Abandono por vejez: Horacio Corro Espinosa

En la composición de nuestra estructura poblacional mexicana han predominado los jóvenes. Eso explica por qué a los gobiernos, del partido que sean, poca jerarquía le dan al tema de la ancianidad. Por ejemplo, carecen de derecho a la pensión jubilatoria general, que sólo disfrutan los trabajadores al servicio del Estado. En materia de protección jurídica, tampoco tienen.

En México, según un estudio del INEGI de 2017, en el país hay aproximadamente 13 millones de personas de 60 años o más. Muchos de ellos trabajan con alguna limitación y sin remuneración económica.

Desde luego que es imposible concebir una sociedad sin ancianos. Pero ¿cuántos de nosotros podemos negar ese destino?

En estas dos o tres semanas últimas, me tocó ver en las redes sociales dos casos verdaderamente conmovedores: A una viejita de 85 años, la fueron a tirar sus familiares al basurero de San Pedro Yepocapa, municipio del departamento de Chimaltenango, Guatemala. Y el otro caso fue en la ciudad de Puebla, un día después del Día del Padre, donde una mujer abandonó a su papá quien cargaba una pequeña bolsa de plástico donde llevaba su ropa. Al salir del vehículo con mucha dificultad, el anciano tropieza y cae duramente sobre la banqueta. Eso sucedió en la colonia 3 de Mayo. Según los comentarios en las redes sociales, no es la primera vez que la hija le hacía eso su padre.

Ver esas cosas le encienden la sangre a cualquiera. Aunque no dudo que, dentro de los molestos por esas acciones, haya hijos que maltratan o tengan olvidados a sus ancianos.

No se necesita tener amplios conocimientos literarios ni basarse en es­tadísticas ni reportes médicos para saber qué es lo que se siente con­vertirse en una persona de edad avanzada, pues nadie ha encontrado la fórmula para detener el envejecimiento del cuerpo, con su inevitable desenlace: la muerte. Todos estamos programados, al igual que los anima­les y las plantas, para envejecer y morir.

El envejecimiento es un proceso biológico, natural, y normal que, en sentido amplio, empieza en el momento en que se con­cibe al nuevo ser y termina en la muerte.

Lo que no saben muchos, es que al anciano le gusta disfrutar los placeres del cuerpo, o de la mente. Esos placeres incluyen cosas que la gente joven encuentra difíciles de aplicar. Uno de ellos es simplemente sentarse quieto, con un deli­cioso sentimiento de indiferencia, que es difícil conseguir en la juventud.

En muchas ocasiones los familiares y vecinos de los ancianos no les piden consejos ni los escuchan cuando estos hablan.

Hay ancianos que aceptan su vejez como un reto, y disfrutan cada nueva victoria sobre sí mismos. Ejemplos: Francisco de Goya en la pintura, y Giovanni Papini en la li­teratura, quienes crearon obras espléndidas durante su vejez.

En realidad es feo, muy feo, que un hijo maltrate a su anciano padre o madre. Quiero pensar que dentro de los que están escuchando este cometario, no hay ninguno de esos.

Twitter: @horaciocorro

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