La tragedia de Australia y el cambio climático: *Francisco Ángel Maldonado Martínez

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Desde septiembre pasado Australia enfrenta una severa crisis de incendios forestales que ha evidenciado los efectos del cambio climático en un país que posee una enorme biodiversidad. Ciudades como Nowra, Narooma y Batemans Bay, ubicadas en la Costa australiana al sur de Sydney han sido devastadas por los incendios que iniciaron en el que, desde que se tiene registro, ha sido el año más caluroso y seco en la historia de este país de Oceanía.

 

Al momento, este desastre ha cobrado al menos 26 vidas, destruyó 2 mil viviendas y arrasó una zona equivalente a dos veces el territorio de Bélgica, sin embargo, la peor catástrofe ha sido respecto a la fauna nativa de este país. Cuando nada parecía peor que el dato calculado por la Universidad de Sidney de 500 millones de animales muertos a causa de los incendios, nuevas estimaciones del Fondo Mundial para laNaturaleza señalan alrededor de mil 250 millones de animales —entre mamíferos, aves y reptiles— que perecieron entre las llamadas y las humaredas, o que perdieron su hábitat.

 

Escenas como las de koalas y canguros que corren desesperados de las llamas se han convertido en la tendencia de las principales redes sociales, acompañadas de mensajes de solidaridad y esperanza ante la devastación de un país inmenso y con grandes recursos naturales que no ha podido sobreponerse a esta crisis sin precedentes, con todo y que es uno de los más desarrollados a nivel mundial.

 

¿Qué lecciones podemos extraer de esta lamentable experiencia? La principal lección es que el cambio climático es una realidad innegable, que ningún gobernante debe soslayar no importa en que latitud del mundo se encuentre. Así como los incendios del Amazonas evidenciaron el desprecio de Bolsonaro por el principal ecosistema sudamericano, esta crisis evidencia que los líderes mundiales no tienen en su agenda de prioridades el cambio climático. Trump es el caso emblemático, promotor desde el inicio de su mandato de que los Estados Unidos abandonaran el Acuerdo de París, cuyo principal objetivo es reforzar la respuesta mundial a la amenaza del cambio climático manteniendo el aumento de la temperatura mundial en este siglo muy por debajo de los 2 grados centígrados, por encima de los niveles preindustriales.

 

Por cierto que en esta negativa al mayor acuerdo en la historia en materia de cambio climático, Estados Unidos solo se acompaña de dos países más: Nicaragua y Siria, los cuales no firmaron los compromisos adoptados en París por casi 200 naciones. La actitud de Trump y Bolsonaro, líderes populistas conservadores se basa en prejuicios frente a los hechos, y continuamente han catalogado al cambio climático como una invención de grupos opositores a sus gobiernos.

 

La crisis climática se ha convertido también en crisis política en el caso de Australia. El viernes pasado, miles de australianos se manifestaron en varias ciudades del país para pedir la dimisión del primer ministro, Scott Morrison, por su inacción ante los incendios forestales. No hace falta más que seguir las noticias en internet para notar que la protagonista de la lucha contra este desastre es la ciudadanía australiana armada de cuanto puede, desde guantes de jardinería y cubetas hasta camionetas improvisadas como vehículos de rescate de animales.

 

Un caso ilustrativo del torcido orden de prioridades en ese país consiste en esto: Australia es el mayor exportador del mundo de carbón y Morrison, antes de ser el primer ministro, se presentó en el Parlamento con un trozo de este mineral para defender a las empresas mineras frente a las llamadas a reducir la producción. Es decir, un defensor de una industria contaminante se sienta a ver arder su propio país a causa del cambio climático, que en parte es provocado por los gases de carbón. El enojo de muchos australianos incrementó cuando Morrison se fue de vacaciones el mes pasado a Hawai en plena contingencia. Parece broma pero no lo es. De parte de este mandatario no ha habido más que indiferencia frente a una tragedia de grandes proporciones.

 

Aunque los tres factores asociados a los incendios forestales de Australia están claros, esta explicación no es suficiente para ver en éste un fenómeno estacional cuando en realidad es producto de una crisis a nivel mundial que algunos líderes se niegan a reconocer y tiende a marcar la vida colectiva en el siglo XXI. El primer factor se debe a las temperaturas récord: Australia está en medio de una ola de calor donde se ha registrado su día más caluroso con máximos promedio de 41.9 grados centígrados. El segundo es la sequía prolongada: El calor extremo viene después de la primavera más seca registrada, la mayor parte de Nueva Gales del Sur y Queensland han experimentado escasez de lluvia desde principios de 2017. El tercer factor son los vientos fuertes: Las ráfagas usuales de esta temporada han expandido los incendios.

 

La transición inmediata de los combustibles fósiles a las energías renovables es una de las demandas que ya se han planteado en las calles de Australia, por ejemplo, en Melbourne, una de sus ciudades principales. Mientras su primer ministro se mantiene al margen de la crisis, la ciudadanía está consciente de que para acabar con lo que está sucediendo y plantear un futuro más sustentable deben tomarse medidas urgentes. Las energías alternativas deben ser la fuente de un mundo equilibrado, y de una sociedad que luche contra el cambio climático y no se siente a observar cómo destruimos nuestros ecosistemas y matamos a millones de seres vivos que también habitan el plantea Tierra. Sin voluntad política, es imposible que la agenda del cambio climático sea un plan de acción en lugar de un simple catálogo de buenas intenciones. Por el bien de Australia y el mundo, que se vayan los líderes como Morrison.

 

 

*Director General del ICAPET