de esta manera?
La respuesta no puede reducirse a Oaxaca. El problema es nacional. México enfrenta una realidad en la que ejercer el periodismo puede significar exponerse a amenazas, agresiones, campañas de intimidación, persecución política, descalificaciones desde el poder y, en los casos más extremos, perder la vida.
Por eso las palabras de Monseñor Pedro Vázquez Villalobos adquieren una fuerza que rebasa el ámbito religioso. Son, ante todo, un llamado a defender la dignidad humana y las libertades públicas. Y en esa defensa no puede haber medias tintas.
La vida, la libertad, la verdad, la democracia, el Estado de derecho, la Constitución y la división de poderes no son patrimonio de un partido político, de un gobierno, de una iglesia ni de un grupo de poder. Son patrimonio de todos los mexicanos.
Defenderlas no es ser de izquierda ni de derecha. No es estar a favor o en contra de un gobierno ni ser enemigos del crimen organizado y del narcotráfico. Es estar a favor de México. El silencio nunca ha sido democrático. Una democracia sin libertad de expresión es solamente una fachada.
Puede haber elecciones, discursos, instituciones y ceremonias republicanas, pero si los ciudadanos tienen miedo de hablar y los periodistas tienen miedo de investigar, la democracia comienza a vaciarse desde dentro. Históricamente, está demostrado que cuando así ocurre la primera víctima es la verdad.
La prensa libre es incómoda por naturaleza. Pregunta lo que otros no quieren responder. Investiga lo que otros quieren ocultar. Señala contradicciones. Documenta abusos. Exhibe corrupción.
Cuestiona decisiones. Y, sobre todo, incomoda al poder.
Por eso el periodismo no debe convertirse en oficina de relaciones públicas de ningún gobierno.
Ni del federal. Ni del estatal. Ni del municipal. Ni de ningún partido. El periodista no está para aplaudir al poder. Tampoco para destruirlo por consigna haciendo el juego a quienes lo disputan.
Está para vigilarlo. Y cuando el poder se equivoca, debe decirlo. Cuando acierta, también.
Cuando abusa, debe denunciarse. Cuando viola derechos, debe señalarse. Cuando pretende utilizar las instituciones para silenciar la crítica, la sociedad tiene la obligación de levantar la voz.
Una bendición que se convierte en compromiso. Monseñor Pedro Vázquez Villalobos concluyó su mensaje con una expresión que conmueve por su sencillez y profundidad: “Les amo, les respeto y están en mis oraciones todos los periodistas”.
Recibir esas palabras en tiempos de polarización política, confrontación social y creciente intolerancia frente a la crítica representa mucho más que un gesto de solidaridad. Es un recordatorio de que detrás de cada periodista existe una persona, una familia, una historia y una responsabilidad histórica y social.
Y también existe miedo. Pero el miedo no puede convertirse en política pública. El miedo no puede convertirse en mecanismo de control. El miedo no puede convertirse en censura.
Y mucho menos puede convertirse en la condición de terror bajo la cual se ejerza el periodismo.
Por eso agradecemos profundamente las palabras de Monseñor Pedro Vásquez Villalobos.
Porque sus palabras nos recuerdan que la defensa de la libertad de expresión no es solamente una causa de los periodistas: es una causa de la sociedad entera.
Defender la Constitución es defender al ciudadano. Hoy resulta indispensable volver a lo esencial, defender la Constitución. Defender la división de poderes. Defender la autonomía de las instituciones. Defender los derechos humanos. Defender la libertad de expresión.
Defender el derecho a disentir. Defender el derecho a preguntar. Defender el derecho a protestar.
Defender el derecho a pensar diferente. Porque cuando cualquiera de estas libertades comienza a desaparecer, todas las demás quedan en riesgo.
La historia enseña que las democracias no suelen morir de un día para otro. Primero se desacredita a la prensa. Después se descalifica y mata al crítico. Luego se normaliza la intimidación. Más tarde se pretende controlar a las instituciones.
Finalmente, la sociedad descubre demasiado tarde que perdió espacios fundamentales de libertad. Por eso no podemos esperar a que ocurra lo peor para reaccionar. La libertad se defiende cuando todavía existe.
Y el Estado de derecho se protege precisamente cuando hacerlo resulta incómodo para quienes ejercen el poder. Desde Oaxaca, una voz para México. Oaxaca tiene una enorme responsabilidad histórica. Esta tierra ha sido escenario de luchas sociales, indígenas, democráticas y por los derechos humanos. Desde aquí también debe surgir una defensa firme de las libertades.
Por eso las palabras de Monseñor Pedro Vásquez Villalobos deben escucharse más allá de las fronteras de Oaxaca. Porque no solamente habló a un periodista. Habló a todos los periodistas.
Habló a las familias. Habló a los ciudadanos.
Habló a quienes creen que México debe seguir siendo una República donde nadie esté por encima de la ley y donde ninguna persona tenga que pedir permiso para pensar, escribir o disentir.
Su mensaje nos recuerda que todavía hay voces capaces de ponerse del lado de la dignidad humana cuando hacerlo exige valentía.
Y desde esa trinchera seguiremos. Por la vida. Por la libertad. Por la dignidad humana.
Por la verdad. Por la democracia. Por el Estado de derecho. Por la Constitución. Por la división de poderes para que México siga existiendo como país libre y soberano.
No como consignas vacías, sino como principios irrenunciables. Porque callar ante la injusticia también es una forma de complicidad. Porque normalizar la amenaza termina destruyendo la libertad. Porque tolerar la censura termina destruyendo la democracia.
Y porque mientras exista una voz dispuesta a decir la verdad, una sociedad dispuesta a defenderla y una conciencia dispuesta a no rendirse, el silencio nunca tendrá la última palabra. Gracias, Monseñor Pedro Vásquez Villalobos, por sus palabras, por su cercana amistad y por sus oraciones.
En tiempos de ruido político, polarización y confrontación, su mensaje recuerda algo elemental que nunca debemos olvidar: La libertad de expresión no es un privilegio del periodista. Es el oxígeno de la democrac
ia.
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