En busca de un emisario latinoamericano de la paz: *Francisco Ángel Maldonado Martínez

El inicio de un nuevo año y de una nueva década ha iniciado abruptamente en materia de política exterior. Por órdenes del presidente estadounidense, Donald Trump, fue asesinado en Bagdad, Irak, el poderoso general iraní Qasem Soleimani, el número dos de las Fuerzas de Movilización Popular o Hashd al Shaabi– y enviado de Teherán para los asuntos iraquíes. Su asesinato es una acción premeditada por Washington después de un ataque a la embajada de Estados Unidos en Irak, un país que después de casi dos décadas, no se repone de la invasión orquestada durante la administración de George W. Bush.

 

En aquella ocasión, el pretexto de la búsqueda de armas de destrucción masiva, luego de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, resultó en el derrocamiento de Sadam Husein y la peor crisis política y social en este país petrolero, con historia y posición estratégica en el Medio Oriente.

 

Luego de confirmarse la muerte de Soleimani, Trump tuiteó la bandera de su país. “Por orden del presidente, el ejército estadunidense ha tomado medidas defensivas decisivas para proteger a su personal en el extranjero al matar a Soleimani”, fue la breve declaración del Pentágono a la que ha seguido una ola de análisis en los medios de comunicación y redes sociales. Algunos sumamente serios ven una escalada en las tensiones diplomáticas entre Washington y Teherán, y consecuencias sobre todo en la región, mientras que otros, mucho menos sustentados, anticipan el comienzo de una tercera guerra mundial, con intercambio de misiles de largo alcance, y hostilidades en territorio estadounidense.

 

Sin entrar al detalle de la compleja relación bilateral entre dos países que han intercambiado amenazas por muchos años, y en la que pesa la tensión por el conflicto israelí-palestino, así como el desarrollo de armamento nuclear por parte de Irán, este conflicto pone en perspectiva lo que será 2020: año difícil para las relaciones internacionales, cuya reconfiguración de fuerzas se juega, en gran medida, en las elecciones presidenciales de Estados Unidos a celebrarse en noviembre próximo. Trump se juega su reelección en medio del juicio político en su contra, el cual es impulsado férreamente por la mayoría demócrata en la Cámara de Representantes, pero será detenido en el Senado por la mayoría republicana, partido que, pese a todos los escándalos que apuntan hacia él, lo respalda.

 

Con la escalada bélica en Medio Oriente se espera un reforzamiento de las posiciones ideológicas en nuestro vecino del norte, que afianza las posibilidades electorales de Trump. Su discurso de engrandecer a Estados Unidos es consistente con la eliminación de Soleimani, a quien se le acusa de planear el ataque contra blancos estadounidenses en Irak, y otros países de Medio Oriente. Fue una decisión estratégica, sobre la que recae todo tipo de cálculos a futuro, sin embargo, nadie duda de que, como todo lo que hace y tuitea Trump, hay una intención oculta que lo beneficia.

 

En medio de este complejo panorama, ¿cuál debería ser el papel de México ante el mundo? No solo porque en sí es delicado pensar en el futuro de la humanidad con el incremento de tensiones entre países poderosos, sino por otra variable que debe tomarse en cuenta: No hay, ahora mismo, un líder en América Latina que levante la voz en favor de la paz, del desarrollo compartido y de la reivindicación de los pueblos que por décadas se asumieron como “países del Tercer Mundo”. 

 

Luego de que la primera década del siglo XXI         se caracterizó por la llamada “marea rosa”, que llevó al poder a líderes de corte populista a países latinoamericanos, la muerte y derrota económica de varios de ellos, marcó un precedente en contra de los avances que planteó su agenda política, como el mejoramiento de las condiciones de vida de los más necesitados. Además de crisis humanitaria, no queda nada del legado de Hugo Chávez; a Lula Da Silva y Dilma Rousseff los desacreditaron los escándalos de corrupción; los presidentes peruanos también han ido continuamente a prisión por la misma razón; los Kirchner fueron superados por la crisis económica argentina, aunque ahora Cristina ha vuelto como vicepresidenta de Alberto Fernández. Evo Morales tuvo que salir huyendo hacia México por las protestas en Bolivia. Chile, del milagro económico ha pasado a las protestas masivas que plantean una nueva constitución y modelo económico. Este es, grosso modo, el paisaje político de América Latina.

 

Frente al panorama de crecientes tensiones entre la potencia occidental más importante, Estados Unidos, y países como Irán, Rusia y China, América Latina debería levantar la voz en favor de la paz. Esta decisión que honraría la Carta de las Naciones Unidas no parece provenir del Cono Sur ni de Centroamérica. En tal sentido, México, debería asumir el liderazgo regional para promover soluciones en favor de la paz y la seguridad internacionales; así como fomentar entre las naciones relaciones de amistad basadas en el respeto al principio de la igualdad de derechos y al de la libre determinación de los pueblos en línea con la Doctrina de Genaro Estrada, que es orgullo de nuestra diplomacia. También, debería promover que la cooperación internacional sea la solución de problemas internacionales de carácter económico, social, cultural o humanitario, tal y como lo establece el artículo primero de dicho documento.

 

Por ahora, no parece suficiente que el canciller Marcelo Ebrard encabece los esfuerzos de México alrededor del mundo, por más que sea un perfil probado para tal encargo. Para decirlo con suficiente claridad: el secretario de Relaciones Exteriores no es nuestro Jefe de Estado, y se requiere que el presidente López Obrador asuma un rol activo y propositivo, que viaje a las cumbres internacionales y participe en los foros que menospreció en su primer año de gobierno. Ante el vacío de un líder latinoamericano que levante la voz por las naciones desplazadas en lo que se avizora como un nuevo conflicto bipolar, las condiciones son paradójicamente inmejorables para que México sea emisario de la paz y la seguridad, en vez de guardar silencio, posición diplomática que siempre será más cómoda.

 

*Director General del ICAPET

A %d blogueros les gusta esto:
En busca de un emisario latinoamericano de la paz: *Francisco Ángel Maldonado Martínez – Libertad-Oaxaca