Cantos de sirenas: Orfa Alarcón

Si la memoria no me falla. en algún tiempo existió un Canal 34 en Nuevo León.  Pasaban películas extrañísimas, en idiomas que yo jamás había oído en la vida. Imagino que tenía alrededor de 15 años, y sépase que para ese entonces yo vivía en el municipio más pequeño de Nuevo León, o sea que ya era un gran avance que llegara la señal de ese canal.

 

Transmitían películas italianas, francesas, rusas… de esas películas que no se transmiten en el Canal 5 y que para catalogarlas a todas sin batallar, se les dice “cine de arte”. Hay películas que vi ahí que jamás logré dar con ellas. Por ejemplo, en ese canal vi una película en la cual Jesucristo no era judío, sino gitano, y no vivía en Nazaret, sino en París. María Magdalena era una hermosísima mujer de cabello negro que le llegaba a la cintura, y que entraba a las tiendas de vestidos de novia a probarse alguno y en cuanto lo tenía puesto, huía en una motocicleta. La música de ese filme era de los Gipsy Kings, ¿o estaré inventando y todo es producto de mi imaginación? He tratado por todos los medios de dar con el título de esa película, pero nadie, ni siquiera Google, me ha podido dar razón.

 

El caso es que esa época de mi vida la siento como algo que aprendí, pero sólo recuerdo fragmentos, ideas rotas, películas cuyas historias yo no alcanzaba a comprender.

 

Uno de esos fragmentos que no entendí fue una película llamada “Azul profundo”, con la historia de un buzo enamorado del mar. De joven nunca vi el final, o si lo vi, lo olvidé, por eso pensé que esa película sería otra historia, para mí, rota.

Y sin embargo hace pocos días, cuando al fin decido sacar una membresía para rentar películas (nunca había tenido una membresía de esas, siempre quien tenía la membresía era mi papá, y estoy hablando de la época en que antes de devolver la película había que rebobinarla) entro al BlockBuster y me encuentro “Azul profundo” (“Le Grand Bleu, 1988) en una versión extendida. Fue un reencuentro con el final de la niñez.

 

Para mí, aquella primera vez que vi la película, todo era incomprensible: ¿cómo un hombre podía enamorarse del mar?

 

“Azul profundo” cuenta la historia de un par de buzos, Jacques Mayol (Jean-Marc Bar) y Enzo Molinari (Jean Reno), que se conocen desde niños y compiten desde esa edad por ver quién puede profundizar más en el mar. Al crecer, se reencuentran y siempre están pisándose los talones, rompiendo un récord mundial de sumersión, tras otro. Es la historia de sus vidas, de las carencias que han tenido que cargar para poder tener una relación tan estrecha con el mar.

Pero no sólo la anécdota es interesante. La bellísima fotografía de esta película habla por sí sola. Tanto azul que se llena de colores. De sonidos, de delfines, de ballenas, de historias de amor y de abandono.

 

Jacques Mayol, el protagonista de la historia, da la clave de su personaje. Él cuenta que pueden verse las sirenas. No se le aparecen a cualquiera, pero sí, pueden verse. Oírse. Tocarse. Para acercarse a ellas hay que bajar al fondo del mar. O si no hasta el fondo, a lo más adentro que se pueda. Donde empieza la oscuridad y el aire antes retenido en los pulmones comienza a terminarse. En ese momento, en el que quien  ha descendido debe regresar a la superficie para no morir, quien desea ver a las sirenas debe decidir si daría su vida por ellas. Sólo si su respuesta sí, podrá verlas, aunque para ello tenga que dar la vida.

 

Te invito a que te des un chapuzón en algún lugar donde haya películas viejas, quizá encuentres “Azul profundo”, o quizá encuentres alguna mejor: una que te remiende una historia que creías rota.

 

Suerte en tú pesca.

  

 Cantos de sirenas

 

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