Debatir o no debatir: Moisés MOLINA

Es mala señal el que el Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación le esté a cada momento enmendando la plana a un inoperante y burocrático INE. Pareciera que enmarañados, como les gusta estar, en tecnicismos y purismo académico quien sale bailando es la sociedad. Sin medir sus acuerdos, resoluciones o publicidad pareciera que el mensaje que quieren transmitir es el de la rivalidad o la animadversión, como queriendo ganar cada uno el lugar más alto de nuestra montaña democrática.

Así pareciera que el TEPJF y el INE, lejos de correlacionarse respetuosamente hacen pleito de lavadero cuando de interpretar y aplicar la ley se trata. Y a su vez INE y partidos políticos libran cada que se quiere una batalla encarnizada al seno del Consejo General donde, si bien no tienen voto, la voz de los partidos es preponderante en el ruido que nuestro entramado institucional de organización de las elecciones genera.

Y el ciudadano, siempre queda en medio. Y es que la gente está harta ante tanto fuego cruzado. Vivir cotidianamente entre quienes defienden el statu quo y quienes no; entre partidos políticos y ahora entre candidatos con sus nombres y apellidos nos deja, por donde quiera que se le vea, saldo negativo. De ahí que la mayoría de la gente no quiera saber nada de política y los peores villanos de las redes sociales sean aquellos que se autopresentan u ofertan como políticos.

La política, como actividad racional, está en crisis desde que tengo memoria y clara comprensión del fenómeno político. Y de vez en vez se dejan escuchar dentro y fuera de las campañas electorales en todo el mundo llamados a –pongámoslo en una frase- devolverle el prestigio a la política, pero no nos quedan muy claros los cómo.

El origen de la crisis la veo en una contradicción in re: la política es una actividad racional, pero la clase política la entregado de tal manera a sus emociones e intereses, que termina por quitarle lo racional y es así que asistimos en las campañas a la guerra del lodo y se pone todo de cabeza.

La propuesta (la razón) se deja de lado, porque para efectos de pragmatismo estorba.

¿Cómo devolverle entonces el prestigio, la dignidad, los valores, la moralidad a la política? Poniendo las ideas, los argumentos, las propuestas en el lugar de honor que en teoría les corresponde.

Por ello es tan necesario debatir, no una ni tres. Las veces que sean necesarias. Y más allá, deben ser debates en que existan verdaderas réplicas y contraréplicas; debates en medios que permitan llegar al mayor número de audiencias posibles.

Es condenable del todo que bajo un argumento maquinado sesudamente detrás de un escritorio se hayan pretendido prohibir los debates en el periodo de intercampaña. Por encima de todo están las libertades y una de las más sentidas es la libertad de expresar ideas que lleva implícita la de informarse y ser informado.

Desde luego que López Obrador está en todo su derecho de asistir o no asistir a los debates. Ya lo están invitando. Verdad es decir que no quiere participar más que en aquellos 3 que ya anunció que va a organizar el INE y que son, como todos sabemos a modo. Con una mecánica donde lo que menos se permite es el debate. El mal llamado debate es un concurso de lectura sin posibilidad alguna de contrastar. Muy lejos de lo que el ciudadano en construcción y la democracia en ciernes necesitan.

La negativa de AMLO de encontrarse con sus oponentes en medios masivos de comunicación, en mesas redondas y noticieros que permiten realmente debatir el diseño de país que queremos, va más allá de un asunto de cálculo demoscópico (no se vaya a caer en las encuestas). Es un asunto de mezquindad, de mediocridad, de regateo. Es un asunto de terror a ser exhibido en su irresponsabilidad a la hora de ofertar y en su profunda ignorancia.

Lo más grave es que sus adeptos en un gesto antidemocrático, se lo festinan. Sin embargo ninguna elección es igual a otra y hoy veremos si no sale caro correrle al debate.

@MoisesMolina

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