Necesita Europa a migrantes

3783094Los atentados terroristas de la semana pasada en París probablemente agravarán las profundas divisiones de Europa sobre cómo responder a su crisis de refugiados y migrantes, particularmente dados los reportes de que uno de los responsables llegó como parte del influjo continuo. 

Pero los llamados a la reintroducción de controles fronterizos y una nueva “Fortaleza Europa” corren el riesgo de darles la ventaja a los demagogos de Europa y hacer que sea más difícil que nunca convencer a las personas de la necesidad de integrar a más recién llegados en la fuerza laboral de la Unión Europea.

El clima de miedo que los atentados han creado amenaza con ocultar una estadística clave: a menos de que los países de la UE abran más sus puertas a la inmigración, la proporción actual de cuatro personas de edad laboral por cada jubilado bajará a 2:1 para mediados del siglo, si no antes. Los sistemas de pensiones y seguridad social ya están bajo una severa presión.

Nadie niega que la ola de migración de este año esté abrumando algunos países de la UE, y que la solidaridad entre ellos se desmorone. Pero la verdad es que la economía europea tiene mucha necesidad de los jóvenes que atraviesan sus fronteras en tropel desde el Medio Oriente y África.

Al juzgar por las dificultades culturales encontradas cuando la inmigración era sólo un goteo, la integración de los alrededor de 1.5 millones de migrantes y refugiados de este año será una empresa gigantesca. El rostro y el carácter de Europa se cambiarán, desatando nuevas y peligrosas tensiones políticas.

No obstante, a pesar de temores viejos y nuevos, hay un argumento predominante a favor de darle la bienvenida a los recién llegados, así como a los millones más que se prevé lleguen en los años venideros. Esto se entiende particularmente bien en Alemania, pese a la reacción negativa contra la política de puertas abiertas de la Canciller Angela Merkel; si siguen las tendencias actuales, la población del país de 82 millones de habitantes disminuirá a 65 millones para el 2060.

Como lo ha expresado Marcel Fratzscher, que dirige el Instituto para Investigación Económica de Alemania (DIW): “A largo plazo, los refugiados son una increíble oportunidad para Alemania”, y que los beneficios pesarán más que los costos “en espacio de los próximos 5 a 10 años”.

Ésta no es una historia nueva. Hace cinco años, un grupo “de hombres sabios” encabezado por el ex Primer Ministro español Felipe González reportó que se necesitarán 100 millones de migrantes para mediados del siglo para mantener la fuerza laboral activa de Europa a sus niveles actuales.

Otros estudios indican que si la inmigración vuelve a los niveles pre-crisis, la fuerza laboral de hoy de 240 millones bajará a 207 millones. Y si la inmigración disminuyera de manera drástica, el envejecimiento reduciría la fuerza laboral a alrededor de 169 millones de personas.

Eliminar unos 70 millones de empleos, y por ende contribuyentes, de la economía europea claramente sería desastroso. Destacados economistas como Klaus Regling de Alemania, quien encabeza el Mecanismo Europeo de Estabilidad, el fondo de rescate de la zona euro, calculó hace una década que la fuerza laboral cada vez más pequeña de la UE está a punto de imponer severos límites sobre el crecimiento económico.

Pronosticó que la escasez de mano de obra está creando un techo que restringe el crecimiento anual del PIB al 1.8 por ciento en los años hasta el 2030, y tan sólo al 1.3 por ciento desde entonces hasta el 2050.

Comparativamente pocos europeos parecen cuestionar la obligación moral de aceptar a refugiados que buscan el asilo y huyen de la guerra civil de Siria o la opresión política en otras partes.

Ya sea que el sentimiento público cambie tras los atentados de París o no, los migrantes económicos son vistos de forma más negativa. Los recién llegados, se dice, representarán una carga para los sistemas de beneficios de los países de la UE, o porque son vividores o porque no pueden encontrar trabajo adecuado. Y si logran hallar empleos, será porque compiten de manera injusta con jóvenes europeos desempleados.

Estas objeciones no resisten el escrutinio. Un análisis de la Comisión Europea de estadísticas nacionales ha encontrado que la contribución económica de los migrantes es mayor que su costo para los Gobiernos de la UE.

Actualmente hay 34 millones de no ciudadanos viviendo en la UE, con el 69 por ciento clasificado como “económicamente activo” (en algunos países, la cifra asciende al 80 por ciento).

Casi cuatro quintas partes de estas personas son de edad laboral, con el 15 por ciento aún en la escuela y sólo el 7 por ciento de más de 64 años.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos señala que aquellos inmigrantes a quienes más se les dificulta encontrar un trabajo son los más preparados, una correlación que en gran medida refleja la burocracia en torno al reconocimiento de credenciales.

Así que ¿hay un riesgo de que el problema del desempleo juvenil de Europa -la “generación perdida” creada por los años de crisis y austeridad económicas- empeore? Es un argumento potente en términos de moldear la opinión pública, pero tiene poco sustancia.

El informe Perspectivas de Empleo de la OCDE para el 2015 lamenta el aumento del desempleo de largo plazo, con mucho más de una tercera parte de los 25 millones de desempleados de Europa sin trabajo durante un año o más, pero ubica el problema del desempleo juvenil firmemente en Grecia, Italia y España, países donde llegan muchos migrantes, pero que la mayoría abandona.

La escasez de mano de obra, por otro lado, va en aumento. En una encuesta de 41 mil 700 gerentes de contratación en el 2015 por la agencia de empleo Manpower, alrededor de una tercera parte de los entrevistados en Polonia y Francia se quejó de dificultades con el reclutamiento, mientras que casi la mitad mencionó lo mismo en Alemania y Grecia.

La escasez más seria de habilidades parece estar en las tecnologías de la información y la ingeniería, áreas donde la mano de obra migrante representa poca amenaza.

Pero los creadores de políticas no tienen una varita mágica que agitar sobre la crisis de los refugiados. Las presiones sobre las agencias gubernamentales y las autoridades locales en el norte de Europa ya resultan insostenibles, y el libre movimiento de personas en el continente está en peligro. Así que está en el interés común de Europa reconocer el lado positivo de la crisis.

Introducir sangre nueva a la economía de la UE tiene beneficios tanto de corto como de más largo plazo. El gasto inmediato que se necesita para abordar la crisis -aproximadamente 10 mil millones de euros (10.1 mil millones de dólares) este año tan sólo en Alemania- ayudará a incrementar el crecimiento una vez que la construcción de vivienda, escuelas y hospitales nuevos empiece a estimular los empleos y el consumo.

Estos efectos no serán sencillos, por supuesto, ya que algunos Gobiernos de la zona euro podrán tener que abandonar la austeridad y asumir más deuda. Pero cuando llegue el momento de mirar la crisis de la migración en retrospectiva, se espera que, a pesar de la incertidumbre y las tensiones, recordemos el estancamiento económico de una Europa envejecida también.

*Giles Merritt es editor de la revista Europe’s World y encabeza el grupo pensante Friends of Europe, con sede en Bruselas.

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