México-EE.UU.: más allá de los braceros: Carlos Ramírez

ctw0lq8wyaavyolDe manera lamentable porque el asunto se quedó en la mera superficie reactiva, las irritaciones sociales por la visita del candidato republicano Donald Trump a Los Pinos no fueron más allá del meme, cuando representó, dialécticamente, una oportunidad para recordar, revisar y redefinir las relaciones bilaterales conflictivas.

Gane o pierda Donald Trump las elecciones presidenciales del martes 8 de noviembre, México de todos modos está obligado por estrategia de seguridad nacional a replantear su política exterior hacia su vecino del norte. Sin enfoque histórico, los mexicanos ven en Trump al demonio, pero en el fondo Trump es sólo la expresión política de los sentimientos racistas de más de la mitad de los estadunidenses.

Si como decía Henry Kissinger la política exterior comienza donde concluye la política interior, la definición de la política exterior es una expresión de la política interior; sin una coherente, nacional y estratégica política de asuntos internos, las relaciones con los demás países carecerán de sentido político.

A pesar de algunas expresiones despectivas del presidente Barack Obama hacia México y su presidente y por encima de las amenazas de Trump de construir un muro y continuar la política de deportaciones de Obama, México sigue siendo un asunto de seguridad nacional de los EE.UU., pero se ha visto miedoso desde los ochenta en replantear con energía su relación bilateral.

Sea Trump o Hillary Clinton el próximo presidente de los EE.UU., México debe aprender ya a mirar a su vecino en el mismo nivel: lo que falta en desarrollo y bienestar lo llena en factor geoestratégico. El problema no fue la decisión de firmar un trabado de comercio libre con los EE.UU. y Canadá, sino la responsabilidad de Carlos Salinas de Gortari de subordinar a México a los intereses nacionales, geopolíticos y de seguridad exterior de Washington y liquidar la definición histórica de la política exteriornacional hacia la Casa Blanca. López Mateos y Díaz Ordaz acercaron a México a los intereses de los EE.UU. pero usaron a Cuba como un punto de definición de autonomía.

Ante la sociedad estadunidense que ha producido a Trump y Hillary, México debería haber comenzado desde hace tiempo una discusión política abierta sobre las relaciones con Washington. Sin embargo, el congreso mexicano se hizo eco de la respuesta social histérica ante la visita de Trump convirtiendo los discursos de la oposición en memes parlamentarios y no es una reflexión estratégica de la política exterior mexicana. En 1986 el Senado estadounidense realizó audiencias públicas para juzgar a México y en este 2016 el congreso mexicano ha preferido cuestionar al presidente mexicano que a criticaral sistema estadunidense que vive del racismo y la superioridad excluyente o a aportar elementos para lanueva política exterior mexicana hacia la Casa Blanca.

La reacción mexicana hacia Trump ha sido, en el mejor de los casos, pedestre. Un artículo de Guadalupe Loaeza ensalza a Hillary, esconde a México bajo las faldas de una imperialista y ve en Hillary a la Juana de Arco mexicana-gringa contra Trump, sin examinar que la candidata es también parte del establishment geopolítico y de seguridad nacional que tiene hundido a México en la subordinación.

México necesita convertir, otra vez, su dignidad en eje de la soberanía nacional ante los intereses extranjeros.

 

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