Los cachivaches: Horacio Corro Espinosa

10-horacio-corroEso de guardar cosas así nomás porque algún día nos van a servir, creo que es una costumbre que muchos compartimos.

Casi en todas las casas, hay un rincón donde se ponen cosas y cosas y más cosas. Incluyendo, claro, las cubetas, escobas, trapeadores y demás productos de limpieza. El guardar cosas es porque se cree, que tal vez mañana las vamos a necesitar. Apilamos un montón de cachivaches como si fueran recuerdos, que luego aventamos al olvido ingrato.

Ahí también, en ese rincón, se amontona el pantalón o la camisa que ya no le queda a nadie porque la pancita creció después de diez órdenes de tacos y cinco refrescos bien fríos. Ahí está también el vestido que ya pasó de moda o la falda que tiene un hoyito. Esa ropa se guarda para usarla cuando se pinte la casa o le ayudemos al compadre a arreglar ese motor que se descompuso.

Pero ese tiempo pocas veces llega y el rincón de los trebejos sigue creciendo y creciendo en vez de regalarla a la gente que en verdad la necesita.

También, guardan la ropa vieja para usarla como trapitos para limpiar aquí y allá, y de repente, la gente se encuentra con un montón de retacitos por todos lados que acaban en la basura.

Los clavos todos chuecos, que el señor o la señora sacaron con mucho trabajo, también los guardan, porque creen que les pueden servir después. O los trastos: pocillos, jarros, ollas, sartenes, platos o tazas, van a sumarse al montón de cosas que viven en la parte trasera de la casa. El colmo de los colmos, es aquel que guarda los periódicos todos los días del año. En microscópicos departamentos, atesoran con los días, montañas y montañas de diarios que leen una sola vez y nunca más los vuelven a hojear, pero los conservan por si acaso en el futuro, sus hijos llegan a necesitar alguna información histórica.

Luego, cuando se necesita esa maderita que sobró de cuando se arregló la puerta de la casa, la buscan desesperadamente entre el montón de cosas hasta encontrarla, y efectivamente, ahí está ese pedazo de madera pero toda apolillada. Y, por si las moscas, la vuelven a meter entre el montón de cosas como si estuviera en buenas condiciones para cuando se necesite.

Guardar cosas inútiles no es el problema, total, en cualquier lado caben. Los problemas se presentan cuando el montón de cosas se apodera de todos los cuartos y amenaza con invadir las camas.

Y cuando por fin la gente decide escombrar; es decir, separar de entre los escombros aquello que sirve de lo que no, los problemas se agudizan. La gente se encuentra en una encrucijada, porque ¿cómo saber si esos tenis con hoyos en los dedos y tres chicles en la suela, no los van a necesitar algún día? ¿Cómo van a tirar a la basura ese tornillo barrido, o ese juguetito de cuerda que se descompuso hace veinte años y que se guarda para arreglarlo? ¿Cómo deshacerse de esos cachivaches?

Cuando yo estudiaba en el D.F., viví en una casa muy bonita y limpia, pero la recamara de la dueña estaba amontonada de tantas cosas que guardaba. El día que se dispuso a escombrar no quería tirar nada. Una de sus nietas le dijo: no los guardes abue, mejor, si sirven, regálalos, y si no, tíralos. Desde entonces he pensado: ¿Y si fuera igual de fácil hacer lo mismo con nuestros políticos?

 

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