El oaxaqueño que quiso extirparse las niguas

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Hay imágenes que explican una biografía completa sin necesidad de currículo. No hacen falta discursos, conferencias ni comunicados oficiales. Basta una escena. Un gesto. Un silencio.

Un hombre de pie, con las manos quietas en los bolsillos, mientras su mirada se dirige hacia abajo, al suelo, donde alguien más —agachado— le limpia los zapatos con una servilleta de papel. No dice nada. No se incomoda. No detiene el acto.

Así se resume, sin comparaciones innecesarias, la historia reciente del oaxaqueño Hugo Aguilar Ortiz, presidente del Poder Judicial de la Federación.

Él dijo después, que le limpiaban los zapatos porque se le habían derramado café con nata. Pero no fue el café lo que indignó. Fue el acto. Fue lo que permitió, lo que normalizó, lo que encarnó sin pronunciar una sola palabra.

Aguilar, es oaxaqueño. Pero hoy parece que su origen le estorba. Como si su pueblo, su tierra dura, sus huaraches —aquellos donde metía los pies llenos de niguas— se hubieran vuelto un estorbo.

Aquella frase tantas veces repetida, “no tenemos nada, pero tenemos dignidad”, se volvió polvo en quince segundos. Bastó ese instante para echar por tierra todo un historial indígena y político. Pasó de ser símbolo a convertirse en lo que tanto prometió no ser: un indígena ladino más, como tantos políticos oaxaqueños. Muchos creímos que él era la excepción.

Su historia se contaba con orgullo. Para muchos era un amuleto moral. Pero al permitir que le limpiaran los zapatos dejó un mensaje claro: yo ya no soy como ustedes.

Aceptar ese gesto no fue cortesía. Fue culto al cargo. Fue permitir lo que ninguna responsabilidad democrática debería tolerar: servirse del poder como si fuera persona y no institución.

Hoy, los oaxaqueños te recordaremos, Hugo, no como el hombre que salió de su pueblo sin nada, sino como aquel que intentó extirparse los huaraches. Difícil será borrarte de la memoria. No por tus discursos, sino por tus zapatos.

Si permitiste que tus propios colaboradores te limpiaran los pies es porque estás convencido de que mereces ese gesto. De que tu investidura está por encima de los demás. De que ya no caminas con los pies del pueblo, sino con los del trono.

Lo que hiciste fue una obscenidad. No por la servilleta, sino por la naturalidad con la que lo aceptaste.

Durante años tu discurso fue claro: austeridad, humildad, cercanía con el pueblo. Pero el poder, como el alcohol, revela lo que uno es cuando se le aflojan los frenos.

Tu actuar sugiere que tu origen te incomoda, que recordarlo estorba, que la tierra bajo tus pies ya no combina con la toga. Y aun así, aunque no quieras, aunque te avergüence, seguirás siendo oaxaqueño.

Dirán algunos que esto es una exageración, que fue un gesto menor, que se trata de un ataque político. No lo es. Es un símbolo. Y los símbolos son peligrosos porque no se desmienten: se quedan.

Qué tristeza me das, Hugo. No porque te hayan boleado los zapatos —ni siquiera fue un bolero— sino porque con ese acto dejaste claro que ya no caminas con la gente.

Ahora caminas sobre ella.

 

Facebook: Horacio Corro

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