EPN segunda mitad: desarrollo o sucesión: Carlos Ramírez

CARLOS-RAMIREZAdemás de un balance objetivo de lo ocurrido en la primera mitad del sexenio, el gran desafío del presidente Peña Nieto se localiza en saber cuál será su agenda para la segunda mitad del sexenio: la gran reforma del modelo de desarrollo o la mera operación política de la candidatura presidencial priísta para el 2018.

El Presidente de la República está urgido de reposicionar su legado histórico: repetir los errores de comunicación política que lo arrinconaron ante el acoso de la ofensiva de las redes sociales o un replanteamiento de su programa de gobierno para salir del hoyo recesivo en que lo ha metido las crisis nacional e internacional.

Al país le urge un gran debate sobre las opciones del desarrollo. Seguir por la misma ruta será condenar a la economía a la montaña rusa de subidas y bajas que dejan exhausto al ciudadano. El problema de fondo de México, el que tiene que ver con su viabilidad como nación, radica en romper el cerco neoliberal de subordinar las tasas de crecimiento a una estructura productiva centralista y estatista y a metas macroeconómicas estabilizadoras.

El inconveniente de la economía es doctrinario, es decir de ideología económica. Pero la trampa es hasta operativa: dentro del neoliberalismo de mercado del que México no quiere salir existen también posibilidades de romper los diques del estancamiento: en 1985-1991 los gobiernos de Miguel de la Madrid y Carlos Salinas de Gortari crearon el modelo económico de “crecer para pagar”, es decir, dejar de aplicar el recetario estabilizador y recesivo del Fondo Monetario Internacional. Se trató, para horror de los neoliberales, de un modelo oxímoron de fusión de contrarios: un neoliberalismo keynesiano; es decir, cumplir con las metas estabilizadoras pero a condición de crecer para que la riqueza y no los ahorros pagaran las facturas.

Los secretarios de Hacienda de 1989 a la fecha han salido del espacio neoliberal del mercado como ideología y no como instrumento. Egresados del ITAM y de la Universidad de Chicago, sus enfoques cuantitativos y de economía automática operan en mercados perfectos y teóricos. Barack Obama vio la inutilidad del keynesianismo porque durante ocho años estimuló la economía con  gasto público pero no hubo reactivación; en cambio, Alemania aplicó una forma extraña de neoliberalismo con rectoría del Estado y su economía es de las más sólidas del mundo.

La segunda mitad del sexenio del presidente Peña Nieto será de un desafío económico: si la economía no crece a tasas arriba de 3%, la estabilidad política será frágil en el 2018 y motivará votos contra el PRI. El problema de los presidentes de la república ha radicado en depender de sus secretarios de Hacienda y no de la intuición política de los gobernantes y de la búsqueda de salidas heterodoxas. Bill Clinton le otorgó prioridad social a la economía y EE.UU dieron el salto al bienestar que le sirvió de colchón a Bush.

Con los actuales instrumentos económicos, la economía seguirá deprimida. Pero esos mismos instrumentos pudieran manejarse de tal manera que la economía crezca con mayor oferta de bienes y servicios. Para ello se necesita de un replanteamiento del modelo de desarrollo; pero desde la crisis de 1976 en que se agotó el modelo de desarrollo estabilizador –vinculación directa de inflación-devaluación–, la economía ha vivido de improvisaciones al botepronto.

El modelo neoliberal de Salinas de Gortari se agotó en la apertura pero no en la reorganización productiva. Zedillo y los dos sexenios panistas sólo flotaron a la espera de condiciones internacionales más propicias, pero sin ajustar el modelo de mercado a las condiciones nacionales. El país cumplió con la exigencia del FMI de inflación baja, pero con  tendencias de crecimiento económico promedio anual de 2.5%, cuando se necesita de un PIB anual promedio de 6.5%-7.5% para crear los empleos formales que requiere la nueva fuerza de trabajo que se incorporan anualmente al mercado productivo.

El legado del presidente Peña Nieto será el paquete de reformas estructurales, pero su valor dependerá de sus resultados: si la economía sigue el promedio anual debajo de 2.5%, ese legado será irrelevante y prevalecerá la parte negativa de la primera mitad del sexenio. Pero para un relanzamiento económico que saque a la economía del estancamiento del periodo 2013-2015 se requerirá de un golpe de timón que le dé prioridad al crecimiento y no a alguna precandidatura presidencial.

La segunda mitad del sexenio de Peña Nieto, y por tanto su legado, se definirán por la economía. Y ahí estaría el único liderazgo posible del Presidente de la República para rescatar su liderazgo menguado por crisis propias y ajenas.

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