Nuestra reportera Policewoman nos informa que en la Fiscalía Anticorrupción de Oaxaca (FEMCCO) ya no sabemos si estamos ante una institución de persecución penal… o ante un estudio fotográfico con frases de calendario. Porque en redes la cosa va así: aparece la titular, la “licenciada” Karina Reyes Ávila, con pose seria, fondo institucional y cita inspiradora sobre “fortalecimiento”, “alianzas estratégicas”, “tolerancia cero”, “Estado de derecho” y “rendición de cuentas”… como si la corrupción se espantara con tipografía bonita y luz suave.
Y para que nadie diga que aquí hablamos “al aire”: Karina fue designada con 37 votos y asumió el cargo el 18 de septiembre de 2024. Pero, ojo, no llegó por obra del Espíritu Santo ni por tómbola: el Congreso votó una terna remitida por el gobernador Salomón Jara Cruz, integrada por Karina Reyes Ávila, Mitzi Samary León Gómez y Estefanía González Ramos. Así que sí: políticamente hablando, esta fiscal es una apuesta que pasó primero por Palacio. Y si el gobernador se dejó guiar por el currículum o porque conocía a la familia de la chamaca que hizo su ridículo el día de su toma de protesta ante los medios de comunicación, hoy, viendo el vacío de resultados, más de uno imagina al mandatario dándose de topes, preguntándose en privado por qué confió en una jovencilla que con evidencias simula mucho… y muerde poco.
📺Ⓜ️¿Ignorancia o falta de capacidad? Ella es Karina Reyes Ávila designada recientemente como Fiscal Especializada en Materia de Combate a la Corrupción
📌Con una sonrisa nerviosa que solo mostró su desconocimiento respondió:
“No entiendo la pregunta”. pic.twitter.com/ZPqC8y7BM1
— Sofy Valdivia (@sofyvaldivia) September 19, 2024
Porque el currículum, hay que decirlo, viene cargado como maleta de funcionario en puente largo. En el directorio oficial se presume especialidad en Justicia Administrativa, diplomado en Juicio de Amparo, licenciatura en Derecho; experiencia como titular del Órgano Interno de Control del TJACCO y años en el Tribunal Federal de Justicia Administrativa en la Sala Regional del Pacífico. Y hasta ahí, aplauso para la formación. El problema es que una fiscalía no se evalúa por diplomas ni por cargos previos, sino por lo que produce en la realidad: carpetas que avanzan, judicializaciones sostenidas, audiencias ganadas, sentencias firmes y dinero devuelto al pueblo. Y hoy la FEMCCO se siente gris, ausente, sin presencia pública real y, sobre todo, sin esa sensación que debería provocar una fiscalía anticorrupción cuando funciona: que el funcionario mañoso empiece a sudar frío y no a coleccionar selfies.
Porque veamos el patrón, estimado ciberlector: en sus publicaciones, Karina aparece en formato postal diciendo que la prioridad es el “fortalecimiento institucional” y las “alianzas estratégicas que pongan freno a la corrupción”. Ajá. Eso suena precioso… como para una lona.
Luego sale otra donde nos explica que un gobierno responsable debe tener control, rendición de cuentas y fiscalización. Gracias, maestra, eso lo sabe hasta un alumno de primer semestre. Luego otra donde nos recuerda que la FEMCCO tiene mandato de investigar y perseguir penalmente la corrupción y ser el primer canal de atención de quien sospecha. Perfecto. Y entonces, con toda esa sabiduría en formato Canva, la pregunta que no se puede esquivar es: ¿dónde están los golpes? ¿dónde están las judicializaciones que se sienten? ¿dónde están los casos que hagan temblar al saqueador de oficina?
Porque aquí la diferencia entre discurso y realidad es del tamaño de Ciudad Administrativa: un “mandato” no se cumple con frases, se cumple con carpetas bien armadas, audiencias, vinculaciones, medidas cautelares y sentencias. Si no, la Fiscalía se queda como esas señales de tránsito que dicen “reduzca la velocidad” mientras todos van a 120: mucha intención, cero efectos.
Y aquí viene el “logro estrella” que nos quiere vender Karina como si fuera campeonato estatal: en el Informe Anual 2024–2025 presentado ante la Comisión de Administración y Procuración de Justicia del Congreso, la propia FEMCCO destacó tres sentencias condenatorias como resultado principal de la actual administración.
Tres. Una vinculada a un exfuncionario del COBAO con pena de poco más de un año y reparación del daño por 200 mil pesos; otra de un exservidor del Instituto Catastral con pena mayor e inhabilitación por 10 años; y otra relacionada con el IEBO, con pena de alrededor de un año, reparación del daño por 300 mil pesos e inhabilitación. Nadie está diciendo que una sentencia sea poca cosa. Claro que no, sobre todo en esta administración primaveral. Lo que decimos es que en un estado donde abundan señalamientos de desvíos, moches, licitaciones sospechosas, aviadores, obras infladas, patrimonios “milagro” y sobre todo pruebas, presumir tres sentencias como trofeo principal suena a esto: la montaña parió un ratón… y quieren que lo aplaudamos como león.
Y mientras en la FEMCCO reparten “frase del día” sobre rendición de cuentas, afuera la ciudadanía hace otra pregunta, más simple y más letal: ¿cuántas carpetas se abrieron en esta gestión, ¿cuántas se judicializaron? y ¿cuántas terminaron en nada? Porque el pueblito noble y sabio ya está harto de instituciones que se visten de seriedad y por dentro son puro trámite, puro “estamos en proceso”, puro “se está integrando”.
Cuando van a entender que Oaxaca no necesita discursos sobre el Estado de derecho, necesita que el Estado de derecho se note en la calle y en el juzgado.
Y como en esta columna tenemos memoria, aquí entra la comparación que incomoda. El fiscal anterior, Jorge Emilio Iruegas Álvarez, a quien le señalamos también sus errores y omisiones, al menos dejó un dato que hoy pesa: en el periodo 2023–2024 se reportaron 19 investigaciones judicializadas/consignadas, con 16 judicializaciones en el sistema acusatorio y 3 consignaciones del sistema tradicional. Con todo y críticas, con todo y dudas, ese número existe y está en negro sobre blanco.
Entonces la pregunta cae sola: ¿cómo es posible que antes hubiera un ritmo de judicialización más visible con un fiscal que no era de la línea del gobernador, y hoy, impuesta con “primavera” y “tolerancia cero”, lo más constante sea la producción de imágenes con frases?
Y luego está el Congreso. Karina presentó su informe ante diputadas y diputados, sí. Pero aquí, ciberlector, seamos sinceros: en Oaxaca el 99.9 de representantes populares no leen ni la carta del restaurante, y aun así opinan del menú. Si el Congreso no cuestiona, no aprieta, no pide datos desglosados, no exige resultados medibles, entonces el informe se convierte en un ritual: se entrega, se posa, se archiva y todos felices. Menos el pueblito noble y sabio, claro, que sigue viendo que la corrupción cambia de camisa, pero no de costumbre.
Ahora, bien, Karina por su incompetencia, e ignorancia dejó que una detención de un ex presidente municipal se desinflara, por falta de seguimiento, tiempos y manejo… bueno unos dicen que presuntamente puede ser que le llegaron al precio, algo que dicen tiene enojado al gobernador. Lo grave aquí no es solo el caso en sí, sino la sombra que deja: no hay información pública clara y verificable para que la ciudadanía pueda seguir el expediente, conocer estatus procesal y entender por qué un hecho grave termina sin consecuencia. Y cuando una fiscalía anticorrupción no puede —o no quiere— ofrecer trazabilidad pública básica, se abre la puerta a lo peor: impunidad, sospecha y el clásico “aquí todo se arregla”.
Porque también hay que decirlo sin perfume: la omisión mata casos. La negligencia los entierra. La lentitud los prescribe. Y aquí viene lo que hay que subrayar con marcador grueso: en Oaxaca, como en el derecho penal en general, los delitos pueden cometerse por acción o por omisión cuando la persona tiene un deber jurídico de actuar; es decir, cuando es garante y su inactividad resulta equivalente a la acción prohibida.
Traducido al idioma del pueblito noble y sabio: si una autoridad tiene la obligación de perseguir delitos y, por negligencia u omisión injustificada, deja que el caso se muera, no estamos hablando solo de “falta de resultados”; estamos hablando de una conducta que puede GENERAR RESPONSABILIDAD. Y NO SOLO PENAL EN SUPUESTOS ESPECÍFICOS: TAMBIÉN ADMINISTRATIVA, porque LA LEY DE RESPONSABILIDADES SANCIONA LOS ACTOS Y OMISIONES de las y los servidores públicos cuando incumplen obligaciones.
Así que el problema con Karina Reyes Ávila no es su peinado, ni su imagen institucional, ni su frase favorita. El problema es que Oaxaca no ve una fiscalía anticorrupción en modo persecución; la ve en modo “institucionalidad decorativa”.
Y si de verdad su prioridad es frenar la corrupción, entonces que lo demuestre con lo único que convence: cifras completas, casos relevantes, judicializaciones consistentes y resultados contra peces gordos, no solo contra el eslabón cómodo.
Estimado ciberlector, cuando la autoridad se vuelve omisa, la impunidad no solo avanza: se institucionaliza. Y ahí sí, que no nos salgan luego con la frase más cínica de todas: “nadie lo vio venir”.
Si Karina por su ignorancia no puede, que renuncie, o que la obliguen a renunciar, porque los números y su delito que es la omisión hablan por si mismas. ¡Tantita vergüenza y tantita progenitora!
Estimado ciberlector: en Oaxaca no solo hubo una tragedia ferroviaria. Hubo una tragedia de Estado. Porque cuando el dolor golpea de frente y el gobierno tarda, titubea o se esconde, lo que se rompe no es la imagen: se rompe la confianza. Y la confianza, a diferencia de un comunicado, no se recompone con retuits.
Lo que ocurrió tras el accidente del Tren Interoceánico dejó un retrato cruel del gabinete estatal: un equipo que no sabe reaccionar, que se mueve tarde, que se dispersa, que confunde la emergencia con agenda y que cree que “estar” es aparecer cuando ya pasó lo peor. Aquí no estamos hablando de un error técnico. Estamos hablando de lo más básico en el servicio público: la presencia inmediata, la coordinación y la humanidad.
Porque la desgracia no te avisa. No pregunta si andas en vacaciones. No respeta fines de semana. Y un funcionario que solo funciona cuando hay horario, no es servidor público: es empleado de oficina con sueldo de alto riesgo, pero sin el deber moral de alto riesgo. Ahí está el corazón del enojo ciudadano: los cargos en Oaxaca se han convertido en una beca dorada para gente que disfruta el privilegio… y abandona la responsabilidad.

La pregunta central no es “¿por qué no llegó el gobernador?”, esa ya la masticó todo mundo. La pregunta que debería incendiar el debate es otra: ¿por qué su gabinete no supo cubrir la ausencia con operación, mando y resultados? Porque eso es lo que hacen los equipos serios: si falta la cabeza, el cuerpo no se desmaya. Aquí, en cambio, el cuerpo se hizo bolas y el Estado pareció “en pausa”. Todos andaban fuera, del estado y del país, Argentina, Nueva York, Paris, Japón, otros en otros estados del país, y unos más decidieron apagar sus celulares.
Y ahí entra el personaje que más ruido hace porque, se supone, su trabajo es justamente evitar el caos: Jesús Romero, mejor conocido como “El niñito Dios”, secretario de Gobierno. En una tragedia así, la Sego no es adorno ni florero para “llegar a declarar”. La Sego es el cerebro del operativo político–institucional: coordina Protección Civil, Salud, Seguridad, Fiscalía, rutas de atención, comunicación con municipios, apoyo a hospitales, enlace con familias, control de información, y sobre todo: mando. Si la escena pública terminó viéndose como “llegamos tarde y luego improvisamos”, eso no es mala suerte: es incapacidad operativa.
Y aquí va lo que muchos piensan y pocos se atreven a decir: si Romero no pudo con una coordinación de crisis, que es la esencia del cargo, entonces queda una duda demoledora: ¿cómo pretende ser más? Porque en Oaxaca abundan los que sueñan con la gubernatura como si fuera ascenso automático, pero cuando toca demostrar oficio… salen reprobados. La tragedia no solo exhibió ausencia; exhibió falta de estatura, y no estamos hablando de la física. Eso sí, aprovechó para estar en todos los medios y decir que estaba, que llegó que se atendió, cuando la presidenta dicen que ni lo peló.
Desafortunadamente el costo no lo paga Romero. Lo paga el gobernador, y el Niñito Dios lo sabe bien. Porque el ridículo institucional no se firma con el nombre del secretario: se le pega al jefe. Cada hora de silencio, cada coordinación tardía, cada “a ver qué hacemos”, cada funcionario desaparecido, termina siendo una piedra en el cuello para Salomón Jara.

El gobernador da la cara, sí, pero su equipo lo deja solo, lo exhibe y lo arrastra. Y eso es lo más grave: el valemadrismo de los funcionarios no solo lastima a la ciudadanía; también sabotea al propio proyecto político que dicen defender y del cual cobran y muy bien. Sus asesores también andaban fuera, el boludo y el arcángel, bueno ni el flojito de Lenín López Nelio, seguro aprovecho para retocarse esa cara pintoresca y hacerse más blanqueamiento de piel, por cierto, también es istmeño.

Lo que enoja más es la comparación. Porque mientras el gobierno estatal parecía dormido, se vio que Nancy Ortiz Cabrera, delegada de Bienestar Federal, se movió con rapidez para contactar familias y activar apoyos. Eso, políticamente, es una cachetada: no por ella —porque su trabajo es actuar—, sino porque demuestra que sí se podía reaccionar. Que no era imposible. Que no era “falta de tiempo”. Era falta de voluntad, de mando o de oficio en el gabinete local.

Y luego vino la parte más ofensiva: la simulación digital. Funcionarios copiando el mismo texto, pegando el mismo mensaje, retuiteando como si estuvieran vendiendo una campaña, no atendiendo una tragedia. El caso de Saymi Pineda, replicando copy como tarea escolar, es el símbolo perfecto de lo que molesta: no es solo flojera; es deshumanización. Porque cuando hay familias llorando, alguien con cargo no puede estar operando como si el dolor fuera contenido para redes. Eso no es comunicación institucional: es vacío moral.

Y si a eso le sumas el coro de ausencias del Istmo, el golpe es doble. Porque hay políticos y funcionarios istmeños que se presentan como “representantes del pueblo” cuando hay micrófono, pero cuando hay tragedia, su presencia no pesa. Ahí está lo que señalas: Vilma Martínez Cortés, funcionaria estatal ligada a Bienestar en Oaxaca, cuya ausencia visible se sintió como abandono. Y sí: a veces el silencio también es mensaje. En política, no estar es decirle a la gente: “no es mi problema”. Y en una tragedia así, esa frase es imperdonable.

Y a este catálogo de ausencias indignantes hay que agregar un nombre que duele doble por origen y por cargo: Emilio Montero, director general del IEEPO, originario de Juchitán, el mismo que suele envolverse en el discurso de “mis paisanos”, “el Istmo”, “la educación como prioridad”. Mientras el Istmo estaba de luto, mientras familias buscaban noticias de sus muertos y heridos, Montero andaba plácidamente en Japón, de viaje familiar, disfrutando de una agenda internacional que no se ha reflejado ni en resultados educativos ni en sensibilidad pública. Y eso, para un funcionario que presume raíces, es una traición política que el pueblo no olvida.

La tragedia también destapó el oportunismo carroñero: los que no ayudaron, pero sí corrieron a usar el dolor para pegarle al rival. Dante Montero Montaño entra en esa lógica cuando el llamado suena más a golpeteo que a acompañamiento real. Porque denunciar sin mover un dedo por las familias no es valentía: es oportunismo. Y el oportunista cree que suma, pero la gente lo ve y lo anota: “vino a sacar raja”. El dolor no es trampolín.
Lo más duro, ciberlector, es esta verdad simple: si el accidente le hubiera pasado a “su sangre”, la reacción habría sido inmediata. Pero como eran ciudadanos comunes, como eran familias ajenas, como eran “los otros”, la maquinaria tardó. Y esa tardanza no se explica con logística; se explica con lo que hoy exhibe este gabinete: perdieron sensibilidad. Se acostumbraron al privilegio. Se acostumbraron a que todo se puede patear. Se acostumbraron a que el pueblo aguanta.
Como ciudadanía también tenemos una responsabilidad: no normalizar esto. No aceptar que los funcionarios sean floreros (y de los feos y no por su físico).
Y el gobernador, si de verdad quiere cuidar su proyecto, tiene una disyuntiva que ya no puede patear: o sigue tolerando funcionarios que lo exhiben (y que además exhiben al Estado), o hace lo que un jefe hace cuando la realidad lo golpea: corta por lo sano. Porque si no lo hace, el mensaje será devastador: que aquí se puede fallar en lo humano y no pasa nada.
Y cuando un gobierno se vuelve incapaz de castigarse a sí mismo, lo castiga la historia… o lo castiga la urna.
La tragedia del Tren Interoceánico no puede quedarse como “accidente lamentable”. Tiene que quedar como lo que también fue: un examen de gobierno. Y muchos de los que hoy cobran como si fueran indispensables, demostraron que no solo no son indispensables: son un estorbo.
Que el gobernador decida: ¿seguirá cargando a quienes lo hacen quedar mal, o por fin entenderá que en crisis el gabinete no está para la foto, sino para responder?
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La inseguridad y la violencia a sentado sus reales en Miahuatlán de Porfirio Díaz y el Presidente Municipal apenas empieza a darse cuenta, César Figueroa a) “El Chivo “durante mucho tiempo estuvo meme y meme buscando ser la autoridad municipal de esa localidad y ahora que ya está nada más no puede con el paquete.
Hoy encarecidamente anda pidiéndole al pueblito bueno y sabio que respeten las leyes, los reglamentos… y casi casi al estilo de nuestro cabecita de algodón avisando que si se portan mal… los va a acusar con sus mamacitas.
Háganos el re ingao favor.
Buena parte del desgobierno se debe a que el chivo perdió su campana…
De la falta de obra pública pronto les informaremos.
Nuestra reportera Godín, con café recalentado en mano y gafete colgando del cuello, nos informa que el famoso Decálogo de la Primavera Oaxaqueña volvió a aparecer… como esas circulares que nadie pidió, nadie leyó completo y casi nadie cumple o mejor dicho que nadie cumple.
El documento fue redistribuido en oficinas del Gobierno del Estado, pegado en corchos, puertas, mamparas y hasta junto al microondas. Va dirigido a todo mundo: jefes, subjefes, enlaces, asesores, choferes, y hasta sindicalizados que ya lo leyeron con una ceja levantada y una risa nerviosa. Porque una cosa es escribir cómo “debería” comportarse un funcionario y otra muy distinta es vivir en el mismo gobierno que lo firma.

El decálogo arranca hablando de honestidad, así, en grande, como encabezado moral. Honestidad como principio rector, dice. Y aquí es donde más de un trabajador volteó a ver a su jefe inmediato y pensó: “¿Esta hoja viene de un universo alterno?”. Porque honestidad en el papel sobra, pero en la práctica se pierde entre facturas infladas, compadres y familiares bien acomodados y decisiones que siempre benefician a los mismos. Si la honestidad fuera contagiosa, ya habría epidemia… pero nomás no prende.
Luego viene la parte de la austeridad: nada de lujos, nada de excesos, cuidar la ropa, los vehículos, los escoltas. Hermoso. Poético. Casi bíblico. Lástima que mientras eso se imprime en blanco y negro, afuera sigan rodando camionetas de lujo, escoltas que parecen cortejo real y funcionarios que confunden austeridad con “lujo discreto”. Austeros en el discurso, fifís en la agenda.
Más adelante el texto pide buen uso de los recursos públicos, aclarando que deben usarse sólo para lo que fueron asignados. Aquí nuestra reportera Godín tuvo que salir por aire, porque la risa fue inevitable. Buen uso de recursos en un gobierno donde los viáticos son turismo institucional, las oficinas se remodelan cada seis meses y los contratos mágicamente siempre caen en manos conocidas. Buen uso, sí… pero del verbo “usar” hasta que se acabe.
El decálogo también pide discreción absoluta dentro y fuera del horario laboral, evitar excesos, escándalos, fiestas, comidas, cualquier cosa que manche la imagen del gobierno primaveral. Y justo ahí, en ese punto, varios funcionarios dejaron de leer porque les dio ansiedad. Discreción en un gobierno donde los escándalos salen más rápido que los comunicados oficiales, donde las fiestas se filtran solas y las comidas “de trabajo” duran más que una jornada completa. Discreción para el personal, pero manga ancha para las cabezas. Casos, sobran muchos y usted estimado ciberlector lo sabe.
Después viene la joya administrativa: la jornada laboral debe ser ejemplar y además doble. Ser los primeros en llegar y los últimos en irse. Aquí el decálogo ya entró al terreno de la ciencia ficción. Porque mientras al godín de contrato- confianza le checan hasta el parpadeo, hay directivos que llegan cuando quieren, se van cuando pueden y desaparecen semanas enteras sin que nadie sepa si están en comisión, en reunión o en retiro espiritual. Jornada doble… pero sólo para algunos.
El texto también dice que el trabajo no debe ser sólo de oficina, que hay que salir a territorio y trabajar codo a codo con las comunidades. Frase preciosa que en la práctica se traduce en giras express, fotos rápidas, saludo general y vámonos que ya es tarde. Territorio de selfie, no de solución. Codo a codo para la foto, pero expediente bajo el brazo del pueblo, nunca.
Pero el decálogo se pone amable y dice que hay que tratar bien a la gente, con cortesía, con atención, para que la gente “agradezca” el trato recibido. Aquí los godines se miraron entre sí, porque saben que muchas veces el maltrato no siempre viene del mostrador, también de arriba, de esos funcionarios que andan mareados porque desde que entraron al jardín primaveral ya pueden comer tres veces al día. Piden amabilidad hacia afuera, pero el regaño, el acoso y el mal ambiente siguen siendo deporte interno.
También se habla de trato digno al personal y de evitar el acoso y el hostigamiento laboral. Palabras mayores. Tan mayores, que si se aplicaran de verdad, varias oficinas se quedarían sin jefes. Porque el discurso va muy adelantado a la realidad: memorándum progresista, prácticas del pasado.
El decálogo exige mostrar resultados del trabajo en todas las plataformas posibles. Y aquí la ironía se sirve sola. Resultados que se anuncian antes de existir, logros inflados, cifras maquilladas y redes sociales llenas de “avances históricos” que nadie en la oficina ha visto materializados.
Estimado ciberlector, el punto final dice: cuando se hable con medios, debe ser por las vías establecidas y siempre poniendo al Gobernador como el principal activo del gobierno, nada nuevo. Sin enbargo, el pensamiento alineado lo entienden mal los funcionarios con beca dorada.
Nuestra reportera Godín concluye que el problema no es el decálogo. El problema es que ni quienes lo redactaron lo siguen. Que se reparte como si fuera manual de conducta, pero se ignora como si fuera papel reciclable, porque el decálogo termina siendo lo que muchos ya sospechan: no una guía ética, sino un recordatorio diario de todo lo que no pasa y no ejecutan en la Primavera Oaxaqueña.
Estimado ciberlector, cuando el gobierno tiene que recordarse a sí mismo cómo comportarse… es porque ya se le olvidó hacerlo. No hay más…
Nuestra reportera Costeña nos avisa que por la sierra baja y la franja litoral andan abrigando conciencias con el programa “Manos que Abrigan”. Estimado ciberlector, la escena ya la conocemos: sonrisas, fotos bien encuadradas y cobijas que, para ser justos, ya no son cobijas… son cobertores de esos que en la tienda se anuncian como “térmicos” aunque el termómetro no se inmute. Y sí, antes de que alguien levante la ceja: en la Costa también se siente el frío en temporada invernal; no el “frijolito” serrano que cala los huesos, pero frío al fin. Nadie discute la necesidad. Lo que se discute es el espectáculo.

La entrega de mantas de pésima calidad viene firmada por la diputada Mary Velasco Ramírez, madre de la Flor marchita Saymi Pineda Velasco, titular de la Sectur Oaxaca, con narrativa familiar incluida, porque hoy la solidaridad se mide en likes. Hasta ahí, uno podría aplaudir el gesto si no fuera porque el “abrigo” entregado parece más mantita decorativa que defensa contra el invierno: de esas que tapan medio cuerpo y dejan el otro medio negociando con el aire. Vaya, hasta una cobija del tigre de Bengala, de las viejas, pesadas y peludas, habría hecho mejor trabajo contra el frío que estas mantitas pensadas más para la foto que para la madrugada. Porque estas no abrigan hogares: abrigan conciencias.
Estimado ciberlector, eso no es todo, el telón se abre y aparece la dupla madre–hija. Del lado de Turismo, Saimí Pineda arma la otra función: juguetes. Y no cualquier juguete, sino de esos que provocan nostalgia… por la caja, no por el contenido. Más feos que el recuerdo del recibo de luz en enero. Aquí la pregunta no es si a la niñez se le debe regalar —se le debe—, sino cómo y con qué. Porque con la cantidad de negocios, contratos y eventos que han orbitado alrededor de la Secretaría, uno pensaría que el gesto mínimo sería regalar algo digno, algo que no parezca saldado de bodega y uno que otro más o menos bueno para la simulación.
El discurso oficial dirá que “no es la cosa, es la intención”. El problema es que la intención huele a precampaña. La coreografía es vieja y ya la sabemos: esos que no pueden vivir sin su beca dorada regresan al terruño con bolsas, abrazan al abuelo, posan con la niña, y vende la idea de que la candidata ya está lista para “cuidar” al pueblito noble y sabio.
Aquí sería bueno sabe ¿De dónde sale el dinero? ¿Del sueldo? No nos hagan reír. El pueblo no es ingenuo: no es regalo, es devolución mínima de lo mucho que se ha ordeñado del presupuesto. Y cuando la devolución llega en forma de cobertor genérico y juguete triste, el gesto se convierte en mentada de progenitora.
Que quede claro estimado ciberlector: nadie pide lujos. Pide respeto. Si se va a ayudar, que sea sin propaganda; si se va a regalar, que sea sin humillar; y si se va a construir una candidatura, que no sea engañando con fotos tibias y bolsas baratas. Porque el frío pasa, pero la memoria no. Y el pueblo ése que hoy sonríe para la foto sí sabe contar.
Esperemos que esos politiquillos entiendan que el invierno dura poco, y la factura política, esa, llega en las urnas.
Y ya que andamos hablando de oportunistas, nuestra reportera Ratatouille nos sopla la olla desde Teotitlán de Flores Magón, corazón de la región de La Cañada, donde el pueblo es trabajador, paciente… y ya se sabe de memoria este tipo de espectáculos.
Arrancamos con una escena digna de telenovela política de horario estelar: la diputada federal Irma Juan Carlos sonriente, cámara al frente, público formado y, como gran cierre de año, la entrega solemne del obsequio estrella… un plato de plástico. Sí, leyó bien. Plástico del “bueno”, del “resistente”, del que aguanta dos lavadas y luego se va torciendo, pero eso sí, muy simbólico, muy “del pueblo”.
Y aquí es donde el lector se pregunta: ¿esto es cercanía o es burla con envoltura navideña? Porque una cosa es convivir y otra muy distinta es hacer como que ayudas, mientras cobras como alta funcionaria de la República. Porque no estamos hablando de una vecina cooperando para la posada, no. Estamos hablando de una diputada federal que gana alrededor de 75 a 80 mil pesos mensuales, más apoyos, más bonos, más todo, y que en diciembre se lleva un aguinaldo de más de 140 mil pesos, así, de un jalón, sin rifas ni tómbola.
Con ese dinerito que ya quisiera ver junto en toda su vida el pueblito noble y sabio uno pensaría que el gesto sería algo más útil: cobijas de verdad, apoyos escolares, herramientas, algo que dure más que la foto. Pero no. Aquí la lógica fue clara: plástico para la gente, comodidad para la representante. Economía política de primer nivel.
Nuestra reportera Ratatouille, que no se traga el cuento ni aunque venga con moño, nos recuerda que esta no es la primera vez que la diputada anda por San Lázaro. No señor. Ya van dos vueltas —o más, según la memoria— a lo que muchos ya identifican como una beca federal renovable cada tres años.
Si usted se pregunta por los resultados legislativos, será muy difícil encontrarlos sin lupa. ¿Iniciativas propias que hayan cambiado algo en Oaxaca? Silencio. Eso sí, informes hay muchos, pero todos tienen el mismo truco: colgarse de los logros federales como piñata ajena y presumir reformas donde lo único que hizo fue levantar la mano.
Y hablando de presumir, no podemos olvidar su mayor “aporte” a la fama nacional: declarar, con mucho orgullo, que come rata de campo. Nada en contra de la gastronomía de los pueblos, faltaba más. El problema es que ese parece ser su currículum completo. Porque está bien promover la comida tradicional, pero no cuando eso sustituye al trabajo legislativo.
Y luego está la foto que no necesita explicación. No hablamos de familia, no inventamos historias, no exageramos. Sólo vemos lo evidente: vida cómoda, sala amplia, pantalla grande. Nada ilegal, por supuesto. Pero profundamente contrastante cuando, del otro lado, el pueblo recibe platos de plástico como si eso fuera política social. Porque entonces el mensaje queda clarito: la única vida que sí cambió gracias al cargo fue la de ella.
Aquí no se critica que alguien mejore su situación; se critica que lo haga sin devolverle nada real a quienes la pusieron ahí. Porque representar al pueblo no es posar, no es regalar baratijas, no es tomarse la foto y salir corriendo. Representar es legislar, gestionar, pelear presupuestos, incomodar, trabajar. Y cuando después de años el balance es plástico para la gente y aguinaldos de seis cifras para la diputada, algo no cuadra.
Así que no, el tema no es el plato. El tema es la mentalidad. Cobrar como diputada federal y entregar como si estuvieras en una kermés improvisada, además con rifa. Presumir cercanía mientras la distancia se mide en pesos, prestaciones y comodidades. Porque al final, ciberlector, ciberlectora, la pregunta no es qué regaló… sino qué ha hecho. Y la respuesta es rápida: NADA.
Y por lo visto, hasta ahora, lo único sólido que ha entregado no es una ley, ni una iniciativa, ni un cambio real. Es plástico.
¡Diosito chulo, hasta cuándo!
Nuestra reportera de pasillos nos pasa el jabón más espumoso del día: el Capitán de Fragata Iván García Álvarez, titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, ya se le hizo costumbre usar una patrulla como si fuera coche personal, mientras el pueblito noble y sabio, pero no ciego se pregunta por qué esa unidad no está donde debería: cuidando calles, rondando colonias, metiendo presencia donde sí hace falta.
Estimado ciberlector, el detalle no es menor. A un secretario se le asigna camioneta, con chofer y protocolos, justamente para no distraer recursos operativos. La patrulla no es Uber VIP ni extensión del ego; es herramienta de seguridad pública. Cada vuelta que da fuera de servicio es una colonia, un municipio, menos vigilada, un reporte que tarda, un rondín que no llega. Y luego nos preguntamos por qué la percepción de inseguridad no baja, aunque el discurso jure que sí.
Pero nuestra reportera se pone aromática cuando entran los rumores de pasillo. Dicen (dicen, eh, no lo afirmamos, bueno… sí) que el capitán suele llegar oliendo a zapote, ese aroma tropical que no aparece en los manuales de seguridad ni en los lineamientos de sobriedad institucional. En la Secretaría y en el Palacio “chairos” lo comentan bajito, como chisme viejo que nadie desmiente. Que si es mito, que si es exageración, que si es “tazo dorado con doble holograma tipo A”: brilla, impresiona… pero no sirve para jugar, pero sí para cabecear y tambalear ese rellenito cuerpo.
El problema no es el sarcasmo, es la señal. Un jefe de seguridad predica con el ejemplo: austeridad en el uso de recursos, disciplina en la conducta y foco absoluto en la misión. Si la patrulla se vuelve utilitaria personal y el olor distrae más que la estrategia, el mensaje a la tropa es devastador: todo se vale. Y cuando todo se vale arriba, abajo se descompone.
Aquí no pedimos milagros ni operativos de película. Pedimos lo básico: las patrullas a patrullar, los funcionarios a cumplir, y los rumores a aclararse. A tres años de gobierno primaveral, parece que no se han dado cuenta que la seguridad y la confianza se construyen con hechos, no con hologramas. Y el pueblito noble y sabio ya no se chupa el dedo.


Nuestra Reportera Totalmente Chaira, esa que no necesita gafete porque se mueve como pez en el agua entre flores, insectos y macetas del Jardín Primaveral, nos avisa que el run run ya no es simple chisme de pasillo. Esto ya suena a aviso serio. Desde que el gobernador Salomón Jara dijo públicamente que en febrero vendrán cambios en su gabinete legal y ampliado, el ambiente se tensó. Ya no se ven sonrisas largas ni selfies confiadas. Ahora hay silencios incómodos, llamadas a deshoras y funcionarios que, de la noche a la mañana, “andan muy aplicados”.
En palabras sencillas: a varios ya se les acabó la beca dorada. El cargo los mareó, se subieron al ladrillo, algunos hasta se creyeron intocables, pero hoy el piso se empieza a mover. Y cuando eso pasa en política, no es casualidad: es señal de que la evaluación ya empezó, aunque todavía no se anuncie oficialmente.
Porque aquí hay que decirlo sin rodeos: el cargo público es como silla prestada. Hay quien se sienta, se acomoda y hasta le quiere poner su nombre, pero tarde o temprano alguien llega y te recuerda que no era tuya. Y cuando el poder se siente eterno, es justo cuando empieza la cuenta regresiva.

Por eso ya comenzaron a sonar nombres. No porque alguien les tenga coraje, sino porque no dieron resultados, porque no se les ve trabajo o porque confundieron la oficina con negocio propio. Uno de los apellidos que más se escucha, porque está regado por todo el jardín, es el de los Feria. Y el nombre que más retumba para una posible salida es el del profe Enrique Misael Feria Rodríguez, director de Vivienda Bienestar Oaxaca.
Aquí no se inventa nada. Lo que se comenta, y se comenta fuerte, es que no hay trabajo visible, que se opera a distancia, que la dependencia parece negocio familiar y que la presencia del titular es más virtual que real. Y ojo: que otros gobiernos hayan hecho lo mismo no lo vuelve correcto. Solo demuestra que el vicio viene de atrás y que alguien tenía que empezar a cortar. Si todo está bien, que se demuestre. Y si no, que se investigue. Así de claro.
Y como el poder también cambia costumbres, aseguran las lenguas viperinas de doble filo sobre una presunta cancha de pádel por los rumbos de Tlalixtac. El pádel, ese deporte que se puso de moda entre los nuevos fifís, los nuevos ricos y los chairos que ya se sienten conservadores con causa. No es pecado hacer deporte, faltaba más. El problema es cuando no alcanza para lo público, pero sí sobra para lo privado. Ahí es donde la gente empieza a preguntar de dónde salió, con qué tiempo y con qué recursos. Y esas preguntas, cuando se repiten mucho, siempre terminan llegando a donde duele.

Otro nombre que desde hace rato aparece en la lista de “ya casi, pero no” es el de Edith Araceli Santibáñez Bohórquez, secretaria del Trabajo. Tres años después, cuesta trabajo encontrar logros claros o una política laboral sólida que presumir. Lo que sí se escucha son escándalos, versiones de familia cobrando y señalamientos de prestanombres. Puede ser falso, puede ser exagerado, pero cuando el rumor no se apaga, algo no está funcionando. Y en política, cuando no puedes presumir resultados, empiezas a cargar sospechas.
Y aquí es donde todo se junta y se acaba la simulación. Este enero no es cualquier enero. El 25 de enero se viene la jornada de la revocación de mandato y ahí no valen discursos adornados ni fotos bien peinadas. Ahí lo que pesa es lo que se hizo cuando tocó ensuciarse los zapatos, mover estructura, hablar con la gente, caminar territorio y dar la cara.
Ese día el gobernador va a tener el panorama completo. Va a ver quién realmente trabajó, quién respondió cuando se necesitaba, quién jaló gente y quién nada más simuló apoyo desde el escritorio o desde la comodidad del café político.
Para varios funcionarios, esta coyuntura puede ser literalmente la última carta para salvar el pellejo. Incluso aquellos que han tenido un desempeño flojo o francamente malo saben que, si no entregan resultados en este momento, la beca dorada se les puede acabar sin aviso. Aquí no se trata de cariño ni de lealtades de saliva.
El que no suma, resta. Y el que resta, se va.
Los nombres van a seguir saliendo, uno tras otro, como cuando se levanta la alfombra y aparece todo lo que se quiso esconder. Algunos alcanzarán a salvarse haciendo la talacha que no hicieron en tres años; otros ni eso. Porque cuando el poder evalúa, no pregunta cuánto prometiste, sino cuánto entregaste. Y a varios, sin ceremonia, sin despedida y sin aplausos, les van a dar las gracias, como ya pasó antes.
Hay una pregunta que queda en el aire: ¿seguirá el paternalismo o, esta vez, sí se sacrificarán las cabezas que le hacen daño al proyecto, los enemigos en casa que no lo dejan avanzar?
P. D. Los intocables serán los culpables del éxito o fracaso de la consulta de revocación.

La memoria es el peor enemigo de la corrupción. Recordarán que el pasado 7 de diciembre, nuestro reportero Flechador del Sol, exhibió la nueva modalidad del crimen en Huajuapan: el cobro de piso, pero con chaleco oficial. Ante la evidencia, el sector empresarial decidió romper el silencio y publicó un documento devastador que destapa el modus operandi de la administración de Luis Chupón Martínez.
El esquema es de una brutalidad primitiva: patrullas municipales usadas como grupo de choque, amenazas de clausura y la firma de un tal Rodolfo Cabrera Rosales. Este personaje se ostenta como titular de la COFECI, una supuesta coordinación que no existe en la Ley Orgánica, no aparece en el organigrama y es invisible en la página de transparencia. Es un cargo fantasma para cobros reales.
Sin reglamento, sin tabuladores y sin metodología, el Ayuntamiento se inventó criterios para extorsionar a comercios por anuncios instalados hace años. No es regulación, es saqueo. Huajuapan ha sido degradado a la categoría de cajero automático personal, donde el único que tiene el NIP y la tarjeta es el presidente “Chupón”.
Pero en esta historia de abusos hay un capítulo aún más sórdido: el papel de la prensa local.
Fueron varios los “periodistas” que, en pláticas de café y pasillos, instigaron a los empresarios a denunciar. “Salgan a medios, nosotros los cubrimos, hay que alzar la voz”, les decían, envalentonados. Los empresarios, confiando en ese respaldo mediático, convocaron a rueda de prensa para exponer la podredumbre de la COFECI.
¿Y qué pasó el día de la conferencia? El vacío. De aquel coro de valientes instigadores, solo llegaron dos reporteros independientes. El resto, la “prensa oficialista”, brilló por su cobarde ausencia. ¿Por qué? Una llamada desde Recursos Humanos del Ayuntamiento fue suficiente para doblarlos. La amenaza fue tan vulgar como efectiva: “Si cubren a los empresarios, se acaba el chayote”.
Y así, aquellos que días antes jugaban a ser defensores de la verdad, prefirieron asegurar la limosna quincenal que cumplir con su deber ético. Dejaron solos a los denunciantes. Permitieron que una noticia de gravedad mayúscula se diluyera por falta de eco, demostrando que en Huajuapan la libertad de expresión tiene precio y factura.
El escenario es desolador. Los empresarios intentaron usar los micrófonos para defenderse, pero descubrieron que los micrófonos estaban apagados por orden del verdugo.
Si el gobierno municipal se dedica a extorsionar en lugar de administrar; y si los medios de comunicación se dedican a encubrir en lugar de informar, la pregunta es inevitable y dolorosa: ¿Quién defiende a Huajuapan?
La ciudadanía ha quedado en la orfandad absoluta. Entre un gobierno rapaz y una prensa amordazada por la nómina, el pueblo no solo está “amolado”: está indefenso.

Si usted creía que la capacidad de asombro se había agotado con el “tequio” obligatorio, prepárese. Nuestro reportero Flechador del Sol, nos confirma que en el Ayuntamiento de Huajuapan la caridad también se hace a punta de pistola.
Se trata de la Circular CRH-090-2025, emitida por la Dirección de Recursos Humanos. Bajo el inocente disfraz de una “solicitud de apoyo” para donar juguetes con motivo del Día de Reyes, se esconde un nuevo esquema de tributo forzoso. La fecha límite fue el 2 de enero y la premisa, aunque no escrita, fue clara para todos en los pasillos municipales: el “apoyo” es tan voluntario como un asalto. Quien no se alinea con la colecta, enfrenta las ya conocidas “restricciones contractuales”.
La Tarifa de la Bondad. Pero esta vez, el cinismo escaló peldaños. La voracidad no se conformó con exprimir a la base trabajadora; ahora existen cuotas fijas para los integrantes del Cabildo. La información es precisa: regidor que no quiera problemas, debe “caerse” con una cuota de 4,000 pesos en efectivo. ¿No hay efectivo? No se preocupe, la administración acepta especie: 100 juguetes para niño y 100 para niña. Haga cuentas. No es una invitación a sumarse a una causa noble; es una extorsión tasada y medida. Pobre de aquel concejal o funcionario que se atreva a cuestionar la “magia” de estos Reyes.
¿Y para qué tanto juguete? Para que en los próximos días veamos al presidente Luis de León Martínez, “Chupón”, recorriendo agencias y colonias, repartiendo juguetes que no compró y presumiendo una generosidad que no tiene. El Alcalde utilizará el dinero y el esfuerzo extorsionado a sus subordinados para fingir bondad ante la niñez huajuapeña. Saludará con sombrero ajeno, buscando el aplauso fácil mientras, tras bambalinas, sus empleados cuentan las monedas que les quedaron tras cumplir con el capricho oficial.
Señor Presidente: obligar a sus trabajadores a financiar su campaña de imagen no es gestión pública. El problema de su administración ya no es solo político, ni siquiera administrativo o financiero. El problema es, fundamentalmente, moral.
Vivirá poco quien no entienda lo aquí dicho, recuerde estimado ciberlector, la frase de la semana:
En política, el Año Nuevo no borra culpas: solo reinicia la factura.














