Así los hombres: Horacio Corro Espinosa

“¡Qué bueno que ustedes no se complican la vida!” Así dicen algunas mujeres, después de reconocer que los hombres nos hacemos la vida muy facilita.

El hombre, regularmente, conserva el mismo estado de ánimo todo el tiempo, y cuando se enoja es porque alguien lo hizo enojar, no es porque se haya enojado él solito.

Si sale a la calle, sólo lleva lo necesario en las bolsas del pantalón. En 4 bolsas sabe acomodarse el celular, las identificaciones, las llaves de la casa, unas cuantas monedas que utilizará para el transporte, y dos o 3 billetes. Con esa ligereza puede caminar largas distancias y a paso veloz.

Si va a comprar ropa interior, sabe que con jalar un paquetito de las únicas 3 tallas que hay (chica, mediana o grande), es suficiente para deshacerse de aquellos calzones con agujeros. El color es lo de menos, pues a nadie se los va a enseñar ni a presumir, además, siempre los usa bajo el pantalón, no como Supermán.

Sí se le ocurre decir groserías, nadie le va decir: “oye, se oyen muy mal esas palabras en tu boca”. Y si fuma en la calle, tampoco nadie le va a decir que se ve como un cualquiera.

En caso de que tenga encima la fecha de su boda, él sabe que todos los planes que hizo con su novia, se arreglarán solos. Y cuando llega el día, le basta rentar un traje de mil pesos y ya; pero eso sí, se tiene que caer con 10 mil, mínimo, para el vestido de boda.

Si está en una fiesta o en un evento político, puede sentarte con las piernas abiertas y no habrá ningún problema. También, sí se le ocurre ir al baño en ese momento, simplemente va y regresas sin preocuparse de que nadie lo acompañe. Tampoco se queja de que el baño está muy sucio y que por eso tiene que buscar otro.

Seguramente, a ningún hombre le preocupa no haberse casado a los 35 o 40 años. Eso, en realidad, a ninguno de sus cuates le interesa, es más, hasta llegan a admirarlo porque es codiciado por muchas.

Si alguien lo invita a su fiesta, el hombre ni siquiera pregunta a qué se debe, por lo mismo, ni se preocupa en llevar el regalito. Simplemente llega y ya, eso es todo.

Cuando se sienta con tus cuates a ver alguna película, nunca se pregunta en ese momento: “¿fulanito estará enojado conmigo?” Y si por descuido no se le invitó a alguien del grupo para ver películas, el olvidado, jamás se sentirá ofendido por eso, simplemente sabe que sus cuates son unos olvidadizos, pero siguen siendo tan amigos como siempre.

Si en una reunión se encuentra con otra persona que lleva el mismo modelo y color de camisa que carga, no se apena, ni se incomoda, al contrario, hasta le da gusto. Además, nunca se preocupa en preguntarse qué ropa ponerse ese día. Tampoco registra memorísticamente de cuándo fue la última vez que la usó, pues total, a nadie le interesa cómo va vestido a la oficina.

Es más, si esa ropa le queda muy holgada o muy ajustada, nadie le va a decir que está muy flaco o muy tripón ni nada parecido, pero cuando alguien se le pone loco con apodos o cosas parecidas, sabe que eso se resuelve con dos o tres zoquetes para poner sosiego al impertinente, y después de eso, las cosas siguen tan normales como siempre.

En realidad, la vida del hombre es muy práctica, nada complicada. Aunque hay sus excepciones.

Twitter: @horaciocorro

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