* La grave crisis política provocada por la soberbia y la concentración del poder, termina convirtiendo a los aliados de ayer en adversarios de hoy. Y las cosas se complican en la 4T por la exigencia de detención y extradición de Rubén Rocha Moya y después de Andy, quien se reunió con Los Chapitos.
* Si Claudia Sheinbaum sigue gobernando bajo la sombra de López Obrador, pierde cada día autoridad. Pero si rompe con López Obrador, puede desencadenar la disyuntiva: solicitar licencia o enfrentar la revocación de mandato demandada por AMLO.
La soberbia siempre será mala consejera. Y cuando se mezcla con la concentración del poder, termina convirtiendo a los aliados de ayer en adversarios de hoy. Y el estado de cosas se complica en el segundo piso de la 4T por la exigencia de EU de detención y extradición de Rubén Rocha Moya y después de Andy López Beltrán, quien se reunió con Los Chapitos.
El gobierno del presidente Donald Trump viene por los narcopolíticos mexicanos. Derek Maltz, exdirector de la DEA, advierte que el narcogobernador debe “rendir cuentas por sus acciones” y pide cooperación con Estados Unidos para que enfrente a la justicia.
Y el director de la DEA, Terry Cole afirma que “funcionarios de alto nivel (de México) trabajan directamente con los cárteles de Sinaloa y el Jalisco Nueva Generación”.
La Cuarta Transformación enfrenta una de sus mayores contradicciones internas: el germen de la destrucción que durante años permaneció contenido bajo el liderazgo de Andrés Manuel López Obrador comienza a hacerse visible en el choque entre el lopezobradorismo y el claudismo.
Ya no se trata únicamente de diferencias de estilo, estrategia o administración entre quien insiste en seguir gobernando y quien no se decide a ejercer a plenitud el poder presidencial. El problema de fondo es quién tiene el control político real del movimiento que llegó al poder en 2018 y que hoy enfrenta el riesgo de fracturarse desde dentro.
López Obrador parece olvidar una verdad elemental de la política: ningún poder es eterno y ningún liderazgo, por más dominante que haya sido, está por encima de las instituciones. La concentración del poder presidencial puede producir obediencia, disciplina y temor durante un tiempo, pero también genera resentimientos, dependencia y una inevitable lucha por la sucesión del poder.
El problema para el expresidente es que su mayor legado político podría terminar siendo víctima de su propia concepción del poder.
Durante 18 años construyó un movimiento alrededor de su liderazgo personal. Ganó elecciones, derrotó adversarios, convirtió a Morena en la principal fuerza política del país y llegó a la Presidencia con una legitimidad electoral incuestionable con la traición de Enrique Peña Nieto y los 12 gobernadores del Nuevo PRI.
Pero precisamente por haber construido un proyecto tan personalista, la pregunta inevitable es qué ocurre cuando el fundador deja el poder formal, pero pretende conservar intacto el poder político. Ahí aparece Claudia Sheinbaum.
La presidenta no llegó a Palacio Nacional para administrar una franquicia política. Llegó para ejercer el mandato constitucional que recibió de los ciudadanos. Y ahí está el origen de una tensión que puede convertirse en una ruptura histórica: el poder presidencial es de quien ocupa la Presidencia, no de quien ocupó el cargo anteriormente.
La pretensión de mantener un poder metaconstitucional desde fuera del gobierno puede funcionar mientras exista subordinación política. Pero cuando la nueva presidenta comienza a tomar decisiones propias, inevitablemente aparece la pregunta de quién manda realmente. Y es precisamente esa disputa la que amenaza con destruir a la 4T.
El caso de Rubén Rocha Moya agrega combustible a una crisis política que ya no puede ser reducida a un conflicto local. La defensa, respaldo o alineamiento de actores identificados con el viejo lopezobradorismo coloca a la presidenta ante un dilema de enorme costo político: aceptar presiones provenientes del grupo que la llevó al poder o marcar distancia y demostrar que su gobierno tiene autonomía.
Porque si Claudia gobierna bajo la sombra de López Obrador, pierde autoridad. Pero si rompe con López Obrador, puede desencadenar una guerra interna dentro de Morena. Ese es el verdadero problema.
La discusión sobre una eventual licencia de Claudia Sheinbaum o una supuesta revocación de mandato no debe tomarse a la ligera, pero tampoco puede presentarse como un hecho consumado sin pruebas documentales y jurídicas. Una cosa es el debate político y otra muy distinta es que exista formalmente un procedimiento constitucional para remover a una presidenta.
Precisamente por eso resulta indispensable separar la propaganda de los hechos. Si existen sectores que pretenden impulsar la salida de Claudia Sheinbaum, deben asumir públicamente el costo político de decirlo. Y si alguien pretende utilizar mecanismos constitucionales para modificar el mandato presidencial, debe demostrar que cumple con los requisitos legales correspondientes.
Lo contrario sería convertir la política en rumor, y el rumor en arma de desestabilización. Pero aun cuando muchas de estas versiones puedan ser políticamente interesadas o jurídicamente inviables en sus términos actuales, revelan algo mucho más importante: la pérdida de cohesión dentro del movimiento gobernante.
La 4T enfrenta ahora el mismo dilema que históricamente ha destruido a otros movimientos políticos: ¿puede sobrevivir una organización construida alrededor de un liderazgo personal cuando ese liderazgo deja el poder? La respuesta todavía está abierta.
Lo que sí parece evidente es que el conflicto ya no está solamente entre Morena y sus opositores. El verdadero campo de batalla comienza a encontrarse dentro de Morena. Lopezobradoristas contra claudistas. Fundadores contra administradores del legado. Pasado contra presente. Y, eventualmente, presente contra futuro.
La soberbia política tiene un precio. López Obrador puede haber construido durante 18 años una maquinaria electoral capaz de llevarlo a la Presidencia y después garantizar la continuidad de su proyecto, pero ningún dirigente puede controlar indefinidamente las consecuencias de haber transferido el poder.
Porque una vez entregada la banda presidencial, el poder cambia de manos. Y si el antiguo líder pretende gobernar desde la sombra, tarde o temprano el nuevo presidente tendrá que decidir entre obedecer o emanciparse.
Claudia Sheinbaum enfrenta, quizá, la prueba política más importante de su mandato: demostrar si es presidenta de México por derecho constitucional y legitimidad electoral o simplemente heredera política de un proyecto que todavía pretende ser dirigido desde Palenque.
El desenlace determinará mucho más que el futuro de dos personajes. Podría determinar la supervivencia de la propia Cuarta Transformación. Porque cuando una revolución política comienza a devorarse a sus propios hijos, la pregunta ya no es quién tiene razón. La pregunta es quién sobrevivirá al quiebre.
alfredo_daguilar@hotmail.com
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