Para poder celebrar cada 8 de marzo: Mariana Benítez Tiburcio

Mariana Benítez Día Internacional de la Mujer B* Actuemos para que en un corto o mediano plazo cada 8 marzo sea realmente una fecha para festejar, cuando las mujeres podamos viajar “solas” sin peligro a que nos maten, cuando ser jefa Cuando ser cabeza de familia no sea sinónimo de madre soltera, cuando nuestro trabajo sea justamente remunerado y, más que eso, cuando tengamos un espacio en la mesa de toma de decisiones, solo así podremos festejar

Hoy que conmemoramos el Día por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional, sin duda es la oportunidad de reflexionar acerca de los logros alcanzados y sobre los desafíos que nos obligan a replantear estrategias, tanto en el plano social como gubernamental.

En los últimos años, los organismos internacionales han puesto el acento en comprometer a los países en dar pasos más firmes hacia la anhelada equidad, no solo desde el enfoque de los derechos humanos, sino como vía hacia el desarrollo sostenible del mundo.

Para el Banco Mundial, si bien hay avances significativos a escala internacional, por ejemplo, en la  actualidad muchas más niñas asisten a la escuela y hay más jóvenes mujeres estudiando el nivel superior que hombres; también ahora tenemos una vida más prolongada y saludable que hace 10 años y hemos logrado una mayor representación parlamentaria en el mundo alcanzando 22 por ciento; sin embargo, todavía no se ha logrado el pleno desarrollo económico de ellas, siendo ésta una poderosa arma contra la pobreza.

Resulta difícil seguir hablando de justicia social y democracia cuando en promedio nosotras ganamos 24 por ciento menos que los hombres. Desafortunadamente seguimos viendo que los empleos que involucran toma de decisiones son ocupados en su mayoría por hombres, mientras que las mujeres ocupamos mayoritariamente puestos de empleadas y de bajo grado de especialización.

En el análisis realizado en 49 países (Deloitte, 2015), resulta que actualmente hay un mayor número de mujeres en los consejos de administración, pero todavía se cuentan pocas mujeres presidentas. En Noruega, el primer país en introducir cuotas de género en este sentido, 36 por ciento de los asientos en sus consejos de administración están ocupados por mujeres y solo 18 por ciento son presidentas, en Estados Unidos las cifras varían a 12 y 3 por ciento respectivamente, y en el caso de México, solo 6 por ciento son consejeras y ninguna es presidenta.

Paradójicamente, las empresas en las que al menos 30 por ciento de los integrantes de la junta directiva son mujeres, registran una rentabilidad aproximadamente 5 por ciento mayor (McKinsey, 2015).

Esto se debe a que las mujeres aportamos diferentes habilidades que los hombres, el mismo estudio apunta que tendemos a tomar decisiones más deliberadas.

Aunado a esto, la carga de trabajo no remunerado que realizan las mujeres y las niñas sigue siendo desproporcionada con respecto a los hombres, lo que las priva de tiempo para ganar dinero, adquirir nuevas capacidades y administrar el tiempo libre. Según el estudio antes mencionado, las mujeres seguimos haciéndonos cargo de la crianza de los hijos en 94 por ciento y del cuidado de familiares ancianos y/o enfermos en 85 por ciento.

En pocas palabras, seguimos viviendo en desventaja en casi todas las arenas de la vida pública y privada. Ante el panorama antes referido, hoy quiero centrarme en el derecho de las mexicanas a vivir bien, en lograr la autonomía económica y la igualdad laboral, porque como Simone de Beauvoir lo dijo, el trabajo es lo único que puede garantizarnos una libertad completa.

Con las reformas a la Ley Federal del Trabajo de 2012 se incorporó el concepto de igualdad sustantiva en el ámbito laboral y además se consideraron las diferencias biológicas, sociales y culturales.

Asimismo, en esta reforma se incorporó la posibilidad de que las mujeres pudieran transferir hasta cuatro de las seis semanas de descanso previas al parto para después del mismo, se adicionó el derecho a un descanso hasta de ocho semanas posteriores al parto en caso de que los hijos hubieran nacido con un tipo de discapacidad o requirieran de atención médica hospitalaria y la licencia de paternidad hasta por cinco días en caso del nacimiento de hijos o adopción.

Sin embargo, pese a los importantes esfuerzos realizados en la materia, aún quedan asignaturas pendientes que deben ser atendidas a la brevedad para que las mexicanas podamos desarrollarnos plenamente en el ámbito profesional.

Por ejemplo, al paso de las 12 semanas de licencia por maternidad, ¿Cómo pueden las madres seguir realizando su trabajo con efectividad sin desatender a su hijo hasta mínimo los 5 años? Por otra parte, ¿Cuál es la razón para considerar que el padre solo tenga licencia de cinco días? Y, ¿Qué mecanismos implementaremos para fomentar que las mujeres accedan a niveles directivos y de liderazgo?

Las mujeres no podemos seguir permaneciendo ante la disyuntiva de elegir entre ser madres y formar una familia u optar por tener estudios, trabajo y un futuro profesional promisorio; y más allá, no podemos seguir poniendo en riesgo la base más importante de toda sociedad que es la familia, pues el no contar con núcleos filiales de formación para el cuidado de nuestros niños ni de nuestros familiares discapacitados y adultos mayores, genera hogares desunidos y problemáticas a escala social vinculadas a la propia seguridad pública.

Por tal virtud, es que estoy totalmente convencida de que debemos impulsar una transformación estructural de fondo, que desde la base constitucional hasta las políticas públicas aplicables al sector público y privado, permitan garantizar de manera efectiva la igualdad laboral sustantiva, es decir, que hagan la diferencia en el día a día de las mexicanas, y aquí dejo algunas reflexiones:

Es importantísimo establecer la licencia compartida entre el padre y la madre a fin de no encarecer a las mujeres en el ámbito laboral para que su maternidad no sea una limitante en su desarrollo profesional y también para incentivar la plena y equitativa participación de los padres en la crianza de sus hijos.

Asimismo, necesitamos que se disponga el derecho de quienes tengan a su cargo menores de 5 años, personas con discapacidad o adultos mayores que requieren de mayores cuidados, sin distinción de género, a tener acceso a horarios y modalidades de trabajo flexibles para que esta circunstancia no sea un limitante en su desempeño profesional.

E igualmente, hay que establecer la obligación de llevar a cabo el desarrollo de políticas que permitan garantizar el liderazgo y superación profesional y académica de las mujeres en todos los ámbitos, aplicables tanto en el sector público como el sector privado.

Todo esto será clave para reducir esa brecha salarial de 24 por ciento, que actualmente persiste entre hombres y mujeres. El desarrollo mismo de México nos indica que la igualdad laboral es un asunto impostergable.

La ONU se ha fijado como objetivo de la Agenda 2030 para el desarrollo sostenible, que para ese año seamos un “Planeta 50/50”, donde hombres y mujeres estemos en igualdad de oportunidades. Un mundo más igualitario está al alcance de quien se quiera comprometer con su causa, seamos parte de este gran movimiento, observemos e identifiquemos cuáles de nuestras actitudes, palabras y preferencias tienen una connotación de discriminación o violencia de género, solo así podremos transformar nuestra realidad. Como ya lo dijo Angela Merkel: “Los compromisos (suscritos por las naciones) están bien. Pero ponerlos en práctica es mejor. ¡Hagámoslo!”.

Actuemos para que en un corto o mediano plazo cada 8 marzo sea realmente una fecha para festejar, cuando las mujeres podamos viajar “solas” sin peligro a que nos maten, cuando ser jefa de familia no sea sinónimo de ser madre soltera, cuando nuestro trabajo sea justamente remunerado y más que eso cuando más mujeres tengamos un lugar en la mesa de toma de decisiones, solo así podremos festejar cada 8 de marzo y felicitarnos, por sentirnos plenamente en un mundo más parejo.

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