Fin de decenio: Miguel Ángel Sánchez de Armas

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A Miguel Veyrat.

 

Con esta entrega, JdO cierra el ciclo 2010. Volveré a encontrarme con los lectores a partir del 12 de enero del 2011. Un abrazo y mis mejores deseos para una Navidad de paz y felicidad.

 

Sabido es que soy un contestatario profesional que pasa los días en ocio creativo inventando cómo buscarle tres pies al gato. Adelantada la precisión, tomo licencia para una reflexión deshilvanada y una recuperación poética con las que pondré punto final a las entregas de Juego de ojos correspondientes al año que está a punto de cerrar.

 

En primer lugar el affaire wikileaks. Me da un poco de ternura leer las reacciones a las primeras revelaciones de correspondencia “secreta” entre la embajada gringa en México y el departamento de estado en Washington. Como país tenemos una relación asaz peculiar con los primos del norte. Odio-amor podría ser una definición binaria. Lo cierto es que ni los conocemos lo suficiente ni ellos atinan a descifrarnos.

 

Eso de rasgarse las vestiduras porque la señora Clinton quiere conocer detalles del ánimo y del humor del habitante de Los Pinos es un poco ridículo. También a todos los cancilleres mexicanos, desde José Manuel de Herrera hasta doña Patricia Espinosa, pasando por Bocanegra, Viesca y Montes, Creel, Lascuráin, el llorado Federico Gamboa, et al, les ha interesado la salud mental de los presidentes de Estados Unidos, por la simple y sencilla razón de que el espíritu y la conducta del jefe de Estado modulará la calidad de sus relaciones con nosotros. ¿Por qué no habría de ser lo mismo en sentido inverso?

 

Un ejemplo histórico. Durante la guerra de secesión había dos presidentes en Estados Unidos, Lincoln y Davis. El primero, don Abraham, el que liberó a los esclavos, pensaba que la relación con su vecino del sur era la más importante y eligió como embajador a Thomas Corwin, que había encabezado la oposición a la guerra con México. El segundo, Jefferson, estaba obsesionado con anexar nuestro territorio a la Confederación, y tuvo como enviado a John Pickett, un joven y engreído soldado de fortuna que había sido cónsul en Veracruz, quien mandaba informes que hubieran hecho la delicia de wikileaks: “los mexicanos son –escribió en un despacho- una raza de mandriles degenerados… ladrones… asesinos… villanos y parias…”; en otra se explaya en “las ventajas que acarrearía incorporar a la Confederación los ilimitados recursos agrícolas y minerales de México, así como la posesión del invaluable corredor transoceánico del Istmo de Tehuantepec.”

 

Lo que quiero decir es que no hay embajador en el mundo que no informe a su gobierno acerca de las fortalezas, debilidades, vicios, manías, fobias, filias, tendencias y salud mental del jefe de Estado del país en el que esté acreditado. Los mexicanos no son la excepción. Esto lo confirmé hace poco con amigos del servicio exterior.

 

Pero hay algo más. Los cables filtrados por wikileaks son de naturaleza “reservada”, “confidencial” y “secreta”. La primera no tiene importancia. Toda la correspondencia diplomática, incluyendo los recortes de prensa, se clasifica así. Las otras dos, si bien de un grado mayor de confidencialidad, no dejan de ser comunicaciones cotidianas. No hemos visto a la fecha notas clasificadas “sólo para los ojos del presidente”, o “sólo para la secretaria de Estado” y menos aún dirigidas al conocimiento particular del siniestro Consejo Nacional de Seguridad.

 

¿Qué quiere decir esto? No pretendo restar importancia al trabajo de Wikileaks, pero debemos partir de que no conocemos, hasta ahora, documentos que configuren políticas de Estado. Me parece que los memos puestos en circulación por Julián Assange deben ser sometidos a una lectura crítica alejada de escándalos y lugares comunes. Sólo los ingenuos pueden pensar que la visión que la diplomacia estadounidense tiene del mundo se ha transformado desde que el aciago John Foster Dulles declarara urbi et orbi desde el Departamento de Estado que Estados Unidos no tiene amigos, sólo intereses.

 

Leídos con esto en mente, los cables ya no son tan unívocos como algunos analistas políticos los han interpretado. Ejemplo: la “revelación” de que el ejército mexicano desestimó información sobre el paradero de capos del narcotráfico proporcionada por la DEA mientras que la marina sí la aceptó y con ello logró importantes capturas ¿qué quiere decir? Hay interpretaciones de que la Sedena fue indolente y la Semar receptiva. En sentido contrario hay quien piensa que el informe confirma que el ejército mexicano ha rehusado subordinarse a los servicios de inteligencia de Washington mientras que la marina acepta tal dependencia. Esto da lugar a peligrosas elucubraciones. Pienso, pues, que el gran servicio que wikilealks ha hecho a la transparencia puede lograr un efecto contrario si los documentos son interpretados desde la ingenuidad o desde lo visceral.

 

Dicho lo anterior, quisiera recuperar ahora un texto memorable para mí. Hace unos años abordé la improbable relación entre la poesía y la política bajo el influjo del dios nórdico Bragi. Titulé aquel envío “Del encuentro de poesía y política”. De inmediato me respondió mi amigo el irlandés perdido en las nieves alpinas y tuvimos un animado intercambio. Me autocitaré en algunos párrafos:

 

“Todo comenzó cuando en un ejemplar de 1939 de The Atlantic Monthly encontré el -para mí- alucinante artículo ‘Poetry and the Public World’ de Archibald MacLeish, de donde tomé una breve cita para JdO del 10 de junio: “[…] habla de cómo la poesía y la revolución política encuentran terreno común en un mundo cambiante.

 

“Ello provocó la puntual respuesta del irlandés perdido: ‘Lo extraño es que el propio MacLeish le da a la poesía un lugar muy lejos de todo lo que no es (y la política, creo, está lejos del ser)’. Y cita, naturalmente, la sentencia lapidaria de ‘Ars Poetica’. 

 

“Mi respuesta fue que MacLeish publicó ‘Ars Poetica’ en 1926, y que a mi juicio, en 1939 -una gran depresión, un ‘New Deal’ y una segunda guerra de por medio- el poeta habría cambiado, y quizá trastocado su relación con el mundo. Dice MacLeish en el 26: ‘Un poema no debiera significar / Sino ser’. El propio irlandés enriquece este sentido con otra cita que pinta de cuerpo entero este espíritu de literatura per se: ‘No se me hable de política; todo lo que me interesa es el estilo’ (James Joyce a su hermano Stanislaus, 1938).’ ¿Podemos sugerir que en el 38 MacLeish habría cambiado esta visión? No lo sé, pero lo propongo.

 

“Hay una muy buena razón por la que la relación de la poesía con la revolución política debiera interesar a nuestra generación. La poesía, para la mayoría, representa la intensa vida personal del espíritu único. La revolución política representa la intensa vida pública de una sociedad con la cual el espíritu único debe, pero no debe, hacer su paz. La relación entre ambas contiene un conflicto que nuestra generación entiende: el conflicto entre la vida personal de un hombre, y la vida impersonal de muchos hombres.”

 

“A esto el irlandés respondió:

 

“El comentario es que la literatura anglo y europea considera que quien escribe sólo debe hacer eso, escribir. Nada de periodismo, política o activismo. No me acuerdo ahora pero al final del artículo MacLeish deja bien claro desde qué perspectiva escribe. Acá los escritores, allá el resto del mundo. En América Latina la literatura es ancilar a la cotidianeidad de nuestras vidas. No se concibe el escritor puro, a la Borges. Pero hay otra clave, que es la diferencia fundamental entre la poesía (y la literatura) del mundo anglo-euro con la del mundo latinoamericano. Dice al final del artículo y en tiempo futuro, que para los poetas ‘American as well as English… the time is near’. Pero a esa altura del partido unas cuantas decenas de poetas ya habían dado la vida en América Latina por causas políticas; y ni hablar de las centenas de políticos que en algún momento de su vida incursionaron por la poesía. Pero digo mal; en Nuestra América no hay políticos por un lado y poetas por otro. Es todo una ensalada maravillosa de luces y sombras que a mí me presentan un poeta más humano que el purista de academia o biblioteca. Lo que para MacLeish fue una posibilidad de generaciones futuras, para gente como César Vallejo fue un rito de pasaje tan natural como hacer el amor en un cementerio. La mezcla de periodistas, poetas, políticos todavía aterra y fascina en algunos antros académicos euro-yankis”.

 

“De regreso al ensayo de MacLeish, encontré que desde su perspectiva el meollo del asunto no es si la poesía ‘debiera’ tener que ver o no con la revolución política. ‘El asunto de fondo es si la poesía es de tal naturaleza, y la revolución política es de tal naturaleza, que la poesía pueda tener que ver con la revolución política, ya que no -se puede proponer que la poesía debiera hacer tal cosa o no debiera hacer aquella […]: la poesía no tiene más leyes que las leyes de su propia naturaleza’.

 

“Sigue una perspicaz reflexión sobre la naturaleza de la poesía frente a la prosa y de ambas en su relación con el arte, que llevan a MacLeish a proponer que no existen ciertas experiencias apropiadas para el arte y otras que no lo son, y que tal limitación tampoco podría considerarse en el caso de la poesía, pues ‘aquello que la poesía permite reconocer, puede ser cualquier hecho’. Precisa: ‘La poesía es a la emoción intensa lo que el cristal a la sal que se condensa o la ecuación a los pensamientos profundos: liberación, identidad y descanso. Lo que las palabras no logran puesto que sólo pueden hablar, lo que el ritmo y el sonido no logran como ritmo y sonido pues carecen de habla, la poesía logra ya que su sonido y su habla son un conjuro único.

 

“Sólo la poesía puede lograr esa fascinación de la mente que razona, esa liberación de la naturaleza que escucha, esa solución de las deflexiones y distracciones de las superficies del sentido, mediante lo cual se admite, se reconoce y se conoce la experiencia intensa. Únicamente la poesía puede presentar las más íntimas y por lo tanto menos visibles experiencias humanas en forma tal que los hombres, al leer, puedan exclamar: ‘Sí… Sí… Así es… Es así como realmente es.’

 

“La verdadera maravilla no es aquella que los diletantes literarios dicen sentir: la de que la poesía deba ocuparse tanto de un mundo público que tan poco le concierne. La verdadera maravilla es que la poesía se ocupe tan poco de un mundo público que le concierne tanto”.

 

Terminé aquel Juego de ojos con un regalo: el “Ars Poetica” de Archibald MacLeish (1926) con versión al español de Benjamín Valdivia, que hoy presento a manera de aguinaldo navideño:

 

A poem should be palpable and mute / As a globed fruit, / Dumb / As old / medallions to the thumb, / Silent as the sleeve-worn stone / Of casement ledges where the moss has grown — / A poem should be wordless / As the flight of birds.
A poem should be motionless in time / As the moon climbs, / Leaving, as the moon releases / Twig by twig the night-entangled trees, / Leaving, as the moon behind the winter leaves, / Memory by memory the mind — / A poem should be motionless in time / As the moon climbs.

 

A poem should be equal to / Not true. / For all the history of grief / An empty doorway and a maple leaf. / For love / The leaning grasses and two lights above the sea — / A poem should not mean / But be.

 

Un poema debiera ser palpable y mudo / como un fruto redondo, / mudo / como los viejos medallones al tacto, / silencioso como la piedra gastada / de los balcones donde crece el musgo— / Un poema debiera ser sin palabras / como el vuelo de los pájaros.

 

Un poema debiera estar inmóvil en el tiempo / conforme sube la luna, / y dejar, como libera la luna / rama por rama los árboles enredados de noche, / dejar, como la luna tras las hojas del invierno, / recuerdo tras recuerdo a la mente — / Un poema debiera estar inmóvil en el tiempo / como la luna al salir.

 

Un poema debiera ser igual a: / no cierto. / Para toda la historia del dolor / un pórtico vacío y una hoja de maple. / Para el amor / los pastos inclinados y dos luces sobre el mar — / Un poema no debiera significar / Sino ser.

 

Después de esto dan ganas de gritar, con Shelley: Ociosos retornaron los dioses a su hogar, / el país de la poesía, inútiles en un mundo que, / crecido bajo su tutela, / se mantiene por su propia inercia.

 

¡Carajo! ¡Mi reino por un poema!

 

 

Profesor – investigador en el Departamento de

Ciencias Sociales de la UPAEP Puebla.